Capítulo X. La historia de Infra

Comencé a buscar a tientas, bajo el asiento trasero, una botella, cualquier cosa que quedara para pasarme aquel par de tabletas. Sólo había un envase vacío con menos de un trago de Coca Cola sin gas en el fondo de la botella de quién sabe cuándo. En otras condiciones, aquello no habría servido para consumo humano, pero no había nada más a esa hora que me permitiera hacer el ritual como dios manda.
Quince minutos antes de aquello, estaba metido en un departamento ajeno, haciéndole el amor a una niña preciosa a la que conocí en una conferencia en el tecnológico de la ciudad. Entonces sonó el móvil. Oí la voz de Adriana que intentaba hablar al otro lado.
—Dijard —le gruñí—. Dime que es algo importante.
—Tienes que venir, te juro que ésta sí es una historia; son ocho y los cocieron.
—Ok. No tardo.
—Ok —click.
Cuando me di la vuelta, ella se había tapado ya hasta el cuello; mientras me vestía, me cruzó por la cabeza darle una explicación, pero no lo hice.
—Llámame, ¿ok? —le dije antes de salir. Ella asintió.
Comencé a sudar frío al correr escaleras abajo, luego esa puñalada apareció otra vez en mi vientre. Conduje varias calles antes de dejar la calzada para buscar por la calle de Buenavista una farmacia que conocía por el rumbo. Pagué unos 600 pesos por un frasco de Proxetán y un poco de codeína para calmar el dolor.
Apenas bajé, me metí al elevador y fui hasta el último piso. Cruce el pasillo de lado a lado y me encerré en el baño. Me eché agua fría en la cara y fui a los servicios; afortunadamente esta vez no había sangre, así que mojé un pañuelo y me lo puse bajo el cinturón.
Eché a andar escaleras abajo. Dijard me estaba esperando en el segundo piso, me dio una botella de agua y me hizo bajar con ella.
Subimos a su camioneta. El noticiario de medianoche tenía un par de minutos de haber iniciado. Nada, ni una sola palabra de aquello. Tomamos la vía federal y nos metimos en la zona industrial casi hasta los límites de la ciudad. Luego de varios minutos, paramos en la parte trasera de la planta de químicos Infra, un lecho de grava de unos 350 metros cuadrados que servía como patio de maniobras de los camiones cisterna, tan iluminado como podría estarlo cualquier baldío y que antecedía a portón de 10 metros de longitud que, sin embargo, cerraban a las 6:30 de la tarde.
Tal como me lo había dicho Adriana, se trataba de ocho cuerpos; tres eran de menores de edad, todos eran hombres y todos, también, habían recibido el tiro de gracia. El menor de todos era casi un niño y se había orinado encima.
Sólo dos vestían “bien”. El resto parecía ser el séquito; malos cortes de cabello, camisetas con caricaturas o leyendas obscenas y trusas vulgares de nylon. Su prenda de mayor valor eran quizás los Air Jordan recién comprados que calzaban varios de ellos.
Esa misma noche se iniciaron las periciales, pero esta vez al menos todo parecía haber sido acallado por los dínamos de las fábricas próximas; el equipo tendría que trabajar rápido, pero con cierta tranquilidad, sin nadie preguntando nada.
Durante el regreso hablamos poco. Mientras Dijard conducía y escuchábamos algo de Bob Dylan, me hice un ovillo y recargué la cabeza en la ventanilla de la portezuela.
—Déjame dormir contigo, Adrianita. Juro ser un caballero —le supliqué mientras cerraba los ojos.
Cuando subíamos sobre aquella pequeña calle de doble sentido que conduce a su casa, Dijard estacionó frente a un Seven Eleven. Dos minutos después regresó con una bolsa de plástico, dos coca colas, unas papas grandes y un MilkyWay. Me pasó una coca cola, se puso la bolsa de papas entre las piernas y comenzó a comer mientras echaba a andar la camioneta. “Necesito calorías vacías”, me explicó mientras se ponía la botella de Coca Cola en la boca y yo me acomodaba la botella helada en el regazo, debajo de la camisa.
Sentí que me besó. Fue entonces que me desperté y la vi allí, mirándome, con una toalla alrededor del cuerpo y una lata de chocolate que se estaba comiendo a cucharadas. Apenas había salido de bañarse.
—¿Qué hora es? —le pregunté.
—Te apesta la boca.
—Tú hueles a chocolate. ¿Qué hora es?
—Como las diez y media.
—Tengo una cita —dije mientras trataba de ponerme los zapatos.
—¿Y cómo piensas irte, genio? Date un baño, yo te llevo.
Minutos después estábamos los dos en camino. Ella llevaba una blusa blanca, pantalón y saco negros; pensaba pasar al funeral del padre de una amiga. Yo tenía puesta la misma ropa de ayer, sólo que más arrugada.
—¿Vas a ver a Elena? —me preguntó.
Guardé silencio. Ella se incomodó, me tomo de la mano y la apretó mientras desviaba la mirada.
—No te preocupes. Es algo que no me importa.
—No, no, no. Es sólo que tengo algo. Voy a ver al doc. Algo anda un poco mal.
—¿Quieres que te acompañe?
—Absolutamente no. Créeme. Es cosa de hombres; sólo yo y él.
Llegué justo cuando entraba con una paciente mayor e intentaba sostenerla por el brazo.
—Roberto, tienes que verme.
—No. Tienes que hacer cita como todos.
—De veras. Esta vez fue más fuerte, fue como si me acuchillaran con una hoja oxidada. Tuve que comprar lo que me diste la última vez…
—¿Qué compraste?
Le mostré los frascos.
—¡Dios! ¿Tienes siquiera idea de lo que te estás tomando?
Abrió la puerta del consultorio de enfrente y me metió en él.
—Espérame aquí.
Unos veintidós minutos después, Roberto estaba sobre mí —no literalmente—, haciéndome preguntas del tipo “¿duele aquí?”, para luego presionar —figuradamente— en otras partes de mi existencia.
—Carajo, no puedes ir por la vida así, sin comprometerte siquiera con algo tan sencillo como tomar una pastilla a una hora, y luego venir, cuando sientes que ya no tienes control, para que yo lo arregle. A veces me dan ganas de darle la razón a mi hermana… Perdón, viejo.
—No hay problema. Pero igual necesito que me arregles.
—Muéstrame otra vez lo que estás tomando… —le puse enfrente los frascos y señaló uno con la pluma que levaba en la mano— Sigue con las azules hasta que te hagas estos análisis. Las otras, dámelas, no queremos que tengas una hemorragia que nadie pueda parar. Y por favor, quiero verte a ti y los resultados en no más de nueve o diez días.
Hacía años que conocía a Rubén; mi confianza en él era una de las pocas inamovibles en mi vida. Lo conocí cuando todo yo era un desastre y todo se me había salido de control. Podría decir que estaba a punto de venirme abajo cuando él echó a andar todo de nuevo.
Su hermana Montse trabajaba entonces como su secretaria. Una chica menudita de cabello color trigo con la que siempre tenía conversaciones impropias para un consultorio médico, como infartos, arteriosclerosis, tos con flema o formas imbéciles de morirse.
Un día, Montse decidió romperse las dos piernas bajando una escalera, así que la hermana menor, Elena, se convirtió por solidaridad, durante algunas semanas, en la ayudante de Roberto. Yo la conocí antes de que se convirtiera en reportera de AP y algo así como un año dos meses antes de que decidiera que era buena idea casarse conmigo.
El domingo por la mañana, Dijard me llamó para avisarme. El noticiario le había dedicado un par de minutos a los ejecutados; tenían datos, ciertos todos, pero pocos en realidad como para que aquello se convirtiera en algo importante.
Un pequeño sobresalto me llegó mientras desayunaba con ella en un restaurante cerca del Colón. Ella llevaba una sudadera de los Medias Rojas de Boston y mezclilla; yo traía mi viejo jersey de los Yanquis Acabábamos de ordenar y yo estaba concentrado en mi café, cuando Adriana deslizó la revista abierta. Eran cuatro páginas, firmadas por Elena, con toda la historia de Infra.
Los ocho muertos venían de Navolato. Bueno, no exactamente. En realidad venían de Mazatlán y habían estado en el carnaval. Durante el último año y medio, dos de ellos, hermanos, habían tenido un levantón espectacular. Sin ser particularmente ostentosos, se sentían moralmente obligados a ser generosos con un grupo de amigos de la barriada, humildes y, hasta donde se sabe, limpios de historias de drogas.
El menor de los dos se lió en Mazatlán con una ex Señorita Sinaloa, novia del hijo de Frausto Ocampo —uno de los tantos hombres de Joaquín Guzmán— que asesinó al periodista Gregorio Rodríguez, del diario El Debate. Lo último que se supo de ellos fue por una llamada de los hermanos a su mamá, cerca de las tres de la tarde del día anterior a su aparición, desde Zapopan; le avisaron sobre su intención de ir esa noche a ver a la Banda El Recodo.
Un comando de diez tipos los levantó cerca del estadio 3 de Marzo en dos vehículos, un BMW negro y un Cutlas vino. Y si habían logrado pasar por al menos cuatro estados, sin ser notados, no era obra de la casualidad; desde Jalisco hasta el Estado de México habían sido escoltados por al menos cuatro patrullas de la policía federal.
La guardia personal del hijo de Frausto estaba a cargo de Alan Varela, uno de los diez o doce oficiales a cuyo cargo estuvo una limpia de indigentes, en Guadalajara, en 1999.
Les unieron manos y pies con cinta canela, los golpearon principalmente en el rostro y les hirvieron los testículos con plástico derretido administrado poco a poco de una olla o un recipiente metálico. En el patio de Infra se hallaron 17 casquillos; once de Ak-47 y seis de uno o dos rifles R-15. Antes de dispararles les pusieron bolsas de plástico en la cabeza, pero no los dejaron asfixiarse.
El relato tenía detalles, pero estaba todo, incluso el hallazgo del BMW y el Cutlas con los reportes de robo respectivos en Culiacán y Escuinapa, ambos sin violencia.
No leí todo esa mañana; fotocopié las páginas y me las llevé a casa por la noche. Sin embargo, lo poco que alcancé a ver fue suficiente para decirlo.
—Mi ex mujer es una chingona.
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