Capítulo sin número: Furia

•Junio 22, 2009 • Dejar un comentario

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Por alguna extraña razón, cuando era pequeño, aquella figura enorme y brutal me parecía fascinante. La noche en que descubrí el porqué, la sensación me sacudió; estuve durante horas boca arriba en la oscuridad de mi habitación. Mirando los rasguños de luz que entraban desde afuera a través de las persianas, no conseguía que mis manos pararan de temblar.
    Habíamos dejado la oficina a media noche. Volvíamos a casa en el auto de David, quien me dejó en un bajopuente de Circuito Interior, a apenas tres cuadras de una estación del Metro. Me despedí de ellos, di un portazo y me eché a caminar.
Apenas había dado unos pasos fuera del coche cuando de lo oscuro salió alguien que de inmediato comenzó a caminar conmigo, un tipo flaco, mugriento, correoso, que rengueaba de la pierna izquierda. 
    —Regálame una moneda —me pidió, pero fingí no escucharlo, haciendo tiempo y al mismo tiempo apretando el paso para acercarme a la entrada del subterráneo—. Regálame una moneda —insistió.
    Respondí que no llevaba monedas, pero el hombrecillo aquel no se rindió: me pidió no sé si diez o 20 pesos y lejos de desistir me tomó del brazo como si fuese mi amigo. 
    —Ah, traes celular —reparó mientras miraba al costado de mi cinturón. Pensé en correr, pero me acobardé pensando que quizás no estaba lastimado, que su renguera era un truco y que me daría alcance apenas lo intentara—. Todos me conocen por aquí, soy muy cabrón —me dijo en otro tono casi de confidencia que me hizo sentir un vuelco en el estómago.
    De pronto, no sé cómo, quizás porque estábamos llegando y eso exigía hacer algo, nuestra marcha se detuvo. Apuró con su mano derecha hacia el teléfono, mientras con la izquierda lanzaba un latigazo sobre mi cara. Sentí mis anteojos partirse del entrecejo, la correa de mi reloj rajarse e irse todo al suelo al mismo tiempo. Y entonces el silencio, antes de la explosión…

Lo tomé de las solapas llevándolo casi en vilo hasta ponerlo de espalda contra la cortina metálica de un negocio cerrado. El choque fue estruendoso. Lo sostuve ahí con una mano mientras con la otra golpeaba enfurecido su rostro… Miré un segundo al final de la calle y vi a un grupo venir a toda carrera. Pensé que si venían por mí, estaba muerto.
    Había estado buscando un razón para explotar y esa noche me rendí por fin; su mano grasientaen mi rostro me ayudó a salir; no iba a aceptar que volvieran a arrebatarme algo sin pelear. Nunca más… 
    Al cabo de unos días me vi contándole todo esto a una terapeuta. No había una sola emoción en mi voz, pero temía que comenzara a reírse cuando usé ese ejemplo infantil. (Texto en proceso)

Estoy aquí

•Junio 6, 2009 • Dejar un comentario

waterbottle

Viví durante cinco semanas con mi madre y Sofía antes de mudarme de nuevo. Comencé a experimentar ataques de ansiedad desde el segundo o tercer día en casa y empecé a tener conmigo todo el tiempo una botella de agua con la que intentaba recuperar algo de calma. Se volvió algo casi obsesivo de modo que tomab varios litros al día. Perdí la concentración casi por completo, daba vueltas en la cama antes de dormirme y empecé a dedicar casi la mitad del tiempo a encontrar donde vivir.
    Hallé un departamento al día siguiente que Adriana me propuso mudarme con ella y compartir los gastos de un solo sitio. Pero yo no quería vivir con alguien que ya era dueña de todos los espacios, que irremediablemente empezaría a tratarme como novia y como madre y a quien a la larga le iban a incomodar mis hábitos que entre los más disculpables incluía ver televisión hasta muy tarde, así que le dije que estábamos muy grandes para intentar ser compañeros.
    Hablé a la inmobiliaria y empecé los trámites de renta. A las tres semanas me entregaron las llaves y esa misma tarde fui a la nueva dirección con Dijard. Todo estaba cubierto de polvo y la cerradura de la entrada estaba floja y mal colocada. Ambos hicimos una pequeña lista de lo que necesitaría para empezar ahí: una cama, un mueble para ropa, un refrigerador, un par de sillones tal vez, una mesa y sillas, plantas para la pequeña jardinera que dividía la sala y el comedor, trastos, un juego de desarmadores, una cortina para la ducha y cinco focos. 
    Vi entonces todo lo que me faltaba por hacer, las paredes vacías, las ventanas sin cortinas, ningún lugar donde detenerse, sentarse o quedarse, excepto una cubeta vacía de pintura que había quedado en el medio de la recámara. Abrí una botella nueva y comence a beber hasta que la terminé toda de un solo trago. Al final, el sentimiento seguía ahí; el agujero en medio del pecho que no te deja respirar.
    Creo que fue ahí cuando finalmente me di cuenta y la ansiedad se detuvo y se convirtió en otra cosa. Me senté sobre el bote sucio, con las manos en las rodillas y la botella apenas sujeta a mis dedos. Adriana se tumbó en el piso frente a mí y me escuchó por 40 minutos mientras le contaba mi última charla con Elena.
    —Necesito una botella de agua, una caja de ansiolíticos, una nueva vida…
    Me tomó las muñecas. Yo le respondí con una media sonrisa.
    —Vamos a sacarte de ésta, ya verás. A veces, simplemente tienes que… esperar.
    —Esto es demasiado grande para mí solo —dije mirando la habitación—. ¿Puedes venir alguna vez a hacerme compañía? Podemos hacer una pijamada.
    —¿Me invitas?
    —También puedes pasar de cuando en cuando, sin pijama y quedarte.
    —Ya experimenté eso y la última vez que pasó me evitaste durante casi un año —dijo mientras ponía su mano sobre mi rodilla. La ayudé a levantarse del piso y a sacudirse el pantalón. Le di un beso cerca de la boca y salimos de ahí.
    —Necesito una botella de agua. (En proceso)

Como las princesas de mentiritas

•Mayo 29, 2009 • Dejar un comentario

converse

Terminamos un lunes, recostados sobre los brazos del sillón pequeño de la sala; yo, mirando sobre su hombro; ella, tejiendo y destejiendo una pequeña trenza en su cabello con los pies subidos sobre el mueble de los discos.
    —Como las princesas de mentiritas, a la media noche las partes buenas que hay en mí desaparecen. Y yo ya no puedo lidiar con odiarte cada vez que esto pasa y tener que mirarme y mirarte después y chillar porque sigo enamorada de ti y me da miedo que todo se venga abajo entre nosotros, porque no sé qué voy a hacer si un día despierto y descubro que ya no siento nada por ti.
    —Qué horrible, ¿no?
    —Tú dímelo.
    Miré el reloj.
    —… ¿No tienes que trabajar mañana?
    —¿De veras, en medio de esto es relevante si trabajo mañana o no?
    —Es sólo que no sé qué decirte. 
    —Que me dejas ir. Que no me vas a buscar y que vas a estar bien. No es fácil evitarte, creéme que no me lo haces sencillo; odio la idea de doblarme, de leerte, extrañarte y ceder por las razones equivocadas. Por eso te lo digo así de claro: no quiero que me busques.
    “A partir de mañana no nos vemos más; créeme que no voy a dar pelea por nada. Yo te adoro y creo que hasta la fecha tú también a mí, eres un hombre decente y honesto y a nadie más le diría esto: de todo lo que tenemos coge lo que quieras, llévatelo, no me des cuenta de nada.”
    —No te preocupes. Realmente es muy poco lo que hay mío. Ni siquiera es algo en lo que piense; tengo la cabeza tan llena de cosas y de reproches que ya mismo podría hacerte una escena…
—No la hagas.
    —Por eso digo que podría. Porque no fui sólo yo quien no pudo entenderte… eras también tú.  Dividías tu mundo entre nosotros y tus amigos, era como si me guardaras de ellos o quizás era a ellos a quienes mantenías a salvo de mí. No lo sé. Yo no podía entrar, no me dejabas… nunca me dejaste. Salías durante días y cuando volvías a la ciudad y yo pensaba que querrías estar conmigo, tú simplemente planeabas tu fin de semana con ellos, me dabas un beso, te ibas y nunca te preguntabas qué quería yo.
    —Ahí está, ¿te das cuenta? Todo es acerca de ti.  No digo que no tengas razón, pero era algo que establecimos y sobre lo cual me queda claro que cambiaste de opinión. Salir sola nunca, y escúchalo bien, nunca puso a discusión si yo te quería más o te quería menos… pero era mi espacio. Ahora, no te permito que cuestiones la parte laboral porque tú también tienes una y si no te obliga a salir tanto como a mí es porque tú la escogiste.
    “¿Qué se supone que deba hacer? ¿Vivir para mi trabajo y para ti? ¿Solamente? Eres muy injusto, porque yo como tú soy muchas cosas, me divido todo el tiempo entre un montón de gente, incluidos mis hermanos, tu mamá y Sofía, que también son mi familia desde que me casé contigo. Uso estos tenis porque tu hermana me los regaló, los aretes me los diste tú; voy todo el tiempo con cosas de la gente que quiero y eres al único al que parece no bastarle…
    “Te he querido un putero, todavía te admiro porque además has sido mi cable a tierra… Dicen que no se puede ser amiga de quien fue tu pareja, pero yo quiero ir contra el pronóstico y te necesito en esto.”
    No sé cómo lo hizo, pero se bañó y se fue temprano. Telefoneé a casa para pedirle a mi madre que me dejara quedarme. Mi habitación seguía ahí, debajo de un montón de ropa sin doblar y sin guardar, converida además en el lugar de trabajo de Sofía. Después de atender la junta de medio día, volví al departamento, llené un par de cajas con ropa, tomé los ganchos con la tintorería reciente y mi laptop. Llamé un taxi de sitio y me fui de regreso a casa de mis padres.
(En proceso)

Setenta palabras en la pared

•Noviembre 28, 2008 • Dejar un comentario

Toqué la puerta del baño. Se estaba haciendo tarde. Elena salió con un pañuelo de papel arrugado en la mano y con una media sonrisa se colgó el bolso más pequeño al hombro. Recogí una mochila del sillón pequeño, tomé la maleta grande de la jaladera y la traje rodando hasta la entrada. Abrí para que ella saliera primero, pero puso sus cosas en el piso y se abrazó a mí.
    Para ella, las cosas significativas existían. Tenía la casa llena de objetos que le decían algo, libros que amaba por una dedicatoria, discos que escuchaba sólo por la persona de la que venían; había tenido por siete años la misma llave para entrar y la noche anterior la había sacado del llavero para llevársela. Se abrazó a mí como una forma de abrazar las cosas que dejaba, incluido yo mismo.
    Ella sabía que no era católico, pero aun así me tomó de las muñecas y empezó con sus dedos a persignarme y tocarme en la frente, el pecho y los hombros, antes de acercar su mano a mi boca. Me acarició la mejilla, respiró hondo y recogió su bolso. “Lista”.
    Esperamos abajo un par de minutos, saludamos a tres vecinos que entraban al edificio. La hice repasar el lugar en el que llevaba cada cosa, el pasaporte, su identificación, dinero, la agenda… Al llegar el taxi, pusimos todo en la cajuela y le pedimos llevarnos al aeropuerto. Hicimos el recorrido completo tomados de la mano; el conductor llevaba el estéreo del auto a bajo volumen y las ventanillas subidas; afuera enfriaba. ”¿Escuchas?”, me preguntó. Era una canción viejita, de nuestra adolescencia que decía ”Si no quieres no tienes que responder,/ pero quisiera saber/ qué soy yo para ti…” Entrábamos a las salas de salidas internacionales de la terminal cuando vimos levantarse un avión de Delta. “En uno de esos salgo”, dijo mientras lo miraba remontar por encima de nosotros. Sin soltarnos fuimos hasta el mostrador para documentar el equipaje y dejar todo listo; teníamos tiempo y queríamos comer juntos. Cuando empezábamos apenas a mirar dónde sentarnos, Sofía, Montse y Roberto levantaron la mano desde un gabinete en el que nos esperaban con una limonada, una coca de dieta y un plato del que picaban camarones rebosados.
Elena estaba radiante, ruborizada y agobiada, como siempre. Los tres se movieron de un solo lado y nos dejaron al otro extremo. Ambos pedimos un café americano, un vaso de agua y un mundano club sandwich. Sofía y los muchachos hablaban con ella, preguntaban sobre el nuevo trabajo, el lugar donde pararía antes de buscar su propio departamento; se adelantaban a pedirle cosas para el momento en que regresara a México con las maletas llenas de regalos región 1. Yo la miraba responder, miedosa y entusiasmada a la vez; me limitaba a hacer pedazos una servilleta de papel.
Le puse al teléfono a mi madre, cuando a nuestro lado se sentaba una pareja con una niña lindísima…

(En proceso)

Capítulo sin número. El señor gobernador

•Junio 21, 2008 • Dejar un comentario

La tarde que nos entrevistamos con él, lo hicimos en su oficina. Lo esperamos durante varios minutos al fondo de una pequeña sala; anótabamos mentalmente los detalles, la madera fina y fresca con la que había mandado enchapar su despacho, la alfombra marrón de pared a pared, el librero antiguo repleto de libros inútiles con empastado de lujo, el retrato del presidente de la República a la espalda de su escritorio.
    Lo vimos entrar a toda prisa, acompañado de su secretario particular, quien de inmediato nos tendió la mano. Apenas se acercó a su escritorio, oprimió el botón del speaker y continuó con una llamada que al parecer tenía avanzada.
    —Dile al presidente que no.
    —¿Es tu última palabra?
    —Sí, señor, Así dile.
    —Qué bueno. Le dará gusto saber que no nos necesitas para nada, que tu gente está tranquila.
    —Invítalo a que se quede en la ciudad, que se mueva hasta el siguiente día. Dile que le prometo un acto bonito y luego una comida —sin prensa— que lo va a mandar al cielo sin morirse.
    —Ah, cabrón. ¿Qué? ¿Va a cocinar la Virgen María, o qué?

Nosotros nos quedamos hasta aquel día. Tres semanas más tarde, el presidente, el gobernador y el secretario de Desarrollo Social ante varios cientos de personas y un sol de 35 grados.
    El gobernador era un hombre eufórico y su discurso barato, fraseado y en un tono de 25 años atrás. La bienvenida se había sellado esa mañana con un apretón de manos entre ambos, mientras el gobernador agachaba humildemente la cabeza. Ernesto Ramírez, el fotógrafo que nos acompañaba, congeló una escena, que en su crónica Dijard describió como “genuflexión”. Más tarde, mientras íbamos de vuelta al hotel y la policía adelantaba por las calles y taponaba los cruces para la salida del presidente, nos llegó un mensaje desde atrás del hospicio Cabañas, donde los granaderos de Alan Varela, entonces responsable de la Dirección de Seguridad Pública, le ponían una golpiza memorable a un pequeño grupo.
    Por la noche, cenábamos en el restaurante del hotel cuando una amiga, reportera de El Economista, nos regaló un audio que su editor había preferido dejar pasar argumentando criterios editoriales. Pedimos lo único que quedaba en la cocina: pechugas empanizadas con verduras al vapor y café americano. Mientras esperábamos, ella echó a andar la grabadora; era la voz del gobernador dirigiendo desde su celular el operativo de salida del presidente.
    —¡¿Quién era el pendejo que traía a los indios esos?! ¡¿Y quién los dejó pasar?! Pues lo arrestas o me lo mandas mucho a la chingada. (silencio) ¡Por mí, párteles la madre!

Con el escándalo encima, a la mañana siguiente se vio obligado a recibir una comisión. Sentado tras una mesa de cristal, golpeaba el vidrio con su pluma. Conforme los escuchaba, su rostro se endurecía, adelantaba la quijada; finalmente echó el cuerpo hacia atrás con aire retador.
    “Queremos vivir contando con lo elemental, y si por ello hay que recibir más golpes y exponer nuestras vidas, lo haremos con gusto”, le gritaba una joven mujer que leía un documento.
    El gobernador explotó:
    —¿A qué vinieron? ¿A insultarme o a exponerme sus problemas? Yo puedo oírlos de buen modo, pero cada que actúen como lo han hecho, mi gobierno los tratará de igual forma.
    Más sosegado, quiso componer su obra y volteó a ver a su gente: “¿Por qué me traen a esta gente? ¿Qué? ¿Creen que no me da vergüenza verlos así, con esas heridas… A ver, ¿cuánto quieren para curarse? (En proceso)

Capítulo en proceso. Feliz año nuevo

•Enero 12, 2008 • 1 comentario
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Pasé Nochebuena en casa, con mamá y Sofía, mirando televisión desde la tarde en mi ex habitación, oprimiendo los botones del control remoto, yendo y viniendo sin encontrar nada, mientras ellas preparaban, salían a comprar y me llamaban de cuando en cuando para que probara y regresara de nuevo al sillón a ver una película en la que finalmente me quedé y que se llamaba algo así como 12 días antes de Navidad, en la que un ejecutivo, tras despertar en la cama de un hospital después de un accidente, recibe una oportunidad durante 12 días para cambiar su vida.
    Cenamos los tres juntos, mientras ellas me ponían al tanto de las últimas noticias sobre los vecinos y me decían que estaban pensando contratar tele por cable, así que decidí hacerles el regalo dos días después. Mamá quiso irse a dormir después de terminar, así que dejamos los trastos sin levantar hasta la mañana siguiente. Sofía se quedó conmigo un poco más en la mesa, para darle de comer a Fiorello, un gatito de semanas que se había encontrado abandonado en la calle una tarde que volvía de sus clases de inglés. En silencio, mientras me tomaba una taza de café, la vi preparar leche de fórmula en el microondas y alimentarlo con una pequeña mamila, mientras el enano le rasguñaba la muñeca queriendo aferrarse a la panza de su mamá.
    Luego de acostar a dormir a su huérfano, subió a cepillarse los dientes y volvió para darme un beso. Estaba decidido a irme a la cama, así que empecé a dar mi última vuelta por la planta baja y a apagar las luces. Volvía al fregadero a dejar mi tasa vacía cuando sonó el teléfono.
    —¿Hola?
    —Negro, hola, qué bueno que decidiste pasártela con tu mami. Quería saludarlas, ¿ya se durmieron?
    —No la friegues, Elena, es tardísimo.
    —Por eso te pregunto, ¿ya están dormidas?
    —Sí están. 
    —Bueno, llego mañana en la noche. Si quieres peleamos en la casa, pero avísales que les llamo durante la mañana para felicitarlas.
    —Ok, cuídate.
    —Bye.

Diez minutos antes ya estaba en el aeropuerto. La besé en la mejilla, la tomé de la mano y la ayudé con su equipaje hasta que nos metimos al taxi. No nos habíamos visto a la cara en todos esos minutos, pero sentados ambos en el asiento trasero y mientras me entretenía mirando nada por la ventanilla, ella se giró y me preguntó si estaba molesto. Negué con la cabeza.
    —Quiero que pasemos mi cumpleaños juntos. ¿Podemos?
    —Ya sabes que sí.
    —Tengo ganas de ir a aquel restaurante de Carlos y su esposa; el argentino ¿Te acuerdas?
    —¿A cuál de los dos?
    —El de la colonia Cuauhtémoc, fue el primero al que fuimos cuando empezamos a salir.
    —Pero al del sur hemos ido más veces. Siempre dijiste que te gustaba más por las mesas en la calle.
    —Esta vez quiero ir acá.

Estuve molesto casi toda la semana. Elena cumplía 30 el 30 de diciembre, pero me mantuve lejos esos días, buscando labores para pasar la noche fuera, llegar de madrugada y salir temprano por la mañana. Nuestros diálogos más largos se dieron vía mensajes escritos que nos enviábamos por el móvil para saber si nos quedaban pendientes por pagar o quién tenía la obligación de recoger la ropa de la tintorería que estaban por cerrar definitivamente a fin de mes.
    El sábado por la tarde, mientras ella estaba en San Cristóbal de las Casas, en su último encargo del año, salí a la calle con los recibos aferrados en la boca. Comenzaba a recibir los ganchos de ropa con los pantaones de ella y un par de sacos míos, cuando sentí el vibrador del celular en la bolsa. Me acomodé como pude y me puse el teléfono entre el hombro y la oreja mientras pagaba por todo.
    —Te llamo de carrera, ahorita que estoy comiendo, para acordarte de lo del lunes. ¿Te gusta a las tres?
    —Me parece bien.
    —¿En La Biela, entonces?
    —En La Biela, sí. Por cierto, recogí la ropa planchada.
    —Gracias, no se te olvide colgarla, ¿sí?
    —Ya sabes que no.
    Elena tenía planeado llegar el lunes antes del medio día, con tiempo suficiente para darse un baño, cambiarse de ropa y correr para comer juntos. En mi caso, simplemente se trataba de ir un rato durante la mañana a la revista, trabajar medio día, repartir abrazos y alcanzarla en el restaurante.

Había un cielo pálido. Las calles no tenían su estruendo habitual; había gente, pero el grueso caminaba sin ocupación, sin la carga del empleo que a final de cuentas iba a agobiarnos a todos a la vuelta del 2 de enero. Llegué faltando dos minutos para las tres y me senté en una de las mesas cercanas a la puerta. Pedí una cerveza oscura y algo pequeño para probar mientras esperaba. El mesero dejó caer la botella, pero me dejó un plato con quesos mientras iba por otra.
    Miré el reloj por primera vez cuando Elena llevaba diez minutos de retraso, pero no intenté llamarla hasta que cumplí media hora sentado ahí y tres veces rechacé que me tomaran la orden. Me desconcertó escucharla.
    —¿Sabes qué? Ya no me importa dónde estás. Si no querías hacer esto me lo hubieras dicho; no tenías que hacerme venir hasta acá para dejarme… Y menos este día.
    —Espera… oye… ¿Dónde estás…? ¿Elena? ¿Estás ahí? —silencio.
    —¿Dónde quedamos? —preguntó pausadamente después de unos segundos.
    —La Biela, en la Cuauhtémoc —dije sin titubear.
    —No, Carlos —dijo ella con la voz apagada y la respiración atascada en lágrimas—. ¿Sabes una cosa? No tiene caso. Voy a buscar un lugar para emborracharme y pasarme mi cumpleaños. Nomás te voy a pedir que no llames porque ya no te voy a contestar.
    —Elena. Si estás en el sur…
    —No, ya no quiero nada, Carlos. Adiós.
    Tomé un taxi que en 20 minutos me dejó en San Ángel. Ella ya no estaba esperando, por supuesto. Su teléfono me enviaba directamente al buzón o me colocaba como llamada en espera. Estuve de regreso cuando el sol comenzaba a ponerse en el centro de la ciudad; me senté en una banca e intenté otra vez antes de irme a casa. Pero ahora sí contestó. Me dijo que estaba bebiendo, pero algo en su voz me decía que fingía, que no era buena tomando ni actuando. Desistí de todos modos porque en una discusión al teléfono no se puede ganar.
    Me fui a casa y la esperé hasta que me quedé dormido. Dos veces entre las 11:30 y las 12:30 desperté, pero su celular me envió de nueva cuenta al buzón. Casi a las cuatro me levanté y fui a oscuras hasta la estancia para mirarla desde aquella ventana cuando llegara. De pronto la distinguí en el sofá, me acerqué a ella y la vi echa un ovillo, pasando frío, completamente perdida y completamente borracha.

Capítulo sin número. Boca arriba

•Diciembre 4, 2007 • Dejar un comentario

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Mi padre murió cuando yo tenía 24 años. Estuve al lado de su cama durante su última noche y corrí con la carga de telefonear a casa, a las seis de la mañana, cuando empezó su agonía. Mamá y Sofía llegaron en menos de diez minutos; se habían acostumbrado a dormir vestidas, con los zapatos calzados, a tener las llaves y el abrigo a la mano, esperando el desenlace. 
    Lo lloramos solos durante una hora. Después de eso, Sofía, que tenía apenas once años, se encargó de llamar a la familia, mientras yo empezaba a arreglar el funeral. Para el medio día teníamos la casa llena, mujeres trabajando en la cocina, hombres puertas afuera conversando. Había parado el estupor, el golpe de haberlo perdido y comenzaba el duelo.
    Cremaron su cuerpo a las 5:30 de la tarde, sin sacerdotes, sin servicios religiosos. Sin esos oscuros grupos de mujeres enjutas que aparecen de pronto en la sala de tu casa, rezando novenas, sin que nadie sepa quién les abrió la puerta. Nos entregaron su ropa en una bolsa de papel y sus cenizas en una pequeña ánfora de cerámica negra que terminamos poniendo en una gaveta sellada del cementerio. Era diciembre, diciembre 13. Queríamos tenerlo para las navidades, pasar con él la noche de Año Nuevo, pero no pudimos. Las últimas tres semanas, su deterioro fue increíble, a tal grado que ya no despertaba sino por momentos, cuando nosotros dormíamos.

La tarde anterior a mi ingreso al hospital recordé esa mañana mientras miraba desde la barra un juego de futbol americano. Erikca nos invitó a comer al restaurante que su mamá tenía en la colonia Condesa. Era domingo y ese día cerraban, así que tomamos el lugar para nosotros. Ella, mi madre, Montse y Sofía fueron acomodándose en la mesa alrededor de mí. Más tarde se nos unieron Roberto; Misael; Hugo, mi jefe de edición; Fernanda, nuestra jovencísima correctora de la revista; Alex Ríos, nuestro jefe de Infografía, y Adriana, quien llegó con un ramo de flores y un pastel.
    Se me notaba en la cara un algo de angustia, así que el pacto era no hablar de ello al menos hasta despedirnos. Sin embargo, algo me obligó a admitir que esa tarde no encontraba nada mejor qué decir, que me sentía incapaz de ser articulado, coherente y civilizado, y que qué demonio, que tenía mucho miedo. Así que metí mis dedos entre las manos de mi madre y de Sofía y empecé a hablar sin orden de lo miserable que me sentí el día que mi padre murió y de cómo me había llenado de rabia perderlo antes de madurar y de tener algo más a qué sujetarme en la vida; lamenté haberme escondido bajo la tierra cuando me separé de Elena, haberla excluido de todas mis cosas, alejarla hasta prohibirme contarle las cosas más serias de todo aquello que me estaba pasando. Me sentía tan fuera de control, que en algún punto de aquello, una inflexión de voz le puso fin a mi discurso sin fisuras, de modo que Adriana se levantó de su silla, caminó desde el otro lado de la mesa y se me colgó del cuello, impidiéndome verle la cara descompuesta.
    Hugo y Alex se mantuvieron estoicos, sosteniendo la mirada mientras era presa del apapacho femenino más prolongado de mi vida. Me acodé en la mesa y resoplé en el cuenco de mis manos. Bueno, vamos a comer, les dije, mientras Adriana volvía del baño, limpiándose los mocos.
    Conversamos durante horas de televisión, de películas, del trabajo, de política y de vida diaria. Apenas hicimos una pequeña escala para agradecerle a Erikca por el lugar y por la comida, que tratamos de que fuera lo más sencilla posible: mucha ensalada, pizzas, refresco de dieta, vino tinto y café. Alrededor de las 7:30 el celular de Montse comenzó a sonar, miró el identificador y salió a la calle a contestar la llamada. Un minuto y medio después entró por la puerta, acompañada de Elena, que venía sonrojada, apenas con una blusa de seda, aunque la tarde enfriaba.
    —¿Cómo estás? —me besó en la mejilla.
    —Muerto de miedo.
    —Perdóname, pero acabo de llegar. Sólo pasé a la casa a dejar las cosas y me tomé un taxi para acá. Gracias, manito —dijo mientras Roberto le prestaba un suéter.
    Se sentó con nosotros y Erikca se levantó de inmediato para acercarle café y una rebanada de pastel. No dejé de mirarla mientras ponía el plato y la taza sobre la mesa, mientras le daba un sobrecito de Canderel y colocaba una cucharilla junto a él. Antes de darse media vuelta para irse con la charola, levanto la vista y me sonrió.
    Sofía vino a sentarse en mis rodillas y a darme de comer migajas de pastel en la boca mientras hablábamos de dietas, de hábitos saludables y las mujeres se embobaban cuando Roberto, el doctor, intervenía y parecía tener el secreto para entrar en toda la ropa. Cuando terminamos y salimos, no permití que nadie me acompañara más allá de la acera. Regresé con mis dos mujeres a casa para quedarme por un tiempo. A Erikca le di las llaves de mi departamento y le pedí que le echara un ojo cada vez que pudiera. Abracé a cada uno y los dejé ir. Me detuve con Elena para preguntarle cómo estaba ella.
    —Bien. Terminando algunas cosas, pero ya habrá tiempo para que las platiquemos en cuanto salgas. Sal pronto, ¿está bien?
    —Ok. Te lo prometo.
    Llegamos a casa y mamá se fue directo a dormir. Sofía y yo encendimos la tele y nos quedamos mirando una película ya comenzada de Tin-Tan.
    —¿No lo extrañas a papá?
    —A veces. A veces más. Pero tú eres tan buen papá como él.
    La miré fijamente.
    —Saliste a él. No eres un pendejo. Siempre has sido muy seriecito, no recuerdo haber peleado contigo y además mis amigas te aman.
    —¿Quién, por ejemplo?
    —¿Te acuerda de Marifer?
    —¿La rubiecita de mezcllilla a la cadera?
    —Esa.
    —Es una reinita.
    —Eres un cochino.

Salí a correr a las siete de la mañana. Había estado haciéndolo durante los días previos. Había bebido sólo café y agua, y mis medicamentos los había tomado religiosamente. Los estudios preoperatorios habían estado listos desde el lunes anterior, aunque los moretes en mi brazo todavía se veían. Desayuné con Sofía antes de que saliera a la universidad y me fui a la oficina. Era un poco temprano, así que me pasé por el Panteón de San Fernando para lustrarme los zapatos.
    Subí por las escaleras al primer piso y Carlos, el director de la revista, se extrañó de que estuviera ahí. Conversando, casi lo obligué a que me invitará a entrar a su oficina; cuando estuvimos cada uno en un lado del escritorio, le deslicé la hoja con mi renuncia. De inmediato se levantó y fue a cerrar la puerta. Quiso saber por qué; es decir, no le era desconocido que yo trabajaba para la revista por honorarios y que la empresa no tenía ninguna obligación conmigo. Le expliqué que aquello era secundario y que no había más que la necesidad de irme. De nuevo volví a abrir mi carpeta y le puse en el escritorio, impreso, un último texto para la revista, acompañado de un diskete con el archivo: Guadalajara, 1999; la historia de la limpia de indigentes y bajo todo ese cochinero el nombre de Eduardo Sánchez-Vitt, La Muñeca, el recién designado subsecretario de Seguridad Pública federal. (En proceso)

Capítulo nuevo. Bajo la lluvia

•Septiembre 28, 2007 • Dejar un comentario

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Hacía un día terrible, de esos en que las coladeras terminan tapadas con la porquería que la gente lanza a la calle, en que los autos pasan y te bañan de los pies a los hombros, en que resulta imposible pasar a la otra esquina y el nivel del agua amenaza con alcanzar la acera.
    Llegué a la oficina con el pantalón mojado casi hasta las rodillas y de un humor terrible. Había hecho 50 minutos en el autobús, en un tramo de kilómetro y medio a lo más; el aire acondicionado en los vagones del Metro estaba descompuesto como siempre y la lluvia había desquiciado el servicio, de modo que habíamos estado unos cinco minutos en cada estación. No sabía qué me molestaba más, si el maldito calor que hacía allí dentro, los ambulantes pasando a la fuerza entre la gente para vender su mercancía de mierda o la idea de que mi día laboral no había siquiera empezado.
    Apenas se abrieron las puertas del elevador, Misa me esperaba con una libreta en la mano.
    —Te han llamado tres personas. Edelmiro Castellanos quiere que te pongas en contacto con él lo más pronto posible; de la oficina de la ACNUR, que ellos te llaman después, también está Ericka que te buscó unas tres o cuatro veces, pero no ha querido dejar recado.
    Las últimas dos semanas me había negado sistemáticamente a levantar la bocina y cuando lo hacía me excusaba de cualquier manera. Después opté por filtrar las llamadas a través de Misa, que solía ser nuestro pararrayos, nuestra agente de viajes, nuestra enfermera y a veces nuestra niñera.
    —Hazme un favor, Misa. Si llama de nuevo, dile que estoy ocupado o en junta, que en cuanto pueda yo le devuelvo la llamada.
    —Claro. ¿Quieres que te pida un café? ¿Algo de comer?
    —No, gracias. En una media hora, y apenas haya puesto algunas cosas en orden, pienso salir a comprar a la cafetería. No seas malita, comunícame con Edelmiro.
    Había poca gente en el piso a esa hora, así que fui a la oficina de nuestra editora de Internacional y le robé el pequeño calentador junto a su escritorio para intentar secarme un poco.
    Sonó entonces el teléfono.
    —¿Aló? ¡Juan Carlos!
    —Edelmiro, qué tal, cómo te va…

Mientras intentaba desahogar los textos de sobremesa para las primeras páginas y empezaba a tomar vida la redacción, empecé a incomodarme. Todos entraban escurriendo; el huracán Isidore acababa de golpear el Golfo de México y habíamos estado así durante los dos días previos; tormentas constantes que caían con distinta intensidad en toda la ciudad.
    Pensé que era humedad; la temperatura había subido un poco inexplicablemente, así que apagué el calentador y lo devolví a mi vecina sin que se diera cuenta. Fui al baño por toallas de papel, mojé una y me sequé el sudor de la cara y el cuello. Seguí hasta que no pude concentrarme más y entonces bajé por las escaleras hasta la entrada.
    Entré al Oxxo de la esquina y saqué una Coca Cola helada del refrigerador. Abrí y comencé a tomar de la botella antes de pagarla; sentí que todo empezaba a volver a la nortmalidad y salí a la calle a que me cayera un poco de agua sobre la cara. Sentí frío. El aire hizo darme cuenta de que estaba empapado en sudor, así que regresé a trabajar. Contra todo lo que tenía pensado, marqué al consultorio de mi ex cuñado Roberto, pero como siempre, fue Montse quien me contestó. 
    —Montse, soy yo, Juan Carlos. Dime que puedes darme una cita para hoy en la tarde.
    —Por lo menos un hola, majadero. Tengo un espacio a las seis y media, nuestra última cita nos canceló. ¿Estás bien?
    —No sé.
    Tenía el teléfono pegado a la oreja cuando Misael se acerco y me deslizó una nota en el escritorio: “Volvió a llamarte Erikca. Le dije la verdad, que habías bajado y que no sabía dónde estabas”. Le sonreí y le dije gracias sin hablar.
    —¿De nuevo aquel dolor? —me preguntó al otro lado de la línea.
    —Sí, pero ya no estoy seguro de que sea lo mismo de siempre. Estoy asustado.
    —¿Estás tomando algo?… Espera, dame un segundo.
    Mientras ella contestaba otra llamada, me di cuenta de que estaba llenándome de ansiedad y de miedo, que de unos meses a la fecha no me concentraba, tiraba de varios hilos a la vez sin lograr tener control de nada, dormía poco y comía mal. Mi vida era un desastre.
    —¿Estás?
    —Sí.
    —¿Quieres que le avise a mi hermana?
    —No. ¿Te veo en la tarde?
    —Ok. Cuídate. Besos.
    En la oficina todos se portaron solidarios, así que pude escaparme un poco antes. Me eché la chaqueta encima y entreabrí la persiana para mirar afuera; seguía lloviendo. Me despedí y bajé acompañado de Mireya, una de nuestras editoras, quien iba a buscar su auto, pues lo había dejado unas cuadras más allá y comenzaba a hacerse tarde. La besé en la mejilla y me quedé bajo la cornisa de la entrada oteando, en busca de un taxi desocupado. Frente a mí, del otro lado de la calle alguien comenzó a hacerme señas.
    No supe si enfurecerme o sentir una pena inmensa por aquello. Erikca me esperaba hecha una lástima, mojada en cada centímetro de ropa y de piel. El huracán le había pasado por encima y aun así quiso explicarse.
    —Intenté llamarte los últimos días, pero estabas ocupado…
    —¡¿Estuviste aquí parada todo el tiempo!?
    —Necesitaba hablar contigo, explicarte que me están pasando algunas cosas…
    —¡¿Bajo la lluvia?!
    Detuve un taxi y la metí conmigo. “A la colonia Roma, Guanajuato 189″, le pedí al conductor. Antes de que dijera otra cosa, la desabotoné y le quité la blusa, la hice ponerse mi chaqueta y subí el cierre hasta el cuello.
    —¿A dónde vamos?
    —Cállate, después hablo contigo.
    La ignoré el camino entero. Le di un billete de 20 al chofer y bajamos en la esquina. La tomé de la mano como chiquilla, me eché a andar adelante de ella y la llevé adentro.
    Se la entregué a Montse y le pedí que le diera un té y unas aspirinas, mientras yo tocaba para pasar al consultorio de Roberto.

—¿Y tú qué crees que es lo normal en un paciente que hace todo lo contrario de lo que le pido? Estoy hasta la madre de atender a gente que traga como animal, que pesa 135kilos y que viene a verme cuando se está quedando ciega, luego de 15 días con dolor de cabeza. Y todavía se preguntan si será algo que habrán comido. ¡Claro, las diecisiete vacas que se zampó! Ah, pero eso sí, nadie quiere dieta, nadie quiere ejercicio, nadie quiere hacerse responsable de las chingaderas que hace. Total, aquí está el pendejo del recetario.
    —¿Un mal día?
    —Esto también va para ti. ¿Qué crees que pueda yo hacer con algo como lo tuyo? Lo siento, te quiero mañana temprano para hacerte un ultrasonido; estás distendido y ya pasamos la etapa en que te puedo mandar a la farmacia y darte cita para dentro de seis semanas. Descansa lo que puedas hoy. En la mañana te digo qué vamos a hacer.
    Mientras me ponía de pie y me abotonaba, Roberto se paseaba con las manos en las bolsas.
    —¿Es tu novia?
    —Es mi amiga.
    —Que se bañe con agua caliente, que coma y que se meta a la cama. Tráela mañana, se va a enfermar. Yo tengo que cenar, estoy de muy mal humor. Quiero platicar contigo, pero prefiero hacerlo mañana, con mejor tono.
    Montse y Erikca estaban en la recepción con el control remoto en la mano, mirando el canal de Gourmet. Luego de apagar las luces salimos los cuatro juntos; yo del brazo de Montse y ella atrás, con Roberto.
    Volví a detener un taxi y fuimos a mi departamento. Ya no me sentía molesto o en todo caso ya no lo estaba con ella.
    —¿Son tus amigos?
    —Son mis cuñados, mis ex cuñados.
    —Ella es preciosa, muy bonita persona.
    —Es mi preferida de la familia. 
    A las 8:50 estábamos en casa. Le di una toalla, la sudadera y los pants más gruesos que hallé en el clóset. Esperé a que saliera del baño y la senté a la mesa conmigo, hice dos sandwiches de mermelada y la dejé hablar.
    —Estoy reprobando cuatro materias, mi papá ya me quitó el coche, el celular, y quiere hacer lo mismo con el departamento. Dice que tengo que volver a la casa. Te juro que nunca había estado así, me siento una pendeja todo el tiempo, pensando dónde estás, con quién y por qué no contestas el teléfono. Te fui a buscar porque quiero que me digas de frente que ya no me quieres ver, para que dejes de mandarme recados y que nunca te comuniques. ¿Sabes? —me dijo levantando la vista de la mesa— Eres un cobarde.
    No respondí nada. Simplemente fuimos a la habitación, nos metimos a la cama y dormimos espalda con espalda. A final de cuentas, fue ella la primera en enterarse al otro día. Roberto me sugirió pedir vacaciones o buscar una incapacidad médica.
    —Te voy a operar, esto urge. Ponle fecha. Entre más rápido lo hagamos, mejor. Vamos a hacer biopsia.
    Al oír esa última palabrita, sentí el apretón de Erikca en la mano, quizá pensando que me caería y que necesitaba sostenerme. (Texto en proceso)

Capítulo XVII. Vuelo con escalas

•Agosto 30, 2007 • 2 comentarios

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El primer viaje que hice a la busca de las personas que conocieron a Isabel, fue el que implicaba considerablemente el mayor esfuerzo. Salí de la Ciudad de México durante la noche del 30 de agosto, en un vuelo de LAN, en pleno invierno austral, con una parada obligatoria en Santiago.
    Iniciamos el descenso a Buenos Aires alrededor de las 3:50 de la tarde. Me había propuesto dormir casi todo el viaje como una forma de vencer a medias mi terror a las alturas, así que minutos antes de que el avión tomara pista me metí dos cápsulas de Yunir con media botella de agua, me puse los audífonos y cerré los ojos. Irremediablemente el sol nos alcanzó en algún extraño y deshabitado lugar de la geografía, donde mi curiosidad pudo tanto como mi miedo, de modo que miré por algunos minutos por la ventanilla hasta que el vértigo comenzó a ponerme inquieto.
Sirvieron el desayuno a las 6:50 hora de México, lo cual me daba media hora más de distracción para pensar en la horrible muerte que me esperaría si algo fallaba allá arriba.
    Tomé un poco de jugo de naranja, café con leche y algo de pan dulce. Caminé un par de veces por el pasillo para desperezar mis piernas, fui a los servicios, me lavé e intenté mejorar el aspecto terrible que me devolvía el espejo. Pero al regresar a mi asiento me di cuenta de que los viajes largos le hacen eso a cualquiera, que el grupito que por la noche no paraba de joder, a esa hora parecía sufrir los estragos de una madrugada sin sueño, así que cambié las pilas del reproductor de música y busqué las páginas del diario donde Isabel hablaba de la visita a su abuela en Bragado.
    De Santiago a Argentina, me atreví a desabrocharme el cinturón de seguridad para hacer desde la ventanilla algunas fotos sobre los Andes, antes de entrar en un cielo completamente arropado de nubes que se cerraban bajo el avión. Hermoso y terrible. Volábamos en medio de un banco de nubes, cuando el piloto anunció que iniciaríamos el descenso. Estábamos en medio de la nada, sólo nubes blancas y grises para ambos lados, envolviéndonos por completo; ni la ciudad, ni las luces, ni el suelo. La turbulencia que nos había acompañado todo el viaje, se mantuvo hasta que por fin comenzamos a inclinarnos sobre el ala izquierda y yo me aferraba a los descansabrazos, sintiendo que nos desplomábamos. Apenas tocamos la pista, entendí por qué el Papa siempre besaba el suelo cuando bajaba de cada uno de los vuelos que hacía; debía tenerle un miedo atroz a esta experiencia de despegar y aterrizar cada tercer día, porque Dios cuida, pero no fabrica los aviones.
    Buenos Aires me recibió con una llovizna fina, pero pertinaz y fría, poca gente en las calles, mientras los cafés y los bares se llenaban de clientela. Arreglé todo desde México; me quedé en un hostel del barrio de Congreso, a cinco cuadras del Metro, en el 2233 de la Avenida México, una vieja casona restaurada de fachada rosada con farolas de herrería a la entrada y una larga puerta de madera con gruesas cintas de vidrio.
    Una pareja muy joven estaba tras el mostrador, Pável y Ana. Me presenté con ellos y de inmediato supieron que era yo quien había llamado días antes para hacerles un montón de preguntas.
    —¿Qué tal el vuelo? —preguntó ella, a quien de inmediato se le notaba un embarazo de pocos meses.
    —Terrible, pero gracias. Felicidades —dije, señalándole la panza y llenando el registro—, ¿varón o nena?
    —Ay. Gracias. Y todavía no sabemos; falta un poco.
    Le devolví la ficha y ella tecleó en la computadora los datos. Pagué con la tarjeta y le pregunté dónde podía cambiar unos dólares. De inmediato se ofreció a cambiarme cien y me dijo que a la mañana siguiente podría hacerlo casi en cualquier lado, en el centro.
    —Ahora, si como vos me contaste, estás pensando ir a Bragado, nomás bajá mañana y aquí en la PC lo tengo todo. Te puedo dar la data completa por impreso. Por cierto, no ha parado la lluvia, pero si querés puedo prestarte un paraguas para que salgas a comer o a cenar.
    —No te preocupes, en todo caso será para la cena. Ahora sólo quiero una ducha y una cama.
    Pero la ducha debió esperar. Al entrar en la habitación me descalcé y me quité la chaqueta. Prendí el televisor y caminé al baño. A los dos minutos estaba de regreso, me tumbé en la cama y dormí profundamente hasta las 10:30 de la noche.
    Cuando por fin decidí salir, ya había escampado. Caminé algunas cuadras con menos autos en las calles y con más gente paseando por las aceras. Al llegar al segundo semáforo encontré un pequeño restaurante, rústico, de ladrillos ahumados, pero sumamente cálido para el frío que hacía fuera. Pedí una ensalada de pollo y lechuga, una cerveza y un cortado; comí en silencio, a solas, alumbrado por la debil luz de un quinqué y la pantalla de una televisión encendida tras la barra.
    Pensaba en que Buenos Aires había sido el destino de toda mi vida: el viaje que planeamos los amigos al graduarnos de la universidad, la escapada que nos habíamos prometido Elena y yo después de casarnos, las vacaciones que me prometí con Adriana cuando cumpliéramos nuestro primer año en el trabajo… Regresé a la habitación alrededor de la media noche y telefoneé a casa; con la diferencia de horas me encontré a Sofía perfectamente despierta y a mi madre haciéndose ideas sobre por qué no había llamado en todo ese tiempo.
    Dormí muy poco en mi primera noche. Mi cansancio era menos que al llegar; eso y el que nunca había podido estar tranquilo en otro sitio que no fuera mi propia cama, me tuvo despierto desde las 4:00 am. Estuve haciendo zapping hasta que en la pantalla se puso en negro y comenzaron a pasar Alta sociedad, con Grace Kelly y Frank Sinatra. Supe que era hora de levantarme cuando hicieron el corte de estación y empezó el himno nacional.
    En cuestión de minutos me duché, vestí y abrigué bien para salir. Recogí en la recepción la información que Ana me había dejado, me colgué el bolso al hombro y comencé a leer sus indicaciones mientras caminaba.
    Tomé un asiento en la última fila del minibús a Santa Rosa, mientras trataba de lidiar con el tipo de cambio y hacía cuentas para darme idea en dólares de los 23 pesos del viaje. Abandonamos la ciudad por el poniente; mientras algunos se acomodaban para dormir durante el trayecto, yo desempañaba la ventanilla, me colocaba los audífonos y me las arreglaba con un vaso de café y un bizcocho. Adelante, kilómetros y kilómetros de ciudad. Ana me había escrito en el mapa una breve anotación con bolígrafo: “Kilómetro 50: No dejes de ver la Basílica de Nuestra Sra. de Luján, la patrona de Argentina”.  Pero a diferencia del vuelo, éste era un viaje sin paradas, así que me dediqué sólo a mirar los extensos campos de soya y las vacas que, decía ella, iba a encontrar lo largo del tramo.
    Amo los lugares comunes; el tiempo húmedo y la neblina que empezaba a bajar me hicieron buscar una tonada de tres minutos de piano y bandoneón que contaba un paso por Buenos Aires. Pueblos y ciudades pequeñas, doscientos diez kilómetros de ruta y tres horas y media después, las conversaciones a bordo del bus se habían agotado, los dormidos habían despertado y a los otros no nos había quedado más remedio que acomodar la cabeza entre el asiento y la ventanilla y abandonarnos al rumor del motor y el piso mojado en el que nos movíamos.
    Casi a las once de la mañana entramos a la terminal, un edificio de la época de la dictadura, levantado a cinco cuadras de la plaza principal, hecho de concreto, hierro y cristal. El viento frío en la cara me despejó por completo; hacía una mañana pálida, de un sol tímido. El lugar parecía vivo, gente en las boleterías comprando algún pasaje, mientras sus acompañantes esperaban sentados en el pequeño bar-café, al que me acerqué a comprar una botellita de ginger ale.
Salí a la galería, donde un par de autos de alquiler esperaban cliente, bajé los cinco o seis escalones y abordé uno. Pedí ir a Pelllegrini 645. 

Isabel en la madre patria (o la patria de mi madre)
Es tan difícil a veces decir las cosas… se queda una corta por no encontrar una palabra justa… Siempre pensé que era una locura aquello que decía Luis, acerca de que alguien debería inventar signos que pudieran ponerse junto a las palabras para hacerle sentir a quien te lee exactamente tu estado de ánimo; es decir, una especie de código que fuera entendido por todos y que le dijera a los demás cómo estás… Pasa así, que un día te das cuenta de que has visto mucha televisión y no tienes cosas para decir.
    Hoy llueve. Como dicen muchos, es una de esas tardes en que te pegas un tiro… Mi abuela es una gorda hermosa de Bragado. La vemos bien poco, estamos demasiado lejos y a ella le da más por visitarnos que nosotros por ir a verla. Diciéndolo de ese modo, pereciera que cada cuanto no vemos, pero no; en realidad nos vemos bien poquito.
    El caso es que alguna vez nos quedamos sin luz, en medio de la tarde y de la llovizna. Yo no paraba; estar sin luz me ponía insoportablemente aburrida, buscando un algo para hacer en una casa donde no hay electricidad. Creo que ya estaba por los 12 años. Nati me miraba, yo me acerqué a abrazarla porque siempre me pareció eso: una gorda hermosa que me entendía re bien, incluso más que mi mamá. Luego me quedaba sentada recargada en sus piernas. “Sos loquita peligrosa”, me decía la abue. “¿Por qué vos no te quedas tranquilita y mirás?” Me dijo de la nostalgia de los días así y yo le respondía que sí, que daba tristeza. “¿Pero vos hablás de tristeza?”, me preguntó y entonces eché la cabeza para atrás para mirarla aunque fuera de cabeza. “¿A vos lo lindo te parece alegre o triste? Yo digo nostalgia: cuando te acordás de un montón de cosas y de gente que está lejos, como yo lo hago con vos y Luisito. ¿Te das cuenta, princesa?, la nostalgia es así, ni es alegre ni triste; simplemente sentís que todo está bien y llorás por eso, porque está bien . Dejas que por un momento la vida se detenga; no hay afanes, no hay lugares a los cuales puedas llegar tarde…”
    Hoy es una de esas tardes en que me recuerdo de la abuela, me conmueve de algún modo, y me acuerdo de la prisa que tenía en aquel entonces, aunque no iba a ningún lado, y entonces pienso que debí quedarme más tiempo mirando los relámpagos y luego contando hasta que el sonido del trueno llegaba para saber si venía más lluvia o estaba por irse, como ella nos enseñó cuando éramos más pequeños. Al final, siempre pienso que fue de ella de quien más heredé, mucho más que estos ojos tan raros. A ambas nos pasa que cuando nos vemos y platicamos, juramos que mucho de eso ya lo habíamos vivido Hoy mamá y yo nos tomamos tiempo para hacer velas aromáticas para la abuela que le vamos a mandar.
    ¿Con qué signo se acompañará un texto que habla de la abuela?

Capítulo XIII. La k antes de la c

•Agosto 21, 2007 • 2 comentarios

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Quién sabe por qué se lo pregunté. Quizá fue porque en realidad la mujer me gustó mucho y deseaba saber si había mucha diferencia entre nosotros.
    —¿Cuántos años tienes?
    —Veinticinco, casi veintiséis… ¿Por qué?
    —Pareces como de 28.
    Y era cierto. La chica se esforzaba en parecer mayor, en ser tomada en serio; forzaba las discusiones para mostrar que sus compañeras eran más tontas, acaso más inexpertas que ella. No combinaba su ropa como las otras muchachas, más bien la coordinaba; tenía ese estilo tipo de agente del FBI de película gringa, de modo que su vestuario rara vez salía de los sacos y pantalones de colores oscuros con blusas siempre blancas, desabotonadas, que le dejaban a uno ver el tirante, el broche del sostén o la piel de su vientre plano. Usaba unos anteojos de armazón grueso que no necesitaba y era tan delgada que en una primera impresión pensé que era anoréxica.

A Adriana y a mí nos había invitado el departamento de Comunicación, junto con otros tres compañeros para dar una plática sobre periodismo de investigación. Ella y yo nos conocíamos de mucho tiempo atrás; empezamos juntos, Adriana como reportera en el PAN y yo como redactor de la sección Internacional, con la peculiaridad de que ella se distinguía por ser especialmente guapa, femenina, buena periodista y una cabrona para usar todo eso junto. Alguna vez, cuando cubría la fuente de Presidencia, la bajaron del avión por arinconar a la primera dama con preguntas sobre los negocios que su hermano hacía al amparo de la protección de la casa presidencial, pero su golpe más reciente había sido hacer hablar a un grupo de muchachos y a sus familias sobre los abusos cometidos por los sacerdotes de un colegio católico en el Bajío.
    Esa mañana nos robó la atención a todos. Al terminar la plática se vio rodeada por los muchachos, así que no tuvo más remedio que quedarse un poco más a conversar con ellos en el pasillo, cuando apenas bajaba de la mesa desde la que habíamos hablado. Como yo dependía de ella para salir de ahí y regresar a la oficina, fui a sentarme a una de las butacas de la segunda fila desde donde miraba cómo se vaciaba de a poco el pequeño auditorio.
    —Juan Carlos, ¿verdad?
    Mi reacción fue ridícula, volteé buscando la voz que me llamaba, pero me encontré de frente con su vientre pálido, asomando bajo la blusa corta, con un piercing en el ombligo que me hizo quedarme ahí por un breve momento.
    —Acá arriba —dijo llamando mi atención moviendo los dedos a la altura de su cabeza, divertida de haber ocasionado mi desconcierto— ¿Me puedo sentar?
    —Claro —le dije, señalando la butaca con la mano.
    Se presentó conmigo. Erikca Romero; “así, con la k antes que la c“. Estaba en el octavo semestre de la carrera, vivía en la Guadalupe Inn y quería saber si podía invitarme a una clase; estaba haciendo su servicio social como profesora adjunta y ella tenía al grupo bajo su responsabilidad los jueves de 9:00 a 11:00.
    Le di mi tarjeta y le propuse que me telefoneara al inicio de la siguiente semana. No aguanté las ganas de preguntarle:
    —¿Cuántos años tienes?
    —Veinticinco, casi veintiséis… ¿Por qué?

Frenamos a diez centímetros de la defensa de un Corsa que cambió de carril repentinamente. Adriana hundió la palma de la mano en el claxon y mentó madres contra el conductor. Unas cuadras más adelante, en el semáforo, nos pusimos a su lado; se trataba de una señora cincuentona, con dos líneas dibujadas casi en la frente y que supongo que eran sus cejas. Dijard le dedicó una mirada asesina y luego, cuando se puso el verde, le dedicó una despedida, mostrándole el dedo anular.
    —¿Le vas a llamar? —me preguntó mientras dábamos vuelta a la izquierda.
    —¿A quién?
    —No te hagas el inocente. Te vi.
    —No, no le voy a llamar. Para que lo sepas, no le pedí su teléfono.
    Volvimos a frenar.
    —Mira, tú sabes que soy una mujer celosa, que yo te quisiera sólo para mí, pero tienes que abrirte a las opciones. No estoy diciendo que te enamores, sólo te estoy sugiriendo que salgas con otras chicas. Habemos mujeres únicas, pero no somos las únicas, ¿sabes? Yo estoy encantada de haberte recuperado, de que salgamos otra vez, pero ahorita no es lo que más te conviene… —bostecé queriendo mostrarme fastidiado de esa conversación— Bueno —terminó—, esperemos que esa muchacha consiga tu número y te llame.
    —Pues tú estabas muy bien atendida —contraataqué—. Debiste ponerte algo más abrigador. Con esa blusa un poquito más y agarras una tos como la del general Grievous. Me imagino que varios te salieron con que querían que les ayudaras con sus tareas, ¿consiguieron sacarte tu número?
    —Qué te importa, envidioso. Además, no son mi target. Ustedes los hombres tardan mucho en madurar y mis necesidades emocionales a estas alturas son otras; qué sé yo, alguien que me ayude a escoger el color de la cocina, que riegue mis plantas cuando no estoy en la casa, que no tenga que regresar a dormir a casa de sus papás.
    —Tú sólo dame dos años. Así hago terapia, maduro, y al final me convierto en esa cosa que dices: un esposo de compras en el súper cada quincena, sexo los viernes, cine dos veces al mes, Navidad en mi casa, Año Nuevo con tus papás, ir a fiestas de quince años y bodas de familiares ignorados para robarnos los saleros como recuerdo…
    —Bueno, si eso pasa qué bueno, pero tú por lo pronto, necesitas salir, y no sólo conmigo.

Acordé de verme con Erikca a las ocho y cuarto de la mañana. Quedó de pasar por mí y ahí estuvo puntual, con la punta de los cabellos aún húmeda, metida en un Astra color plata, vestida con pantalón de mezclilla negra y una blusa blanca con un estampado de anillos de diamantes. Tenía sintonizado el noticiario de Carmen Aristegui.
    —Si quieres oír otra cosa, puedes cambiarle, ¿eh? También traigo algo de música; hay varios compactos ahí en la guantera.
    —No te preocupes. Hace mucho que no oía las noticias por la mañana.
    —Te desmañané, ¿verdad?
    —No mucho. Despierto un poco más tarde de lo que lo hice hoy, pero no pasa nada.
    Estuvimos a tiempo. En la entrada me di cuenta de algo que para otros hubiera sido evidente desde la primera vez. Nadie llegaba caminando y nadie traía un coche de menos de dos años; pocos sabían de viajar en el Metro y ahí me di cuenta de porque no había conocido reporteros de escuelas como esa.
    Hay que reconocerlo. Tenía aplomo, era desenfadada y lo que le faltaba de experiencia lo suplía con cierto ingenio. Inició la clase conversando con sus alumnos, les habló de mí, les recordó que había estado en la plática de unos días atrás e hizo las primeras preguntas, para que ellos continuaran o dieran su opinión. La mayoría del tiempo se mantenía recargada en la pared o caminaba a sentarse en el escritorio.
    —Por hoy yo ya terminé aquí —dijo cuando salíamos—. Vengo hasta el lunes, que tengo tres clases, de modo que si no te molesta que una mujer te agradezca por las cosas que haces, te invito a desayunar. ¿O tienes prisa?
    —Hoy puedo llegar pasado el mediodía; es día de cierre y va para largo.
    —Ok, vente pues.
    Condujo durante varios minutos por el Periférico hasta que tomó la salida a la altura del Palacio Municipal de Naucalpan. Estacionó unas calles atrás, en un fraccionamiento de clase media, frente a un pequeño local, al lado de una farmacia: Tamales Imperio. Ahí me di cuenta que no, definitivamente no era anoréxica; pedimos un par de vasos de atole de chocolate y tres tamales para cada quien.
    —El miércoles es mi cumpleaños y pienso hacer una reunión, algo pequeño, pastel y velitas. ¿Te gustaría venir?
    —Me gustaría, pero los miércoles son complicados para mí; ese día empieza el trabajo más intenso de la semana. Pero te puedo llamar para decir ‘feliz cumpleaños’.
    —Ok. Eso me gustaría.

Por alguna extraña razón recordé la fecha, así que el miércoles al llegar a la oficina me quité el saco y fui al escritorio de Misael, nuestra secretaria en la redacción de la revista.
    —Misa, ¿podrías hacerme un enorme favor?
    —Dime.
    —¿Serías tan maravillosa para enviar unas flores en mi nombre a esta dirección? —le tendí un post it con los datos y le pedí que escribiera simplemente “Pareces de 28. Feliz día” en la tarjeta.
    Sin novedad, hundí la cabeza durante dos días en el trabajo, escribiendo, corrigiendo y discutiendo. Comenzamos a despedirnos cuando ya era viernes por la madrugada; veinte minutos antes de las cuatro telefoneé para pedir un taxi y bajé a la recepción a esperarlo.
    —Ya lo está esperando su coche —me dijo el guardia de la entrada tan pronto salí del elevador. Me acerqué a la puerta de cristal de la entrada y vi el auto enfrente, parecía el Astra de Erikca, así que salí y me acerqué a la ventanilla del conductor.
    —Su taxi, señor —dijo ella mientras sonreía y adentro sonaba La Oreja De Van Gogh.