Capítulo sin número: Casa Lamm

Elena y yo volvimos a vernos casi un año y medio después, en el patio de Casa Lamm, durante la presentación de su libro, un reportaje escrito junto con su esposo en el que ambos narraban el sitio de 18 horas que el Ejército impuso a un enorme rancho del municipio de Canelas, Durango, donde se escondía El Chapo Guzmán. Con documentos de la DEA, las declaraciones de los gatilleros que fueron sacados vivos y las pruebas forenses y de balística, lograron establecer cómo El Chapo, uno de los últimos en caer esa tarde, habría muerto en uno de los pasillos de la casa principal, acorralado y furioso, mientras retrocedía sin dejar de disparar su arma.
El líder del cártel de Sinaloa, a quien el gobierno de Felipe Calderón había protegido en su supuesta guerra contra el narcotráfico, borrando y aun entregándole las cabezas de sus rivales, no tenía la simpatía de Los Pinos. A El Chapo le quedaban, sin embargo, buenos amigos en el mando de la estructura militar que le dieron el pitazo de que iban por él, aprovechando las tormentas que habían azotado la región y que habían convertido todos los accesos y salidas en barrizales imposibles de transitar. La operación dependía del mal tiempo y del control absoluto de las aeronaves en la región que impidiera hacer llegar un helicóptero…
Capítulo sin número: Sofía
Para bien o para mal, hubo pequeñas tragedias que me definieron; pasaron inadvertidas para mí cuando se dieron, pero se quedaron escondidas en mi memoria, maduraron ahí hasta crecer y ocupar un lugar desmesurado en mi corazón. El año que nació Sofía lo recuerdo como uno de esos momentos, como el otoño en que me hice mayor y abandoné los juegos.
Sólo recuerdo que la casa estaba tranquila aquella mañana y que papá tocó mi hombro.
—¿Me acompañas al centro? —me preguntó.
Mientras aún me esforzaba por desperezarme y salía al pasillo frotándome los ojos, encontré que él ya estaba listo. Me acerqué al lavabo para mojarme la cara. Hacía frío y el aire olía a pólvora de la fiesta de la noche anterior, después del grito. Mi papá entró con un pozillo de peltre con agua caliente y lo vació en una cubeta para que pudiera lavarme. Salimos alrededor de las ocho de la mañana en total silencio; la ciudad parecía abandonada. Compartimos el microbús y el Metro con los únicos habitantes condenados a trabajar en día feriado, quizás policías, quizás enfermeras, quizás meseras que cumplían con turnos o trabajadores de pequeños talleres con trabajo pendiente.
Viajamos en Metro hasta la estación Hidalgo y transbordamos para tomar el convoy con rumbo al norte. Pensé que iríamos a visitar a mi abuela, que en aquellos años aún vivía en una vieja y ruinosa vecindad de la colonia Guerrero, en la calle de Magnolia, pero no logramos llegar. Caminamos por la calle de Zarco hasta Moctezuma, donde estaba una famosa dulcería conocida por el nombre de su dueña: Dulce María.
Yo me quedé afuera, mirando con recelo a los teporochos que a esa hora comenzaban a juntarse para buscar el desayuno y robarse algunas cajas de cartón aplanadas que desechaban de la dulcería. Al cabo de unos minutos, mi padre salió con dos bolsas de paletas Tutsi Pop y caminamos al mercado Martínez de la Torre a buscar nuestro desayuno, una gelatina de leche para él, una de agua con pasas para mí.
Nos echamos a andar por las calles del centro, mi padre tomó un puñado de paletas y comenzamos a ofrecerlas entre la gente que iba al desfile militar de esa mañana. Llevábamos terciada una maleta deportiva que nos alternábamos y en ella escondíamos las paletas cada vez que veíamos a un inspector de vía pública o que encontrábamos a ambulantes que habían pagado la cuota para poder trabajar en la calle.
No recuerdo haber visto un solo detalle del desfile, acaso el sobrevuelo de los escuadrones de F-5 y T33 y una mirada lejana al balcón presidencial desde un costado de la Catedral metropolitana. Fuimos por todas las calles aledañas, de Regina a República del Perú; de la calle de Alhóndiga a las Vizcaínas. El día mejoró cuando la plaza quedó reabierta y nos acercamos a los camiones de soldados que se preparaban para volver a sus destacamentos; una promoción en televisión había hecho famosas las paletas y algunas traían en el palito las palabras “Tutsi gratis”, así que algunos, quemados por el sol y rifle en mano, bromeaban con nosotros y nos compraban tres o cuatro a la vez.
A medio día, a la una de la tarde quizás, mi papá saco una bolsa de papel con dos tortas de huevo y frijoles que había preparado y puesto en la mochila antes de despertarme. Vendimos nuestro último dulce cerca de las cuatro y media; estábamos cansados de caminar y mientras caminábamos por la Plaza de la Constitución vimos llegar a un par de vendedores con tinas llenas de tacos de canasta de papa. Cuatro por dos pesos en dinero de aquel entonces.
Nos acercamos. Mi papá pidió cuatro para él, cuatro para mí; antes de pagarlos se sacó un billete de veinte pesos de la bolsa (toda nuestra venta del día) y lo puso en mi pantalón como una forma de evitar que alguien aprovechara la oportunidad de arrebatárselo en el vagón del metro o en el microbús hacia casa.
No recuerdo con exactitud lo que hicimos esa noche. Sé que dormí como siempre despues de cenar y de ver televisión. Años después, una especie de conciencia dormida despertó y me obligó a recordar cada paso de ese día, al menos hasta la hora de la cena; comimos frijoles de la olla, rodajas de papas fritas con sal y tortillas recalentadas en el comal. No había dinero en casa, mamá estaba en el séptimo mes de embarazo de Sofía y mi padre empezaba a traer lo que podía escapándose durante días enteros a vender chicles y dulces en las calles mientras yo estaba en la escuela.
Ese 16 de septiembre —lo recuerdo ahora— metí la mano en la bolsa de mi pantalón, luego en la otra y en cada una de ellas. Busqué y rebusqué pero el billete de 20 pesos no apareció. Lo más curioso es que no hubo reproches entonces; nos reímos, cenamos y vimos televisión como de costumbre. Con los años supe que lo que había pasado aquel día era poco menos que una tragedia para una familia que empezaba a morirse de hambre, que comía cada día huevos, frijoles, papas fritas y café negro.
Mi hermana Sofía fue producto de un acto de amor del que probablemente yo no soy capaz… (En proceso)
Capítulo sin número: El jardín de azucar

Eran cerca de las diez de la mañana cuando dejamos el estudio de televisión y empezamos a caminar por Avenida Chapultepec. Aún tenía náuseas, pero la sensación era mucho menos incómoda que por la mañana al salir y tener que usar el transporte público, donde mi malestar matutino coincidió con un pasajero con olor a vaselina, colonia y tres cervezas. No era sólo mi fragilidad después de la cirugía; simplemente tenía que empezar a reconocer que atrás habían quedado los buenos tiempos en que podía quedarme despierto hasta muy entrada la madrugada sin sentirme fatal a la mañana siguiente.
A Héctor y a mí nos habían invitado al programa de Víctor Trujillo para charlar sobre el libro que habíamos presentado recientemente; se suponía que tendríamos un debate amistoso con el comité de sucursal de México de los Testigos de Jehová, pero de última hora declinaron la invitación.
Decidimos caminar y desayunar en el viejo Sanborns ubicado a un costado de la Alameda Central, frente a la Contraloría del gobierno de la ciudad. Nos mezclamos con los jubilados y desocupados y ocupamos un gabinete próximo a la ventana. Mientras esperábamos el jugo y las órdenes de wafles con nuez y maple, repasamos las opciones que habíamos concretado para empujar el libro en los medios. Después de endulzar el café, di vuelta a la tapa y volqué las dos azucareras sobre el mantel de papel; comencé a hacerme un jardín zen con la cucharilla.
—¿Te das cuenta cómo nos hemos quedado solos? Todos los demás se casaron.
Héctor levantó la vista y me miró incrédulo.
—Hasta hace poco tú también estabas casado. Ahora te das cuenta por tu situación, pero pertenecías a ese mismo grupo de güeva.
—No del todo. Sólo cuando ella estaba en casa.
—Y cuando no estaba… ¿No decías que tenías que irte porque te iba a llamar de donde fuera que anduviera?
—No sabes cómo es…
—Claro que lo sé. Lo que pasa es que todos se convierten en unos cretinos; como si al casarse les dieran un doctorado en relaciones.
—No sabes cómo es divorciarse…
—¿No lo sé? ¿Crees que no sé cómo es que te rompan el corazón, que después de cuatro años de relación preguntes si alguna vez te fue infiel y ella te responda que sucedió un par de veces, con un compañero del trabajo, pero que no significó nada?
Miré su gesto amargo y triste, y por primera vez me di cuenta que daba por sentadas muchas cosas acerca de la gente que asumía conocer. Todos eran mucho más complejos de lo que yo creía leer en ellos.
—¿Te engañó? ¿Ella?
—Todos filosofan alguna vez sobre aquello de que no saber para no sentir, pero los peores son esos que antes presumían de abiertos, que hablaban de que ellos no necesitaban papeles y ahora tienen la foto de su boda religiosa en la sala; justifican su vida y son capaces de decir en público que el amor los hace seres excepcionales y que pueden perdonar infidelidades. Todos mienten. Por eso dejé de ir a las reuniones que no fueran estrictamente de amigos; me asqueaba tanta gente esforzada en convencerme de que se creen esa basura… Al menos tú te separaste por razones diferentes, ¿no?
—Tienes razón. No sé cómo es. (En proceso)
Capítulo sin número. Boca arriba

Hay una canción que inicia con un pequeño puñado de frases de las que siempre me acuerdo: “La vida me ha tratado bien./ Murió mi padre, yo era un niño,/ mas nunca me faltó cariño/ y así crecí”.
Mi padre murió cuando yo tenía 24 años. Estuve al lado de su cama durante su última noche y corrí con la carga de telefonear a casa, a las seis de la mañana, cuando empezó su agonía. Mamá y Sofía llegaron en menos de diez minutos; se habían acostumbrado a dormir vestidas, con los zapatos calzados, a tener las llaves y el abrigo a la mano, esperando el desenlace.
Lo lloramos solos durante una hora. Después de eso, Sofía, que tenía apenas doce años, se encargó de llamar a la familia, mientras yo empezaba a arreglar el funeral. Para el medio día teníamos la casa llena de mujeres, metidas en la cocina, mientras los hombres conversábamos afuera. Había pasado el estupor, el golpe de haberlo perdido; para nosotros comenzaba el duelo, la parte más difícil.
Cremaron su cuerpo a las 5:30 de la tarde, sin sacerdotes, sin servicios religiosos. Sin esos oscuros grupos de mujeres enjutas que aparecen de pronto en la sala de tu casa, rezando novenas, sin que nadie sepa quién les abrió la puerta. Nos entregaron su ropa en una bolsa de papel y sus cenizas en una pequeña ánfora de cerámica negra que terminamos poniendo en una gaveta sellada del cementerio. Era diciembre, diciembre 13. Queríamos tenerlo para las navidades, pasar con él la noche de Año Nuevo, pero no pudimos. Las últimas tres semanas, su deterioro fue increíble, a tal grado que ya no despertaba sino por momentos, cuando nosotros dormíamos.
La tarde anterior a mi ingreso al hospital recordé esa mañana mientras miraba desde la barra un juego de futbol americano. Erikca nos invitó a comer al restaurante que su mamá tenía en la colonia Condesa. Era domingo y ese día cerraban, así que tomamos el lugar para nosotros. Ella, mi madre, Montse y Sofía fueron acomodándose en la mesa alrededor de mí. Más tarde se nos unieron Roberto; Misael; Hugo, mi jefe de edición; Fernanda, nuestra jovencísima correctora de la revista; Alex Ríos, nuestro jefe de Infografía, y Adriana, quien llegó con un ramo de flores y un pastel.
Se me notaba en la cara un algo de angustia, así que el pacto era no hablar del tema al menos hasta despedirnos. Pero algo me obligó a admitir que esa tarde no encontraba nada mejor qué decir; me sentía incapaz de ser articulado, coherente y civilizado y, demonios, debía admitir que tenía mucho miedo. Así que metí mis dedos entre las manos de mi madre y de Sofía y empecé a hablar sin orden de lo miserable que me sentí el día que mi padre murió y de cómo me había llenado de rabia perderlo antes de madurar y de tener algo más a qué sujetarme en la vida; lamenté haberme escondido bajo la tierra cuando me separé de Elena, haberla excluido de todas mis cosas, alejarla hasta prohibirme contarle las cosas más serias de todo aquello que me estaba pasando. Me sentía tan fuera de control, que en algún punto de aquello, una inflexión de voz le puso fin a mi discurso sin fisuras, de modo que Adriana se levantó de su silla, caminó desde el otro lado de la mesa y se me colgó del cuello, impidiéndome verle la cara descompuesta.
Al otro lado de la mesa los amigos se mantuvieron firmes, sosteniendo la mirada mientras era presa del apapacho femenino más prolongado de mi vida. Me acodé en la mesa y resoplé en el cuenco de mis manos. Bueno, vamos a comer, les dije, mientras Adriana volvía del baño, limpiándose los mocos.
Conversamos durante horas de televisión, de películas, del trabajo, de política y de vida diaria. Apenas hicimos una pequeña escala para agradecerle a Erikca por el lugar y por la comida, que tratamos de que fuera lo más sencilla posible: mucha ensalada, pizzas, refresco de dieta, vino tinto y café. Alrededor de las 7:30 el celular de Montse comenzó a sonar, miró el identificador y salió a la calle a contestar la llamada. Un minuto y medio después entró por la puerta, acompañada de Elena, que venía sonrojada, apenas con una blusa de seda, aunque la tarde enfriaba.
—¿Cómo estás? —me besó en la mejilla.
—Muerto de miedo.
—Perdóname, pero acabo de llegar. Sólo pasé a la casa a dejar las cosas y me tomé un taxi para acá. Gracias, manito —dijo mientras Roberto le prestaba un suéter.
Se sentó con nosotros y Erikca se levantó de inmediato para acercarle café y una rebanada de pastel. No dejé de mirarla mientras ponía el plato y la taza sobre la mesa, mientras le daba un sobrecito de Canderel y colocaba una cucharilla junto a él. Antes de darse media vuelta para irse con la charola, levanto la vista y me sonrió.
Sofía vino a sentarse en mis rodillas y a darme de comer migajas de pastel en la boca mientras hablábamos de dietas, de hábitos saludables y las mujeres se embobaban cuando Roberto, el doctor, intervenía y parecía tener el secreto para entrar en toda la ropa. Cuando terminamos y salimos, no permití que nadie me acompañara más allá de la acera. Regresé con mis dos mujeres a casa para quedarme por un tiempo. A Erikca le di las llaves de mi departamento y le pedí que le echara un ojo cada vez que pudiera. Abracé a cada uno y los dejé ir. Me detuve con Elena para preguntarle cómo estaba ella.
—Bien. Terminando algunas cosas, pero ya habrá tiempo para que las platiquemos en cuanto salgas. Sal pronto, ¿está bien?
—Ok. Te lo prometo.
Llegamos a casa y mamá se fue directo a dormir. Sofía y yo encendimos la tele y nos quedamos mirando una película ya comenzada de Tin-Tan.
—¿No lo extrañas a papá?
—A veces. A veces más. Pero tú eres tan buen papá como él.
La miré fijamente.
—Saliste a él. No eres un pendejo. Siempre has sido muy seriecito, no recuerdo haber peleado contigo y además mis amigas te aman.
—¿Quién, por ejemplo?
—¿Te acuerda de Marifer?
—¿La rubiecita de mezcllilla a la cadera?
—Esa.
—Es una reinita.
—Eres un cochino.
Salí a correr a las siete de la mañana. Había estado haciéndolo durante los días previos. Había bebido sólo café y agua, y mis medicamentos los había tomado religiosamente. Los estudios preoperatorios habían estado listos desde el lunes anterior, aunque los moretes en mi brazo todavía se veían. Desayuné con Sofía antes de que saliera a la universidad y me fui a la oficina. Era un poco temprano, así que me pasé por el Panteón de San Fernando para lustrarme los zapatos.
Subí por las escaleras al primer piso y Carlos, el director de la revista, se extrañó de que estuviera ahí. Conversando, casi lo obligué a que me invitará a entrar a su oficina; cuando estuvimos cada uno en un lado del escritorio, le deslicé la hoja con mi renuncia. De inmediato se levantó y fue a cerrar la puerta. Quiso saber por qué; es decir, no le era desconocido que yo trabajaba para la revista por honorarios y que la empresa no tenía ninguna obligación conmigo. Le expliqué que aquello era secundario y que no había más que la necesidad de irme. De nuevo volví a abrir mi carpeta y le puse en el escritorio, impreso, un último texto para la revista, acompañado de un diskete con el archivo: Guadalajara, 1999; la historia de la limpia de indigentes y bajo todo ese cochinero el nombre de Eduardo Sánchez-Vitt, La Muñeca, el recién designado subsecretario de Seguridad Pública federal.
Es curioso. En las habitaciones de los hospitales no hay corazones rotos, clásicos de futbol ni noticias del mundo; no llegan los sobres del correo que anuncian que estás en la última etapa del concurso de Reader’s Digest para ganarte un auto, ni avisos de ejecuciones de hipotecas ni proyectos de trabajo con sus respectivos nuevos afanes. Es extraño, pero no hay lágrimas dentro de esas cuatro paredes o en los pasillos que llevan a cada habitación; difícilmente lloras y apenas maldices lo que te pasa. No tienes fuerza para más.
Cuando hacen el último movimiento para pasarte de la camilla a la plancha de operación tienes miedo, pero estás rendido por el estrés y la lucha contigo mismo durante todas esas horas sin sueño. Lo único que esperas ahí, boca arriba, es que una vez que miren dentro de ti, encuentren todo normal. Desde el ángulo ciego en el que te encuentras, buscas una inflexión en sus voces, y eventualmente un pequeño gesto que te permita saber si tras el tapabocas hay algo malo que vayas a saber después.
Aquello dura más de lo que cualquiera podría esperar, duele la aguja entrando en tu brazo, la aguja más grande que entra en el dorso de tu mano; duele cuando te afeitan y duele más aún cuando te colocan de lado para la epidural. Lo peor viene un par de horas después, en recuperación, cuando comienzas a sentir, a tener de nuevo conciencia de tus piernas y te niegas, aterido en aquella sala fría a moverte una sola pulgada. Entonces, tal vez, sí quieres morirte.
Soy demasiado cobarde. Mi niñez enfermiza, las constantes infecciones, las fiebres, los inicios de fiebre reumática que obligaban a mi papá a levantarse de madrugada a frotarme las piernas con alcohol y a darme una aspirina para adulto me hicieron odiar las agujas. El sentimiento me invadía cada vez que me inyectaban. No hallaba más refugio que confiarle a mi madre que no me gustaba estar enfermo; le rogaba para que le pidiera al médico por mí; le prometía tragar cualquier cosa que me ayudara a estar bien a cambio de que no pusiera en la receta ningún inyectable. Pero siempre había alguno y cuando los tratamientos terminaban ella trataba de compensarme llevándome a uno de los puestos del mercado municipal donde me compraba un luchador o un cochecito. Pero a los treintaitantos no puedes esperar que te consuelen igual.
Cuando llegó la hora de visita por la tarde, quería pedirle a mi madre y luego a Montse y después a Adriana que me rescataran de aquello como pudieran. Les preguntaba insistentemente por Roberto; Dios sabe lo que deseaba que me autorizaran el analgésico más fuerte para no despertar hasta que todo hubiera terminado y pudiera levantarme sin ningún esfuerzo. Pero a esas horas él estaba atendiendo sus consultas y no regresaría a verme sino hasta la mañana siguiente, dejándome bajo la tutela de dos enfermeras jovencitas pero inclementes que no aceptaban un no por respuesta.
Me obligaron a levantarme temprano para bañarme y tomar un desayuno austero (En proceso)
El nuevo subsecretario

A finales de febrero de 2001, durante los primeros días del sexto año de gobierno del PAN en Jalisco, en el interior de las principales plazas comerciales de Guadalajara y Tlaquepaque comenzaron a aparecer letreros con leyendas del tipo “Por favor, no des monedas ni alimentos a niños o adultos que deambulan por la plaza pidiendo limosna. No fomentes la mendicidad”. En la esquina inferior derecha se podía ver una llama estilizada dentro de la cual era posible advertir la silueta de un Cristo abierto de brazos, el símbolo de la agrupación llamada Alcance Jalisco, fuertemente vinculada con el grupo Enfoque en la familia, cuya labor hasta hace poco era fiscalizar el contenido de películas, series y programas de televisión e identificar mediante un semáforo, el contenido de éstos en cuanto a violencia, sexo, drogas, “lenguaje profano” y otros temas sensibles como el aborto, basados en un Código de Ética interno que los empresarios miembros del Consejo Estatal de la Publicidad (CEP) usaban para determinar en qué programas no pautar su publicidad.
Su presidenta era Sofía Pretelini, esposa de Eduardo Sánchez-Vitt, para entonces nuevo secretario del ayuntamiento y uno de los funcionarios que todos los miércoles, convidados por el gobernador, tomaban Casa Jalisco para rezar el rosario.
Menos de un mes después de aquello, la alcaldía emitió una modificación al Bando de Policía y Buen Gobierno de la ciudad que tipificaba como faltas administrativas el limpiar parabrisas, hacer malabares, pedir limosna, vender chicles o cualquier otra mercancía en la vía pública, sancionando con arresto de hasta 36 horas y multas a quien fuera descubierto violando la disposición. El CEP inició una agresiva campaña de publicidad en transporte público y mobiliario urbano que llamaba la atención sobre el tema de la mendicidad, pero esta vez añadía un teléfono y la frase “Ayúdanos a ayudarlos”. (En proceso)
Capítulo sin número: Furia

Por alguna extraña razón, cuando era pequeño, aquella figura enorme y brutal me parecía fascinante. La noche en que descubrí el porqué, la sensación me sacudió; estuve durante horas boca arriba en la oscuridad de mi habitación. Mirando los rasguños de luz que entraban desde afuera a través de las persianas, no conseguía que mis manos pararan de temblar.
Habíamos dejado la oficina a media noche. Volvíamos a casa en el auto de David, quien me dejó en un bajopuente de Circuito Interior, a apenas tres cuadras de una estación del Metro. Me despedí de ellos, di un portazo y me eché a caminar.
Apenas había dado unos pasos fuera del coche cuando de lo oscuro salió alguien que de inmediato comenzó a caminar conmigo, un tipo flaco, mugriento, correoso, que rengueaba de la pierna izquierda.
—Regálame una moneda —me pidió, pero fingí no escucharlo, haciendo tiempo y al mismo tiempo apretando el paso para acercarme a la entrada del subterráneo—. Regálame una moneda —insistió.
Respondí que no llevaba monedas, pero el hombrecillo aquel no se rindió: me pidió no sé si diez o 20 pesos y lejos de desistir me tomó del brazo como si fuese mi amigo.
—Ah, traes celular —reparó mientras miraba al costado de mi cinturón. Pensé en correr, pero me acobardé pensando que quizás no estaba lastimado, que su renguera era un truco y que me daría alcance apenas lo intentara—. Todos me conocen por aquí, soy muy cabrón —me dijo en otro tono casi de confidencia que me hizo sentir un vuelco en el estómago.
De pronto, no sé cómo, quizás porque estábamos llegando y eso exigía hacer algo, nuestra marcha se detuvo. Apuró con su mano derecha hacia el teléfono, mientras con la izquierda lanzaba un latigazo sobre mi cara. Sentí mis anteojos partirse del entrecejo, la correa de mi reloj rajarse e irse todo al suelo al mismo tiempo. Y entonces el silencio, antes de la explosión…
Lo tomé de las solapas llevándolo casi en vilo hasta ponerlo de espalda contra la cortina metálica de un negocio cerrado. El choque fue estruendoso. Lo sostuve ahí con una mano mientras con la otra golpeaba enfurecido su rostro… Miré un segundo al final de la calle y vi a un grupo venir a toda carrera. Pensé que si venían por mí, estaba muerto.
Había estado buscando un razón para explotar y esa noche me rendí por fin; su mano grasientaen mi rostro me ayudó a salir; no iba a aceptar que volvieran a arrebatarme algo sin pelear. Nunca más…
Al cabo de unos días me vi contándole todo esto a una terapeuta. No había una sola emoción en mi voz, pero temía que comenzara a reírse cuando usé ese ejemplo infantil. (Texto en proceso)
Estoy aquí

Viví durante cinco semanas con mi madre y Sofía antes de mudarme de nuevo. Comencé a experimentar ataques de ansiedad desde el segundo o tercer día en casa y empecé a tener conmigo todo el tiempo una botella de agua con la que intentaba recuperar algo de calma. Se volvió algo casi obsesivo de modo que tomab varios litros al día. Perdí la concentración casi por completo, daba vueltas en la cama antes de dormirme y empecé a dedicar casi la mitad del tiempo a encontrar donde vivir.
Hallé un departamento al día siguiente que Adriana me propuso mudarme con ella y compartir los gastos de un solo sitio. Pero yo no quería vivir con alguien que ya era dueña de todos los espacios, que irremediablemente empezaría a tratarme como novia y como madre y a quien a la larga le iban a incomodar mis hábitos que entre los más disculpables incluía ver televisión hasta muy tarde, así que le dije que estábamos muy grandes para intentar ser compañeros.
Hablé a la inmobiliaria y empecé los trámites de renta. A las tres semanas me entregaron las llaves y esa misma tarde fui a la nueva dirección con Dijard. Todo estaba cubierto de polvo y la cerradura de la entrada estaba floja y mal colocada. Ambos hicimos una pequeña lista de lo que necesitaría para empezar ahí: una cama, un mueble para ropa, un refrigerador, un par de sillones tal vez, una mesa y sillas, plantas para la pequeña jardinera que dividía la sala y el comedor, trastos, un juego de desarmadores, una cortina para la ducha y cinco focos.
Vi entonces todo lo que me faltaba por hacer, las paredes vacías, las ventanas sin cortinas, ningún lugar donde detenerse, sentarse o quedarse, excepto una cubeta vacía de pintura que había quedado en el medio de la recámara. Abrí una botella nueva y comence a beber hasta que la terminé toda de un solo trago. Al final, el sentimiento seguía ahí; el agujero en medio del pecho que no te deja respirar.
Creo que fue ahí cuando finalmente me di cuenta y la ansiedad se detuvo y se convirtió en otra cosa. Me senté sobre el bote sucio, con las manos en las rodillas y la botella apenas sujeta a mis dedos. Adriana se tumbó en el piso frente a mí y me escuchó por 40 minutos mientras le contaba mi última charla con Elena.
—Necesito una botella de agua, una caja de ansiolíticos, una nueva vida…
Me tomó las muñecas. Yo le respondí con una media sonrisa.
—Vamos a sacarte de ésta, ya verás. A veces, simplemente tienes que… esperar.
—Esto es demasiado grande para mí solo —dije mirando la habitación—. ¿Puedes venir alguna vez a hacerme compañía? Podemos hacer una pijamada.
—¿Me invitas?
—También puedes pasar de cuando en cuando, sin pijama y quedarte.
—Ya experimenté eso y la última vez que pasó me evitaste durante casi un año —dijo mientras ponía su mano sobre mi rodilla. La ayudé a levantarse del piso y a sacudirse el pantalón. Le di un beso cerca de la boca y salimos de ahí.
—Necesito una botella de agua. (En proceso)
Como las princesas de mentiritas

—Como las princesas de mentiritas, a la media noche las partes buenas que hay en mí desaparecen. Y yo ya no puedo lidiar con odiarte cada vez que esto pasa y tener que mirarme y mirarte después y chillar porque sigo enamorada de ti y me da miedo que todo se venga abajo entre nosotros, porque no sé qué voy a hacer si un día despierto y descubro que ya no siento nada por ti.
—Qué horrible, ¿no?
—Tú dímelo.
Miré el reloj.
—… ¿No tienes que trabajar mañana?
—¿De veras, en medio de esto es relevante si trabajo mañana o no?
—Es sólo que no sé qué decirte.
—Que me dejas ir. Que no me vas a buscar y que vas a estar bien. No es fácil evitarte, creéme que no me lo haces sencillo; odio la idea de doblarme, de leerte, extrañarte y ceder por las razones equivocadas. Por eso te lo digo así de claro: no quiero que me busques.
“A partir de mañana no nos vemos más; créeme que no voy a dar pelea por nada. Yo te adoro y creo que hasta la fecha tú también a mí, eres un hombre decente y honesto y a nadie más le diría esto: de todo lo que tenemos coge lo que quieras, llévatelo, no me des cuenta de nada.”
—No te preocupes. Realmente es muy poco lo que hay mío. Ni siquiera es algo en lo que piense; tengo la cabeza tan llena de cosas y de reproches que ya mismo podría hacerte una escena…
—No la hagas.
—Por eso digo que podría. Porque no fui sólo yo quien no pudo entenderte… eras también tú. Dividías tu mundo entre nosotros y tus amigos, era como si me guardaras de ellos o quizás era a ellos a quienes mantenías a salvo de mí. No lo sé. Yo no podía entrar, no me dejabas… nunca me dejaste. Salías durante días y cuando volvías a la ciudad y yo pensaba que querrías estar conmigo, tú simplemente planeabas tu fin de semana con ellos, me dabas un beso, te ibas y nunca te preguntabas qué quería yo.
—Ahí está, ¿te das cuenta? Todo es acerca de ti. No digo que no tengas razón, pero era algo que establecimos y sobre lo cual me queda claro que cambiaste de opinión. Salir sola nunca, y escúchalo bien, nunca puso a discusión si yo te quería más o te quería menos… pero era mi espacio. Ahora, no te permito que cuestiones la parte laboral porque tú también tienes una y si no te obliga a salir tanto como a mí es porque tú la escogiste.
“¿Qué se supone que deba hacer? ¿Vivir para mi trabajo y para ti? ¿Solamente? Eres muy injusto, porque yo como tú soy muchas cosas, me divido todo el tiempo entre un montón de gente, incluidos mis hermanos, tu mamá y Sofía, que también son mi familia desde que me casé contigo. Uso estos tenis porque tu hermana me los regaló, los aretes me los diste tú; voy todo el tiempo con cosas de la gente que quiero y eres al único al que parece no bastarle…
“Te he querido un putero, todavía te admiro porque además has sido mi cable a tierra… Dicen que no se puede ser amiga de quien fue tu pareja, pero yo quiero ir contra el pronóstico y te necesito en esto.”
No sé cómo lo hizo, pero se bañó y se fue temprano. Telefoneé a casa para pedirle a mi madre que me dejara quedarme. Mi habitación seguía ahí, debajo de un montón de ropa sin doblar y sin guardar, converida además en el lugar de trabajo de Sofía. Después de atender la junta de medio día, volví al departamento, llené un par de cajas con ropa, tomé los ganchos con la tintorería reciente y mi laptop. Llamé un taxi de sitio y me fui de regreso a casa de mis padres.
(En proceso)
Setenta palabras en la pared
Toqué la puerta del baño. Se estaba haciendo tarde. Elena salió con un pañuelo de papel arrugado en la mano y con una media sonrisa se colgó el bolso más pequeño al hombro. Recogí una mochila del sillón pequeño, tomé la maleta grande de la jaladera y la traje rodando hasta la entrada. Abrí para que ella saliera primero, pero puso sus cosas en el piso y se abrazó a mí.
Para ella, las cosas significativas existían. Tenía la casa llena de objetos que le decían algo, libros que amaba por una dedicatoria, discos que escuchaba sólo por la persona de la que venían; había tenido por siete años la misma llave para entrar y la noche anterior la había sacado del llavero para llevársela. Se abrazó a mí como una forma de abrazar las cosas que dejaba, incluido yo mismo.
Ella sabía que no era católico, pero aun así me tomó de las muñecas y empezó con sus dedos a persignarme y tocarme en la frente, el pecho y los hombros, antes de acercar su mano a mi boca. Me acarició la mejilla, respiró hondo y recogió su bolso. “Lista”.
Esperamos abajo un par de minutos, saludamos a tres vecinos que entraban al edificio. La hice repasar el lugar en el que llevaba cada cosa, el pasaporte, su identificación, dinero, la agenda… Al llegar el taxi, pusimos todo en la cajuela y le pedimos llevarnos al aeropuerto. Hicimos el recorrido completo tomados de la mano; el conductor llevaba el estéreo del auto a bajo volumen y las ventanillas subidas; afuera enfriaba. ”¿Escuchas?”, me preguntó. Era una canción viejita, de nuestra adolescencia que decía ”Si no quieres no tienes que responder,/ pero quisiera saber/ qué soy yo para ti…” Entrábamos a las salas de salidas internacionales de la terminal cuando vimos levantarse un avión de Delta. “En uno de esos salgo”, dijo mientras lo miraba remontar por encima de nosotros. Sin soltarnos fuimos hasta el mostrador para documentar el equipaje y dejar todo listo; teníamos tiempo y queríamos comer juntos. Cuando empezábamos apenas a mirar dónde sentarnos, Sofía, Montse y Roberto levantaron la mano desde un gabinete en el que nos esperaban con una limonada, una coca de dieta y un plato del que picaban camarones rebosados.
Elena estaba radiante, ruborizada y agobiada, como siempre. Los tres se movieron de un solo lado y nos dejaron al otro extremo. Ambos pedimos un café americano, un vaso de agua y un mundano club sandwich. Sofía y los muchachos hablaban con ella, preguntaban sobre el nuevo trabajo, el lugar donde pararía antes de buscar su propio departamento; se adelantaban a pedirle cosas para el momento en que regresara a México con las maletas llenas de regalos región 1. Yo la miraba responder, miedosa y entusiasmada a la vez; me limitaba a hacer pedazos una servilleta de papel.
Le puse al teléfono a mi madre, cuando a nuestro lado se sentaba una pareja con una niña lindísima…
(En proceso)
Capítulo sin número. El señor gobernador

La tarde que nos entrevistamos con él, lo hicimos en su oficina. Lo esperamos durante varios minutos al fondo de una pequeña sala; anótabamos mentalmente los detalles, la madera fina y fresca con la que había mandado enchapar su despacho, la alfombra marrón de pared a pared, el librero antiguo repleto de libros inútiles con empastado de lujo, el retrato del presidente de la República a la espalda de su escritorio.
Lo vimos entrar a toda prisa, acompañado de su secretario particular, quien de inmediato nos tendió la mano. Apenas se acercó a su escritorio, oprimió el botón del speaker y continuó con una llamada que al parecer tenía avanzada.
—Dile al presidente que no.
—¿Es tu última palabra?
—Sí, señor, Así dile.
—Qué bueno. Le dará gusto saber que no nos necesitas para nada, que tu gente está tranquila.
—Invítalo a que se quede en la ciudad, que se mueva hasta el siguiente día. Dile que le prometo un acto bonito y luego una comida —sin prensa— que lo va a mandar al cielo sin morirse.
—Ah, cabrón. ¿Qué? ¿Va a cocinar la Virgen María, o qué?
Nosotros nos quedamos hasta aquel día. Tres semanas más tarde, el presidente, el gobernador y el secretario de Desarrollo Social ante varios cientos de personas y un sol de 35 grados.
El gobernador era un hombre eufórico y su discurso barato, fraseado y en un tono de 25 años atrás. La bienvenida se había sellado esa mañana con un apretón de manos entre ambos, mientras el gobernador agachaba humildemente la cabeza. Ernesto Ramírez, el fotógrafo que nos acompañaba, congeló una escena, que en su crónica Dijard describió como “genuflexión”. Más tarde, mientras íbamos de vuelta al hotel y la policía adelantaba por las calles y taponaba los cruces para la salida del presidente, nos llegó un mensaje desde atrás del hospicio Cabañas, donde los granaderos de Alan Varela, entonces responsable de la Dirección de Seguridad Pública, le ponían una golpiza memorable a un pequeño grupo.
Por la noche, cenábamos en el restaurante del hotel cuando una amiga, reportera de El Economista, nos regaló un audio que su editor había preferido dejar pasar argumentando criterios editoriales. Pedimos lo único que quedaba en la cocina: pechugas empanizadas con verduras al vapor y café americano. Mientras esperábamos, ella echó a andar la grabadora; era la voz del gobernador dirigiendo desde su celular el operativo de salida del presidente.
—¡¿Quién era el pendejo que traía a los indios esos?! ¡¿Y quién los dejó pasar?! Pues lo arrestas o me lo mandas mucho a la chingada. (silencio) ¡Por mí, párteles la madre!
Con el escándalo encima, a la mañana siguiente se vio obligado a recibir una comisión. Sentado tras una mesa de cristal, golpeaba el vidrio con su pluma. Conforme los escuchaba, su rostro se endurecía, adelantaba la quijada; finalmente echó el cuerpo hacia atrás con aire retador.
“Queremos vivir contando con lo elemental, y si por ello hay que recibir más golpes y exponer nuestras vidas, lo haremos con gusto”, le gritaba una joven mujer que leía un documento.
El gobernador explotó:
—¿A qué vinieron? ¿A insultarme o a exponerme sus problemas? Yo puedo oírlos de buen modo, pero cada que actúen como lo han hecho, mi gobierno los tratará de igual forma.
Más sosegado, quiso componer su obra y volteó a ver a su gente: “¿Por qué me traen a esta gente? ¿Qué? ¿Creen que no me da vergüenza verlos así, con esas heridas… A ver, ¿cuánto quieren para curarse? (En proceso)

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