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Archivo para Junio 2007

Capítulo X. La historia de Infra

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Comencé a buscar a tientas, bajo el asiento trasero, una botella, cualquier cosa que quedara para pasarme aquel par de tabletas. Sólo había un envase vacío con menos de un trago de Coca Cola sin gas en el fondo de la botella de quién sabe cuándo. En otras condiciones, aquello no habría servido para consumo humano, pero no había nada más a esa hora que me permitiera hacer el ritual como dios manda.
    Quince minutos antes de aquello, estaba metido en un departamento ajeno, haciéndole el amor a una niña preciosa a la que conocí en una conferencia en el tecnológico de la ciudad. Entonces sonó el móvil. Oí la voz de Adriana que intentaba hablar al otro lado.
    —Dijard —le gruñí—. Dime que es algo importante.
    —Tienes que venir, te juro que ésta sí es una historia; son ocho y los cocieron.
    —Ok. No tardo.
    —Ok —click.
    Cuando me di la vuelta, ella se había tapado ya hasta el cuello; mientras me vestía, me cruzó por la cabeza darle una explicación, pero no lo hice.
    —Llámame, ¿ok? —le dije antes de salir. Ella asintió.
    Comencé a sudar frío al correr escaleras abajo, luego esa puñalada apareció otra vez en mi vientre. Conduje varias calles antes de dejar la calzada para buscar por la calle de Buenavista una farmacia que conocía por el rumbo. Pagué unos 600 pesos por un frasco de Proxetán y un poco de codeína para calmar el dolor.
    Apenas bajé, me metí al elevador y fui hasta el último piso. Cruce el pasillo de lado a lado y me encerré en el baño. Me eché agua fría en la cara y fui a los servicios; afortunadamente esta vez no había sangre, así que mojé un pañuelo y me lo puse bajo el cinturón.
    Eché a andar escaleras abajo. Dijard me estaba esperando en el segundo piso, me dio una botella de agua y me hizo bajar con ella.
    Subimos a su camioneta. El noticiario de medianoche tenía un par de minutos de haber iniciado. Nada, ni una sola palabra de aquello. Tomamos la vía federal y nos metimos en la zona industrial casi hasta los límites de la ciudad. Luego de varios minutos, paramos en la parte trasera de la planta de químicos Infra, un lecho de grava de unos 350 metros cuadrados que servía como patio de maniobras de los camiones cisterna, tan iluminado como podría estarlo cualquier baldío y que antecedía a portón de 10 metros de longitud que, sin embargo, cerraban a las 6:30 de la tarde.
    Tal como me lo había dicho Adriana, se trataba de ocho cuerpos; tres eran de menores de edad, todos eran hombres y todos, también, habían recibido el tiro de gracia. El menor de todos era casi un niño y se había orinado encima.
    Sólo dos vestían “bien”. El resto parecía ser el séquito; malos cortes de cabello, camisetas con caricaturas o leyendas obscenas y trusas vulgares de nylon. Su prenda de mayor valor eran quizás los Air Jordan recién comprados que calzaban varios de ellos.
    Esa misma noche se iniciaron las periciales, pero esta vez al menos todo parecía haber sido acallado por los dínamos de las fábricas próximas; el equipo tendría que trabajar rápido, pero con cierta tranquilidad, sin nadie preguntando nada.
    Durante el regreso hablamos poco. Mientras Dijard conducía y escuchábamos algo de Bob Dylan, me hice un ovillo y recargué la cabeza en la ventanilla de la portezuela.
    —Déjame dormir contigo, Adrianita. Juro ser un caballero —le supliqué mientras cerraba los ojos.
    Cuando subíamos sobre aquella pequeña calle de doble sentido que conduce a su casa, Dijard estacionó frente a un Seven Eleven. Dos minutos después regresó con una bolsa de plástico, dos coca colas, unas papas grandes y un MilkyWay. Me pasó una coca cola, se puso la bolsa de papas entre las piernas y comenzó a comer mientras echaba a andar la camioneta. “Necesito calorías vacías”, me explicó mientras se ponía la botella de Coca Cola en la boca y yo me acomodaba la botella helada en el regazo, debajo de la camisa.

Sentí que me besó. Fue entonces que me desperté y la vi allí, mirándome, con una toalla alrededor del cuerpo y una lata de chocolate que se estaba comiendo a cucharadas. Apenas había salido de bañarse.
    —¿Qué hora es? —le pregunté.
    —Te apesta la boca.
    —Tú hueles a chocolate. ¿Qué hora es?
    —Como las diez y media.
    —Tengo una cita —dije mientras trataba de ponerme los zapatos.
    —¿Y cómo piensas irte, genio? Date un baño, yo te llevo.
    Minutos después estábamos los dos en camino. Ella llevaba una blusa blanca, pantalón y saco negros; pensaba pasar al funeral del padre de una amiga. Yo tenía puesta la misma ropa de ayer, sólo que más arrugada.
    —¿Vas a ver a Elena? —me preguntó.
    Guardé silencio. Ella se incomodó, me tomo de la mano y la apretó mientras desviaba la mirada.
    —No te preocupes. Es algo que no me importa.
    —No, no, no. Es sólo que tengo algo. Voy a ver al doc. Algo anda un poco mal.
    —¿Quieres que te acompañe?
    —Absolutamente no. Créeme. Es cosa de hombres; sólo yo y él.
    Llegué justo cuando entraba con una paciente mayor e intentaba sostenerla por el brazo.
    —Roberto, tienes que verme.
    —No. Tienes que hacer cita como todos.
    —De veras. Esta vez fue más fuerte, fue como si me acuchillaran con una hoja oxidada. Tuve que comprar lo que me diste la última vez…
    —¿Qué compraste?
    Le mostré los frascos.
    —¡Dios! ¿Tienes siquiera idea de lo que te estás tomando?
    Abrió la puerta del consultorio de enfrente y me metió en él.
    —Espérame aquí.
    Unos veintidós minutos después, Roberto estaba sobre mí —no literalmente—, haciéndome preguntas del tipo “¿duele aquí?”, para luego presionar —figuradamente— en otras partes de mi existencia.
    —Carajo, no puedes ir por la vida así, sin comprometerte siquiera con algo tan sencillo como tomar una pastilla a una hora, y luego venir, cuando sientes que ya no tienes control, para que yo lo arregle. A veces me dan ganas de darle la razón a mi hermana… Perdón, viejo.
    —No hay problema. Pero igual necesito que me arregles.
    —Muéstrame otra vez lo que estás tomando… —le puse enfrente los frascos y señaló uno con la pluma que levaba en la mano— Sigue con las azules hasta que te hagas estos análisis. Las otras, dámelas, no queremos que tengas una hemorragia que nadie pueda parar. Y por favor, quiero verte a ti y los resultados en no más de nueve o diez días.
    Hacía años que conocía a Rubén; mi confianza en él era una de las pocas inamovibles en mi vida. Lo conocí cuando todo yo era un desastre y todo se me había salido de control. Podría decir que estaba a punto de venirme abajo cuando él echó a andar todo de nuevo.
    Su hermana Montse trabajaba entonces como su secretaria. Una chica menudita de cabello color trigo con la que siempre tenía conversaciones impropias para un consultorio médico, como infartos, arteriosclerosis, tos con flema o formas imbéciles de morirse.
    Un día, Montse decidió romperse las dos piernas bajando una escalera, así que la hermana menor, Elena, se convirtió por solidaridad, durante algunas semanas, en la ayudante de Roberto. Yo la conocí antes de que se convirtiera en reportera de AP y algo así como un año dos meses antes de que decidiera que era buena idea casarse conmigo.

    El domingo por la mañana, Dijard me llamó para avisarme. El noticiario le había dedicado un par de minutos a los ejecutados; tenían datos, ciertos todos, pero pocos en realidad como para que aquello se convirtiera en algo importante.
    Un pequeño sobresalto me llegó mientras desayunaba con ella en un restaurante cerca del Colón. Ella llevaba una sudadera de los Medias Rojas de Boston y mezclilla; yo traía mi viejo jersey de los Yanquis Acabábamos de ordenar y yo estaba concentrado en mi café, cuando Adriana deslizó la revista abierta. Eran cuatro páginas, firmadas por Elena, con toda la historia de Infra.
    Los ocho muertos venían de Navolato. Bueno, no exactamente. En realidad venían de Mazatlán y habían estado en el carnaval. Durante el último año y medio, dos de ellos, hermanos, habían tenido un levantón espectacular. Sin ser particularmente ostentosos, se sentían moralmente obligados a ser generosos con un grupo de amigos de la barriada, humildes y, hasta donde se sabe, limpios de historias de drogas.
    El menor de los dos se lió en Mazatlán con una ex Señorita Sinaloa, novia del hijo de Frausto Ocampo —uno de los tantos hombres de Joaquín Guzmán— que asesinó al periodista Gregorio Rodríguez, del diario El Debate. Lo último que se supo de ellos fue por una llamada de los hermanos a su mamá, cerca de las tres de la tarde del día anterior a su aparición, desde Zapopan; le avisaron sobre su intención de ir esa noche a ver a la Banda El Recodo.
    Un comando de diez tipos los levantó cerca del estadio 3 de Marzo en dos vehículos, un BMW negro y un Cutlas vino. Y si habían logrado pasar por al menos cuatro estados, sin ser notados, no era obra de la casualidad; desde Jalisco hasta el Estado de México habían sido escoltados por al menos cuatro patrullas de la policía federal.
    La guardia personal del hijo de Frausto estaba a cargo de Alan Varela, uno de los diez o doce oficiales a cuyo cargo estuvo una limpia de indigentes, en Guadalajara, en 1999.
    Les unieron manos y pies con cinta canela, los golpearon principalmente en el rostro y les hirvieron los testículos con plástico derretido administrado poco a poco de una olla o un recipiente metálico. En el patio de Infra se hallaron 17 casquillos; once de Ak-47 y seis de uno o dos rifles R-15. Antes de dispararles les pusieron bolsas de plástico en la cabeza, pero no los dejaron asfixiarse.
    El relato tenía detalles, pero estaba todo, incluso el hallazgo del BMW y el Cutlas con los reportes de robo respectivos en Culiacán y Escuinapa, ambos sin violencia.
    No leí todo esa mañana; fotocopié las páginas y me las llevé a casa por la noche. Sin embargo, lo poco que alcancé a ver fue suficiente para decirlo.
    —Mi ex mujer es una chingona.

El porvenir

Tu dinero perezca contigo, porque has
pensado que el don de Dios se obtiene con dinero
Hechos 8:21

Estaba trabajando en El Porvenir cuando el hombre ese llegó a mí, o mejor dicho, cuando los programas de papel y engrudo comenzaron a llenar paredes y postes, igualitos a los que se usan para anunciar las funciones de box.
    Querían voluntarios para el acto aquel, con la condición única de presentar una recomendación como gente honesta —la duda ofende, me dije yo—. Prometían unos pesos de ayuda y como el dinero me hacía falta, fui.
    La cosa fue el día que se celebraba la resurrección de Cristo, el fin de la Semana Santa. Aquello estaba lleno, el pueblo entero estaba ahí. Las calles más allá de la plaza se quedaron asilenciadas de tan vacías, reposando en los empedrados sus charcos de agua lodosa.
    En el lugar había mucho descalzo con las patas partidas, enlodando todo el piso. Apestaban.
    Hasta adelante estaba el padre Genovevo y los señores de la autoridad con sus esposas que, muy autoridad y muy señoras pero también tenían sus creencias como los más pobretones y creían en cualquier milagrería por encima de médicos; nomás hay que acordarse de la contagio aquel que dejaron que cundiera y que mató a tantos.
    De los voluntarios nomás habíamos tres hombres: uno de los nicolases, hijo de Nicolás Alcaráz; el sacristán de la iglesia, que estaba medio tocado, y yo, que quedé al cargo de toda la parte importante. La recomendación se la saqué al padre, que ya me debía varios favores; yo le conocía bien varias de sus debilidades y él lo sabía.
    Las demás eran como veinticinco mujeres, escogiditas, casaderas, de buen cuerpito. Un día antes se las habían formado a todas para que el tipo las conociera.
    —Te acercas y lo saludas con un beso —le encomendaban a cada una.
    Pero conmigo quiso hablar aparte, por eso fuimos adentro. Me explicó algo que yo ya me olía desde que lo vi llegar en medio de tanto rebumbio. Me pidió que me acercara a la ventana y desde ahí me señaló al grupito de muchachas.
    —A las niñas feas, la gente les da limosnas, morralla. Las bonitas son ángeles que los hombres codician. Ellas reciben ofrendas de verdad; a ellas hay que ganárselas. Sus vidas, sus caritas, son productivas. ¿Entiendes eso?
    Entendía, sí.
    Luego de eso, me puso al cargo de toda la parte importante: la guarda y cuidado del dinero de las ofrendas y las dádivas.

La gente de atrás no oía, se ponía difícil; los hombres se empujaban, chiflaban, se mentaban la madre. Por eso decidí hablar fuerte para hacer silencio.
    —Cállense pues, carajo, si no, esto no va a poder empezar.
    De pronto el silencio se fue corriendo como una luz que va mojando a todos. Y es que nadie supo qué hacer cuando el tipo subió al tablado; no tenía composturas de cura como para santiguarse frente a él, y que yo sepa al padre Genovevo nunca nadie le aplaudió cuando subía a dar misa.
    El tipo vestía bien, pero sin el dichoso nudo en el pescuezo que ahora traen tantos. Era prieto, ventrudo, y se apoyaba en un bastón para caminar; rengueaba de una pierna que luego luego se le adivinaba tiesa.
    Cuando yo bajaba, él se detuvo apenas un par de segundos para hablarme aparte. Me pidió mucho cuidado —así lo dijo, muucho, como arrastrando las palabras— con lo que iba a hacer. Se metió la mano en el bolsillo y luego dejó algo en el mío.
    —Cómprate unos cigarros —me dijo.
    Me miré la bolsa. Un billete de mil.
    —Cómprate un camión de cigarros —volvió a decir sosteniéndome con la mirada. Luego les habló:
    —Dios no hace nada sin antes revelarle su misterio a sus servidores. Yo me hice esclavo de Él hace muchos años. Yo combatí por su Iglesia contra los que querían quitarnos nuestra fe y quitarnos a Dios mismo. Él sabe que Zinamparán peleó su guerra y que muchos le fueron fieles hasta la muerte; incluso que muchos perdieron familia, maridos, padres, y que se quedaron desamparados. Él mismo me ha permitido venir aquí y confiarles que el bendito, piensa derramar una lluvia de bendición y abundancia sobre esta tierra que pisan ustedes y sobre la que están levantadas sus casas.
    Nadie sabía bien a bien qué significaba aquello, pero todos presentían que se trataba de algo grande. Yo estaba abajo del templete y desde ahí lo dominaba todo. No tuvo que pasar mucho tiempo para darme cuenta de que ya había sabido de él en Atolinalá, cuando anduve de merolico.
    Sólo que entonces vendíamos tés, yerbas medicinales. La Cristiada se venía haciendo olvido y los milagros se oían por donde quiera. Él entonces se llamaba Lucas, había sido cristero del seminario de Abaján. Era un tipo maltragado, callado, triste. Andaba cuidado por cuatro fulanos. Se la pasaba haciendo el místico, dibujando en la tierra con el dedo, sin alzar los ojos, de modo que cuando abría la boca y rumiaba algo, alguno de sus achichincles tenía que acercarle el oído para entenderle.

Me distraje un momento, pero aun así le oí decir que el dinero comenzaría entrar por las puertas de todos, que ya nadie iba a sufrir de deudas, pero que se necesitaban ofrendas para continuar La Obra.
—¿Verdad señor cura? —le preguntó al padre Genovevo que nomás le contestó con la cabeza—. Es como sus autoridades: ellos no les pueden ayudar ni les pueden servir, si la gente no paga sus contribuciones y si ellos no cobran dignamente, ¿verdad señor presidente?
    Y aquel movió la cabeza muy complacido.
    Cabrón.
    Yo estaba en cuclillas, listo para hacer lo mío que era repartirles y recogerles unos sobres amarillos a los que estaban sentados enfrente, y custodiar el resto que se juntara con las muchachas.
    Justo frente a mí estaba una mujer que parecía venir con nosotros, pero a quien no había visto. Mucho rato estuve mirándola sin poner atención a lo demás. Era una muchacha de cabellos oscuros, largos como si no los hubiera cortado en años; tenía unos pechos grandes y redondos bajo un vestido azul cielito que traía, y unos hombros desnudos hermosos.
    Luego supe que se llamaba Mariana, que era el nombre en el calendario el día que nació. Venía de Atlapa. La madre la corrió apenas la vio cumplir los 12; ni siquiera tuvo que mirarle los ojos al marido y a los hijos varones para adivinarles las intenciones. Sabía que en las madrugadas la niña sentía sus manos buscándola por debajo de la ropa.
    Sin embargo, si ella se fue, fue porque todo aquello le quedaba chico; se fue de la misma manera como pudo irse con el circo o con algún fulano que le ofreciera un buen arreglo.

“El Espíritu Santo les hablará a ustedes y pedirá que cada familia ofrezca ocho pesos, que 23 personas den 80 y que trece más pongan en el sobre que les den, 800 pesos”, dijo él para convencerlos de que de veras era cosa de Dios.
    Años atrás, en Atolinalá, lo vi hacer las cosas de otro modo; se atravesaba las manos con puyas de maguey, otras veces acostumbraba sangrarse los pies. Un día de esos ya no dejaron verlo y es que la infección que le agarró toda la pierna casi lo mata. Como a nosotros nos creían doctores, nos vinieron a buscar en la madrugada para que lo viéramos.
    Bien lejos de su facha de mansito y apocado, lo hallamos en un grito, maldiciendo a todos. Cuando entramos, agarró un puño de dinero que nos aventó diciéndonos: “Tomen pa’ que me curen, yo les pago”.
    Algo le hicimos, porque algo entendíamos de tanto vender remedios, pero al otro día no esperamos ni la salida del sol; salimos hechos la chingada del pueblo, antes de que amaneciera, por si no aguantaba y de plano se moría. Con la creencia que le tenían ahí, eran capaces de matarnos.
    Nos fuimos cada cual por su lado. Yo me escondí en Zinamparán, hasta que conseguí trabajo en El Porvenir, donde aprendí a usar el estilete para poder comer de la matanza de animales. Desde entonces, mi vida fue andar todo apestoso a vaca muerta, lleno de sangre.
    De aquello, a él lo único que le quedó, fue la pierna tiesa.
    Sin embargo, se siguió sabiendo de su vida, sobre todo cuando se aseguraba que el mismísimo presidente de la República y su mujer lo habían buscado cuando ella se estaba muriendo, que habían viajado en avión hasta kilómetros de aquí y que luego habían llegado como paisanos, preguntando por él. La gente seguía creyendo en él, bebiéndose hasta el agua con que se bañaba y, sobre todo, arrimándole muchos animalitos y dinero por sus promesas de sanidad.
    Su situación cambió con los años; menos desconfiado y amparado por la misma autoridad que un tiempo lo persiguió para matarlo en la Cristiada, llegó hasta Zinamparán.
    Ahora subía a la gente ahí mismo adonde él estaba, se veía que había aprendido cosas, no sé qué hizo pero se traía lo suyo. Lo vi tomar a una mujercita, le puso una mano sobre la frente y la otra en el sexo, por encima del vestido. Luego le sopló a la cara y la puso despacito en el suelo, sin voluntad.
    Decía que era el Espíritu Santo, entrando en la gente, como en Pentecostés. No le creí ni una palabra pero no pude evitar estremecerme cuando lo vi mover la mano sobre el aire, como corriendo un velo y vi, al tiempo, caer a hombres y mujeres como soldaditos.

Al final, todos salieron contentos, unos con su fe, yo con lo mío. Habíamos recogido dinero a pasto. Afuera, el pueblo se arrancó con su fiesta de artificios, de carruseles, de feria y de damajuanas de aguardiente.
    Después de todo, fue fácil encontrar aquellos pechos y aquel vestido azul cielito cuando me quedé a hacer las cuentas. Ningún trabajo nos costó mirar los sobres amarillos y reírnos para saber que no éramos soldados de Cristo ni nada así, ni para encaminarnos luego al cuarto que el padre tenía atrás de su casa.
    Nos encontraron cuando yo ya le tenía el vestido en la cintura y metía mi cara entre sus piernas. El santero me arremetió con el fuste de las bestias, me golpeó y me golpeó hasta hacerme toser. A ella la abofetearon un par de veces porque no necesitó más para saber que no debía levantarse. Cuando Genovevo hubo despachado a sus casas a los estaban cerca de la casa parroquial, me sacaron a la calle tomándome por un lado de los cabellos.
    —Y no vuelvas ni por un centavo, hijo de mala madre, porque entonces te hago hasta parir.
    Pero volví.
    Cuando lo hice, ella estaba de pie otra vez, despeinada, con sangre en la boca. El infeliz estaba en el suelo, casi muerto, con las entrañas picadas. Por otro lado vi a Genovevo, engarruñado, con una lesna bien adentro del ombligo.
    —Hasta hoy yo todavía escojo quién me coge —dijo ella limpiándose la boca y escupiéndole en la mejilla.

Hace poco volví por Zinamparán, sólo que ahora se llama Pueblo de San Lucas. Como él santero les prometió, aquello está muy prospero. Todos se dedican a fabricar los becerritos de oro que tanto se venden por toda la región, y a hacer los dioses de otros pueblos, según el modelo que la gente pide. El Porvenir ya no existe. De mí nadie se acuerda; creo que nunca nadie supo que viví allí y poco les importa ya quién mató a aquellos dos ni qué pasó el día que encontraron su cuerpo. Metidos todos en aguardiente hasta la mañana siguiente, cualquiera pudo ser.
    Sigo mi camino, no me ha ido mal, ya estoy aprendiendo a dormir garrobos, hice un remedio para el olvido en una sola toma y hago llorar desconsoladamente a las Vírgenes de yeso.
    Mariana va conmigo, pero por semanas se separa para seguir el itinerario de los santos; mañana en San Juan, pasado en San Miguel, reservando siempre el domingo de resurrección a la fiesta de Zinamparán. Hace poco le hablé de Atlapa. He visto ahí a una niña que debía ser igual a ella cuando tenía su edad, pero que dice cosas…
    Habla del fin del mundo, de falsos profetas que se levantarán pronto y de grandes señales que engañarán a la gente, de cómo algunos tomarán la imagen de la Virgen para hacer sus milagros en las monedas de cambio y se enriquecerán incluso de los que sólo quieren bien morir.
    El cura mayor de Abaján ha comenzado a mentarla en sus sermones; en toda la diócesis se habla ya de blasfemias, de persecución a la Santa Iglesia.
    —Los persigue una niña… —me oí decir, mientras miraba aquello— Es una santa o al menos tiene vocación.
    —No es una santa… —me devolvió ella, mientras trataba de hacer sangrar a un Cristo de la aflicción— Nada más es una niña que se va a morir.

Categorías:Papel de literatura

Nunca

El camino al suburbio aquel fue fatigoso, pesado. Quizá la única parte agradable del viaje fue el largo trayecto en tren; el último carro había sido reservado enteramente para nosotros, con todas las comodidades y surtido además con buenas bebidas y ultramarinos finos. Desde niño, siempre me había gustado la sensación que daba el correr de miles de durmientes que se alejaban y se perdían al paso del ferrocarril, de modo que María y yo pasábamos minutos enteros en la parte trasera, mirando cómo se alejaban las oficinas postales, los postes del tendido eléctrico y los animales que, perdidos, llegaban hasta la vía.
    Sin embargo, el tramo final lo hicimos dentro de un Packard negro, bajo un sol inclemente, seguidos por un Ford plata, donde tres criados que nos habían recogido en la estación, llevaban el equipaje. Las axilas y la espalda de mi camisa estaban empapadas en sudor y las vestiduras de cuero del auto no me ayudaban a pasarla mejor en aquel horno. Mi mujer y mi hija simplemente no podían ocultar el fastidio.
    Estuvimos alrededor de 25 minutos en aquella olla de cocimiento. Los últimos metros antes de llegar a la casa, constituían una pequeñísima colina y estaban, evidentemente a la altura de quienes habitaban la zona; largas y anchas alamedas, corredores cuyo cuidado era pagado a pulso. Nos estacionamos al fin, y al bajar vimos la casa. Se me antojaba demasiado grande para la vida de una sola familia y en realidad lo era. En la parte alta podían mirarse estructuras que asemejaban antiguas garitas. Tenía techos altos y candelabros de lágrimas de cristal; la decoración entera estaba formada de antigüedades: retratos, muebles, cortinas, candelabros, incluso la pasamanería de las escaleras. Todo el vestíbulo olía a lustrador para madera, de modo que sólo podíamos ver la casa como quien mira la cúpula de una catedral.
    Nuria, la esposa de Luis María apareció por la escalera con su pequeña hija en brazos, un par de minutos antes que su marido. Ambas nos saludaron con mucho entusiasmo; nuestras mujeres siempre se habían tenido mucho cariño y fueron sólo nuestros velados roces, los que las alejaron a ellas. Ahora pretendíamos que las cosas fueran diferentes y por lo pronto, mi hija adolescente se encontraba encantada con la pequeña de ellos.

Luis María Pelag era un muy viejo amigo, hasta el día en que ambos comenzamos a competir con nuestros respectivos proyectos. Hasta la fecha, él todavía dirigía una pequeña pero importante cadena de diarios en el centro y Pacífico; yo, un periódico en el centro del país que, con todo, había alcanzado mejores resultados y prestigio que todos los diarios de Pelag. Nunca lo demostró, pero sentí —y lo hubo— un odio muy acendrado hacia mi persona de su parte. De algún modo yo correspondí, por lo que vinieron años en que ambos utilizábamos nuestras páginas para golpearnos bajo.
    Continuamente llegaban a mi escritorio informaciones que yo publicaba y que involucraban a la gente de Pelag en tráfico de influencias y “favores especiales” que hacían a autoridades de su zona de influencia a cambio de concesiones. Sus diarios cuestionaban el tono del mío y la cercanía que mantenía con figuras oficiales, lo que nos permitía tener información privilegiada.
    El asunto que queríamos tratar era para mí un excelente pretexto para hacer las pases. En realidad no era un negocio que me importara mucho; las ganancias eran poco significativas, pero era una buena oportunidad para terminar las diferencias imbéciles.
    Esa primera noche, para abreviar las horas de cortesía y elogios mutuos, mi esposa y mi hija decidieron dormir juntas en una recámara de la planta alta. Nosotros la pasaríamos en el despacho de abajo trabajando. Era de un gusto poco usual, armado en madera fina, con cientos de volúmenes en la estantería, y varias piezas de arte. Su mayor orgullo era un manuscrito de Poe de 1846, comprado en una subasta en Norteamérica y casualmente un busto pálido y adusto de Palas, sacado de un bloque de mármol blanco, montado sobre el dintel de la puerta, a la manera sugerida en el poema The Raven.
    Entonces recordé su afición por escribir historias policiacas y sus ensayos ingeniosos en la edición sabatina del S.A. Desarrollaba la labor en forma genial, pero encontraba cierto placer en el anonimato, por lo que firmaba siempre con un sobrenombre.
    En fin, la habitación contaba de un ambiente fresco, muy agradable para trabajar, con apenas tres lámparas colocadas en dos de las esquinas de la oficina y una más que alumbraba el escritorio. Nos trajeron café. Según me refirió Pelag, era grano traído de Abisinia, cosa suficiente para pensar que la sobreestimulación por su consumo no me haría dormir sino hasta la mañana. Tomó las tazas y sirvió él mismo, se disculpó y me pidió un par de minutos para ir a ver dormir a su hija.
    Mientras me quedé solo, no pude dejar de sentir el rostro de Palas, observándome desde sus pupilas vagas; de recordar el manuscrito de Poe, los relatos policiacos, los juegos de perspicacia y el odio que silenciosamente me había prodigado por tanto tiempo. La duda me impulsó; cambié las tazas y me apronté la suya como propia. Me sentí ridículo, pero seguro.
    Lo esperé para comenzar con el café y ver su cara. Lo miraba con insistencia pero él no mostraba la más leve emoción y apenas me preguntó mi opinión sobre los granos colombianos. Afortunadamente la bebida no resultó un activo veneno ni nada parecido, pero la tensión que yo mismo me fui alimentando y el café, verdaderamente bueno, me hicieron doler la cabeza un poco.
    Trabajamos la mitad de la noche sin mencionar los motivos que nos habían enemistado; en realidad, ninguno de los dos lo creyó pertinente: todo olvidado y hacia el futuro. Terminamos de revisar papeles alrededor de las tres y ambos estábamos cansados. Él me sugirió no despertar a nadie, quedarnos en los sillones del despacho y hacernos compañía para empezar temprano por la mañana.

Desperté después de las siete, gracias a los criollos que se disputaban las ramas en la alameda. La habitación estaba limpia y Pelag no estaba. Me levanté. Sentí el deseo de asearme y quise ir al baño. La puerta estaba cerrada por fuera, moví la perilla sin lograr girarla, forcejeé con ella, palmeé en la puerta sin que nadie respondiera. Empecé a temer algo malo, busqué y rebusqué en los cajones una llave, algo que me permitiera abrir, hasta que improvisé una horquilla que tardé mucho en lograr manejar. Providencialmente abrí y salí buscando a alguien por la casa; las niñas, mi esposa, Pelag, algún criado. Nadie.
    Algunos objetos habían desaparecido de las paredes. Subí a las habitaciones, la de mi esposa y mi hija estaba vacía, y la cama tendida. Finalmente me llenó la desesperación, abrí todas las puertas posibles, gritaba a alguien que pudiera escucharme, me asomé a la ventana, los autos habían desaparecido.
    Era simplemente absurdo; una mudanza había tenido lugar frente a mi nariz sin darme cuenta. Lo peor era que siempre estuve seguro de cuanto bebí y comí la noche anterior; nadie pudo haberme dado un somnífero que me hiciera dormir programadamente sólo cuatro horas y después de otras tres horas de haberlo consumido un café fuertísimo.
    No hubo interrogatorio posible a los vecinos, porque no existían tales, sólo casas inhabitadas. Cuando recordé la posibilidad del teléfono, no dudé. Marqué los números del periódico, las respuestas fueron unánimes:
    —Discúlpeme no lo puedo comunicar.
    Grité, insulté, supliqué, pero para entonces ya no había nadie que me oyera. Amigos, socios, compañeros, todos actuaban como si nunca me hubieran conocido. Pero en el espejo seguía siendo yo, un tipo que apenas tres días atrás dirigía el periódico Siglo en la ciudad.
    Calculé el tiempo para que mi familia volviera a casa, cualquiera que hubiera sido el motivo para irse sin mí. Marqué varias veces, pero cada vez que alguien contestaba y yo contaba lo que pasaba, sólo recibía una respuesta: Debe ser un error. Alguna vez escuché del otro lado la voz de mi hija; ansioso y emocionado le hablé, pero su contestación me heló la sangre: ¿Quién? Luego cortó la línea.
    Todas esas noches dormí en el despacho. En dos ocasiones sonó el teléfono pero al contestar, la comunicación se cortaba. Estoy seguro de que se percataban de que yo seguía en la casa.
    Todas esas noches y hasta ahora, me quedo mirando en la penumbra. Tengo miedo de salir. Alguien, no sé quién, alguien, me trae comida semanalmente con el ejemplar del día de Siglo. Veo el rostro de Palas, pienso que soy un hombre sin identidad. El espacio vacío dejado por el manuscrito en la pared, el estante de libros saqueado, miro las sombras de la noche que se cuelan por las cortinas del ventanal, demonios y miedos me visitan, corren, se estrellan contra las paredes, y yo espero mi muerte deseando despertar algún día de este sueño que se ha hecho muy, muy largo.
    Al menos el agua corriente y la electricidad no han sido cortados.

Categorías:Papel de literatura

Zapata

Cuando murió Ugo Zapata, Loreto, el leguleyo que tantas veces lo sacó de la cárcel, que lo salvó de morir linchado y que compartió con él los frutos de sus malas andanzas, reunió a las seis viudas para leer las últimas disposiciones del muerto.
    El velorio fue silencioso y aunque las seis mujeres hubieran querido vengar con las otras un engaño que en el fondo conocían tiempo atrás, las balas de Zapata, las once balas en su cuerpo otorgaban conmiseración y respeto al cadáver de cualquier hombre, por vil que hubiera sido. Le lloraron hasta la sepultura y le guardaron nueve días. La voluntad de un muerto nunca fue más extravagante: No me importa el hedor que se levante en el llano o que los perros rasquen para hallarme y comerme, mi cuerpo no ha de ser enterrado a más de un metro de profundo.
    Raro y cínico hasta el final, Ugo Zapata había reunido a sus mujeres en el día de su muerte, con 17 años entre la mayor y la menor, sólo para que maldijeran su imagen una vez más con su mensaje corto en labios de Loreto: No pude llevarme el dinero, pero la más cercana a mí, la que más noches durmió conmigo sabe dónde está y no es ninguna de ustedes. Búsquenla.
    Desde muy joven, Zapata aprendió su oficio, a hacerse la vida fácil, sin compromisos que duran hasta la muerte y con mujeres que no exigen amor para abrir las piernas. El trámite era simple; despojaba, asesinaba si era necesario y se escondía lejos, en las cañadas, desde donde miraba cómo se desarrollaba todo. Pasado el furor se dejaba ver, perdido en el derroche y totalmente embriagado; ahí conoció a Benjamín Loreto, el hombre dispuesto a cuidarlo de la ley por su simpatía al dinero.
    La última vez que se vieron, antes de que hallaran el cadáver de Zapata, fue en una de las cañadas donde le entregó el manuscrito con su postrera voluntad y su confuso testamento. Luego vino su última discusión.
    —Ya te dije que no estés chingando, bastante te he matado ya el hambre y te he pagado muy bien. El dinero se reparte igual, pero ahora tu parte es para Mariana y su hijo. Además ya no te necesito.
    Zapata le dio la espalda para prender un cigarro con una vara encendida de la fogata. Loreto le vació la carga.
    —¿Tú crees? —le preguntó.
    A cinco de las mujeres no les quedó más que rumiar su rabia y una a una se quedaron esperanzadas a la búsqueda de las otras. Se fueron avejentando cada vez más, solas porque Zapata nunca pudo darles hijos, llenándose la cara de la tierra que trae el aire del llano y el hedor de muerto.
    Mariana se fue al despoblado a desenterrar el cuerpo, lo encontró agusanado pero todavía con la pistola. Se vomitó y luego vació el cañón de la hoja raída que lo tapaba.
    Mariana. Sabía que tenías que ser tú, la más chica. Todo lo mío está enterrado bajo las baldosas en el lugar donde me conociste. Hay dinero suficiente pero sólo para dos. Mátalas a todas antes de que te maten a ti. Sólo hazme un favor, ahora que tienes la pistola en la mano, date vuelta y dispara fuerte; Loreto seguramente está atrás de ti. Lárgate y no vuelvas nunca.
Te quiere, Ugo.

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