El porvenir
Tu dinero perezca contigo, porque has
pensado que el don de Dios se obtiene con dinero
Hechos 8:21
Estaba trabajando en El Porvenir cuando el hombre ese llegó a mí, o mejor dicho, cuando los programas de papel y engrudo comenzaron a llenar paredes y postes, igualitos a los que se usan para anunciar las funciones de box.
Querían voluntarios para el acto aquel, con la condición única de presentar una recomendación como gente honesta —la duda ofende, me dije yo—. Prometían unos pesos de ayuda y como el dinero me hacía falta, fui.
La cosa fue el día que se celebraba la resurrección de Cristo, el fin de la Semana Santa. Aquello estaba lleno, el pueblo entero estaba ahí. Las calles más allá de la plaza se quedaron asilenciadas de tan vacías, reposando en los empedrados sus charcos de agua lodosa.
En el lugar había mucho descalzo con las patas partidas, enlodando todo el piso. Apestaban.
Hasta adelante estaba el padre Genovevo y los señores de la autoridad con sus esposas que, muy autoridad y muy señoras pero también tenían sus creencias como los más pobretones y creían en cualquier milagrería por encima de médicos; nomás hay que acordarse de la contagio aquel que dejaron que cundiera y que mató a tantos.
De los voluntarios nomás habíamos tres hombres: uno de los nicolases, hijo de Nicolás Alcaráz; el sacristán de la iglesia, que estaba medio tocado, y yo, que quedé al cargo de toda la parte importante. La recomendación se la saqué al padre, que ya me debía varios favores; yo le conocía bien varias de sus debilidades y él lo sabía.
Las demás eran como veinticinco mujeres, escogiditas, casaderas, de buen cuerpito. Un día antes se las habían formado a todas para que el tipo las conociera.
—Te acercas y lo saludas con un beso —le encomendaban a cada una.
Pero conmigo quiso hablar aparte, por eso fuimos adentro. Me explicó algo que yo ya me olía desde que lo vi llegar en medio de tanto rebumbio. Me pidió que me acercara a la ventana y desde ahí me señaló al grupito de muchachas.
—A las niñas feas, la gente les da limosnas, morralla. Las bonitas son ángeles que los hombres codician. Ellas reciben ofrendas de verdad; a ellas hay que ganárselas. Sus vidas, sus caritas, son productivas. ¿Entiendes eso?
Entendía, sí.
Luego de eso, me puso al cargo de toda la parte importante: la guarda y cuidado del dinero de las ofrendas y las dádivas.
La gente de atrás no oía, se ponía difícil; los hombres se empujaban, chiflaban, se mentaban la madre. Por eso decidí hablar fuerte para hacer silencio.
—Cállense pues, carajo, si no, esto no va a poder empezar.
De pronto el silencio se fue corriendo como una luz que va mojando a todos. Y es que nadie supo qué hacer cuando el tipo subió al tablado; no tenía composturas de cura como para santiguarse frente a él, y que yo sepa al padre Genovevo nunca nadie le aplaudió cuando subía a dar misa.
El tipo vestía bien, pero sin el dichoso nudo en el pescuezo que ahora traen tantos. Era prieto, ventrudo, y se apoyaba en un bastón para caminar; rengueaba de una pierna que luego luego se le adivinaba tiesa.
Cuando yo bajaba, él se detuvo apenas un par de segundos para hablarme aparte. Me pidió mucho cuidado —así lo dijo, muucho, como arrastrando las palabras— con lo que iba a hacer. Se metió la mano en el bolsillo y luego dejó algo en el mío.
—Cómprate unos cigarros —me dijo.
Me miré la bolsa. Un billete de mil.
—Cómprate un camión de cigarros —volvió a decir sosteniéndome con la mirada. Luego les habló:
—Dios no hace nada sin antes revelarle su misterio a sus servidores. Yo me hice esclavo de Él hace muchos años. Yo combatí por su Iglesia contra los que querían quitarnos nuestra fe y quitarnos a Dios mismo. Él sabe que Zinamparán peleó su guerra y que muchos le fueron fieles hasta la muerte; incluso que muchos perdieron familia, maridos, padres, y que se quedaron desamparados. Él mismo me ha permitido venir aquí y confiarles que el bendito, piensa derramar una lluvia de bendición y abundancia sobre esta tierra que pisan ustedes y sobre la que están levantadas sus casas.
Nadie sabía bien a bien qué significaba aquello, pero todos presentían que se trataba de algo grande. Yo estaba abajo del templete y desde ahí lo dominaba todo. No tuvo que pasar mucho tiempo para darme cuenta de que ya había sabido de él en Atolinalá, cuando anduve de merolico.
Sólo que entonces vendíamos tés, yerbas medicinales. La Cristiada se venía haciendo olvido y los milagros se oían por donde quiera. Él entonces se llamaba Lucas, había sido cristero del seminario de Abaján. Era un tipo maltragado, callado, triste. Andaba cuidado por cuatro fulanos. Se la pasaba haciendo el místico, dibujando en la tierra con el dedo, sin alzar los ojos, de modo que cuando abría la boca y rumiaba algo, alguno de sus achichincles tenía que acercarle el oído para entenderle.
Me distraje un momento, pero aun así le oí decir que el dinero comenzaría entrar por las puertas de todos, que ya nadie iba a sufrir de deudas, pero que se necesitaban ofrendas para continuar La Obra.
—¿Verdad señor cura? —le preguntó al padre Genovevo que nomás le contestó con la cabeza—. Es como sus autoridades: ellos no les pueden ayudar ni les pueden servir, si la gente no paga sus contribuciones y si ellos no cobran dignamente, ¿verdad señor presidente?
Y aquel movió la cabeza muy complacido.
Cabrón.
Yo estaba en cuclillas, listo para hacer lo mío que era repartirles y recogerles unos sobres amarillos a los que estaban sentados enfrente, y custodiar el resto que se juntara con las muchachas.
Justo frente a mí estaba una mujer que parecía venir con nosotros, pero a quien no había visto. Mucho rato estuve mirándola sin poner atención a lo demás. Era una muchacha de cabellos oscuros, largos como si no los hubiera cortado en años; tenía unos pechos grandes y redondos bajo un vestido azul cielito que traía, y unos hombros desnudos hermosos.
Luego supe que se llamaba Mariana, que era el nombre en el calendario el día que nació. Venía de Atlapa. La madre la corrió apenas la vio cumplir los 12; ni siquiera tuvo que mirarle los ojos al marido y a los hijos varones para adivinarles las intenciones. Sabía que en las madrugadas la niña sentía sus manos buscándola por debajo de la ropa.
Sin embargo, si ella se fue, fue porque todo aquello le quedaba chico; se fue de la misma manera como pudo irse con el circo o con algún fulano que le ofreciera un buen arreglo.
“El Espíritu Santo les hablará a ustedes y pedirá que cada familia ofrezca ocho pesos, que 23 personas den 80 y que trece más pongan en el sobre que les den, 800 pesos”, dijo él para convencerlos de que de veras era cosa de Dios.
Años atrás, en Atolinalá, lo vi hacer las cosas de otro modo; se atravesaba las manos con puyas de maguey, otras veces acostumbraba sangrarse los pies. Un día de esos ya no dejaron verlo y es que la infección que le agarró toda la pierna casi lo mata. Como a nosotros nos creían doctores, nos vinieron a buscar en la madrugada para que lo viéramos.
Bien lejos de su facha de mansito y apocado, lo hallamos en un grito, maldiciendo a todos. Cuando entramos, agarró un puño de dinero que nos aventó diciéndonos: “Tomen pa’ que me curen, yo les pago”.
Algo le hicimos, porque algo entendíamos de tanto vender remedios, pero al otro día no esperamos ni la salida del sol; salimos hechos la chingada del pueblo, antes de que amaneciera, por si no aguantaba y de plano se moría. Con la creencia que le tenían ahí, eran capaces de matarnos.
Nos fuimos cada cual por su lado. Yo me escondí en Zinamparán, hasta que conseguí trabajo en El Porvenir, donde aprendí a usar el estilete para poder comer de la matanza de animales. Desde entonces, mi vida fue andar todo apestoso a vaca muerta, lleno de sangre.
De aquello, a él lo único que le quedó, fue la pierna tiesa.
Sin embargo, se siguió sabiendo de su vida, sobre todo cuando se aseguraba que el mismísimo presidente de la República y su mujer lo habían buscado cuando ella se estaba muriendo, que habían viajado en avión hasta kilómetros de aquí y que luego habían llegado como paisanos, preguntando por él. La gente seguía creyendo en él, bebiéndose hasta el agua con que se bañaba y, sobre todo, arrimándole muchos animalitos y dinero por sus promesas de sanidad.
Su situación cambió con los años; menos desconfiado y amparado por la misma autoridad que un tiempo lo persiguió para matarlo en la Cristiada, llegó hasta Zinamparán.
Ahora subía a la gente ahí mismo adonde él estaba, se veía que había aprendido cosas, no sé qué hizo pero se traía lo suyo. Lo vi tomar a una mujercita, le puso una mano sobre la frente y la otra en el sexo, por encima del vestido. Luego le sopló a la cara y la puso despacito en el suelo, sin voluntad.
Decía que era el Espíritu Santo, entrando en la gente, como en Pentecostés. No le creí ni una palabra pero no pude evitar estremecerme cuando lo vi mover la mano sobre el aire, como corriendo un velo y vi, al tiempo, caer a hombres y mujeres como soldaditos.
Al final, todos salieron contentos, unos con su fe, yo con lo mío. Habíamos recogido dinero a pasto. Afuera, el pueblo se arrancó con su fiesta de artificios, de carruseles, de feria y de damajuanas de aguardiente.
Después de todo, fue fácil encontrar aquellos pechos y aquel vestido azul cielito cuando me quedé a hacer las cuentas. Ningún trabajo nos costó mirar los sobres amarillos y reírnos para saber que no éramos soldados de Cristo ni nada así, ni para encaminarnos luego al cuarto que el padre tenía atrás de su casa.
Nos encontraron cuando yo ya le tenía el vestido en la cintura y metía mi cara entre sus piernas. El santero me arremetió con el fuste de las bestias, me golpeó y me golpeó hasta hacerme toser. A ella la abofetearon un par de veces porque no necesitó más para saber que no debía levantarse. Cuando Genovevo hubo despachado a sus casas a los estaban cerca de la casa parroquial, me sacaron a la calle tomándome por un lado de los cabellos.
—Y no vuelvas ni por un centavo, hijo de mala madre, porque entonces te hago hasta parir.
Pero volví.
Cuando lo hice, ella estaba de pie otra vez, despeinada, con sangre en la boca. El infeliz estaba en el suelo, casi muerto, con las entrañas picadas. Por otro lado vi a Genovevo, engarruñado, con una lesna bien adentro del ombligo.
—Hasta hoy yo todavía escojo quién me coge —dijo ella limpiándose la boca y escupiéndole en la mejilla.
Hace poco volví por Zinamparán, sólo que ahora se llama Pueblo de San Lucas. Como él santero les prometió, aquello está muy prospero. Todos se dedican a fabricar los becerritos de oro que tanto se venden por toda la región, y a hacer los dioses de otros pueblos, según el modelo que la gente pide. El Porvenir ya no existe. De mí nadie se acuerda; creo que nunca nadie supo que viví allí y poco les importa ya quién mató a aquellos dos ni qué pasó el día que encontraron su cuerpo. Metidos todos en aguardiente hasta la mañana siguiente, cualquiera pudo ser.
Sigo mi camino, no me ha ido mal, ya estoy aprendiendo a dormir garrobos, hice un remedio para el olvido en una sola toma y hago llorar desconsoladamente a las Vírgenes de yeso.
Mariana va conmigo, pero por semanas se separa para seguir el itinerario de los santos; mañana en San Juan, pasado en San Miguel, reservando siempre el domingo de resurrección a la fiesta de Zinamparán. Hace poco le hablé de Atlapa. He visto ahí a una niña que debía ser igual a ella cuando tenía su edad, pero que dice cosas…
Habla del fin del mundo, de falsos profetas que se levantarán pronto y de grandes señales que engañarán a la gente, de cómo algunos tomarán la imagen de la Virgen para hacer sus milagros en las monedas de cambio y se enriquecerán incluso de los que sólo quieren bien morir.
El cura mayor de Abaján ha comenzado a mentarla en sus sermones; en toda la diócesis se habla ya de blasfemias, de persecución a la Santa Iglesia.
—Los persigue una niña… —me oí decir, mientras miraba aquello— Es una santa o al menos tiene vocación.
—No es una santa… —me devolvió ella, mientras trataba de hacer sangrar a un Cristo de la aflicción— Nada más es una niña que se va a morir.
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