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Archivo para Julio 2007

Seis minutos, treinta y siete segundos…

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El 22 de abril de 1997, Néstor Cerpa Cartolini y trece milicianos del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru, en Perú, fueron asesinados en la residencia del embajador de Japón en Lima, a la cual habían entrado por asalto 126 días antes, reteniendo a 72 personas. Un comando de elite del ejército peruano los sorprendió, desarmados, mientras jugaban, con una pelota de trapos, un partido de fulbito en la primera planta del edificio diplomático. La mayoría eran chicas y jóvenes de entre 17 y 22 años que fueron muertos con un tiro en la cabeza mientras levantaban las manos en señal de rendición.
    En la última carta a su hijo de diez años, nueve días antes de recibir dos tiros en la mejilla y en la frente, Cerpa hablaba de la búsqueda de “una buena solución” a la crisis de rehenes, de la solidaridad como la mayor virtud de los hombres, pero también contaba que todos los días ahí dentro eran iguales, que habían improvisado una canchita de fulbito “y tu papá —decía— está recordando sus buenos tiempos, como cuando lo hacía con ustedes”.
    No es fácil mirar algún rasgo de belleza tras de esto. Se trata de una tragedia de la era CNN, atestiguada en tiempo real, que Alberto Fujimori defendió como un ejemplo al mundo. Desde hace diez años guardo entre mis recuerdos aquella nota fechada en Madrid, un 14 de mayo, y publicada en la primera plana de la sección Internacional de un diario de la capital; no es broma, yo aún me pregunto si alguien guardó y se quedó con aquella pelota de trapos.
    Pasa que chutar un balón es una actividad mísera y el fan del futbol, un idiota; el intelectualoide finge no entusiasmarse ante ello, se apresura a decir que no vio el juego de anoche o a pronunciar mal los nombres de las escuadras para convencer a sus iguales de que pasó esos 90 minutos leyendo a Bioy Casares o escrutando el diccionario para encontrar faltas de ortografía. Ese hombre en busca de respeto es un embustero o evidencia su pobreza, porque como dice Juan Villoro, ver y jugar al futbol es algo imposible sin imaginación. 

Una de las primeras notas que cubrí cuando comencé mi carrera como periodista fue un juego de futbol en el estadio Jesús Martínez Palillo de la Ciudad Deportiva. Jugaba un combinado de ex futbolistas profesionales contra una selección del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Del lado de los profesionales recuerdo a Raúl Servín, Luis Flores, Agustín Manzo, Abraham Nava, Félix Cruz, Demetrio Madero, Sergio Violante, Rafael Amador y Javier Aguirre, quien años depués se convirtió en director técnico de la selección nacional. En el otro bando, sólo sus nombres de la clandestinidad: Neftali, Cornelio, Ignacio… Muchos aseguraban que el rápido y habilidoso extremo izquierdo, con el 7 en los dorsales, era Marcos, pero nadie pudo probarlo y nadie de quienes lo entrevistaron después, se lo preguntó. No hubo quien no advirtiera la hazaña; pese al 5-3 adverso, el EZLN había metido a la tribuna más aficionados que los que el Necaxa llevaba entonces a las gradas del Estadio Azteca.
    No sé si acumular campeonatos sea tan importante como, los momentos que contruyen un solo gran triunfo. De la Serie Mundial de 1988 apenas puedo recordar el final del primer partido. Kirk Gibson apenas podía caminar cuando el manager de los Dodgers, Tom Lasorda, lo envió como bateador emergente en la parte baja del noveno inning. Los Atléticos de Oakland ganaban 4-3. El lanzador relevista había retirado ya a los dos primeros hombres y dio base por bolas a un tercer bateador que en un momento de fortuna había logrado robarse la segunda base.
    Fue ahí cuando vino Gibson. Sin apoyo en la pierna derecha, prolongó el drama al máximo, sacó cinco batazos de faul para poner la cuenta en tres bolas y dos strikes. Entonces sucedió. Gibson prendió una pelota que se elevó y sólo bajó hasta que había pasado la barda del jardín derecho, convirtendo en un maniconio el Dodger Stadium, que lo vitoreaba mientras, cojeando, recorría las bases… 
    El sueño del gran triunfo ha sido siempre el anhelo de muchos niños como yo. Pequeñito de estatura, afectado por los inicios de una fiebre reumática, muy poco hábil y muy poco veloz. Fui aficionado incondicional de los Pumas de la Universidad. Nunca tuve una camiseta de mi equipo y visité apenas unas cuantas veces el estadio de la Ciudad Universitaria. Muchos éramos Pumas antes de que Joaquín López Dóriga, Carlos Slim, Arturo Elías Ayub o German Dehesa aparecieran abrazados con el rector de la UNAM en el palco de honor del México 68; antes de que ser líder o amigo del líder de una porra fuera negocio, y aun antes de que los comentaristas de Televisa, tan repudiados por la comunidad estudiantil, se hicieran cargo de las crónicas de los partidos.
    Vi las grandes derrotas de mi equipo. La noche del 28 de mayo de 1985, en el estadio Corregidora, de Querétaro, el árbitro Joaquín Urrea le entregó al América la victoria en la primera final que los Pumas perdieron en esa década. El 3 de julio de 1988, otra vez frente a frente, fue el portero Adolfo Ríos quien se quitó del camino para dejar entrar los tiros de los azulcremas. Al final, cuando tienes diez o doce años, sólo te queda aventurar; te ves en la cancha vestido de azul y oro, recortando a un par de defensas y poniendo un tiro raso en el rincón. Lo recreas en tu cabeza y sales a la calle a intentarlo en un cinco contra cinco con los amigos del barrio.
    Debo confesar que en mis años de niñez sólo hubo un héroe de no ficción. Eterno en el equipo de la Universidad Nacional, Ricardo Tuca Ferreti fue ídolo de unos pocos de nosotros antes de construir con un solo gol histórico, indeleble una hermosa locura colectiva y desaparecer en los vestidores para siempre como jugador. Flacucho, siempre con la camiseta de fuera y las medias caídas, Tuca hizo el único gol en la noche triste del Corregidora y se quedó a una anotación de ser campeón de goleo en la temporada 83-84, cuando Norberto Outes, del Necaxa llegó a la última fecha con tres de ventaja. Con los Coyotes del Neza enfrente, esa tarde Pumas jugó para Ferreti; cada balón que pasaba por los pies de Manuel Negrete y Luis Flores iba de inmediato a los del brasileño, quien anotó, efectivamente, en tres ocasiones. Desgraciadamente una fue en su propia meta…

Indeleble, decía antes. Esa es una palabra que jamás podrán alcanzar los campeonatos exprés ganados la Sociedad Anónima que se coronó dos veces seguidas, en 2004, de la mano de Hugo Sánchez.
    El último gran momento de futbol que vi como aficionado del equipo de la UNAM, sucedió el sábado 22 de junio de 1991, dos días después de que cumplía los 16 años. Era el partido de vuelta de la tercera final entre Pumas y América en sólo cinco años. El equipo de Coapa había ganado 3-2 el primer capítulo y éste simplemente había que ganarlo… De aquel juego queda la agonía, el remate final de Naranjo que Jorge Campos detuvo en la línea de gol, segundos antes del silbatazo final; el suspenso llevado hasta el último segundo en la crónica de Raúl Orvañanos, Carlos Albert, Francisco Javier González, José Ramón Fernández, Toño Moreno y Alberto Fabris, el equipo de la entonces televisora del Estado, Imevisión.
    Vi esa final en un viejo televisor Philco, blanco y negro, completamente solo en casa. Sufrí indeciblemente cada avance del América y cada oportunidad desperdiciada por los auriazules. La jugada que no llegó jamás en los años anteriores y que alguna vez imaginé, como niño, hacer ante un estadio a reventar, fue obra de mi admirado Tuca.
    Luego de intentar una pared con Alberto García Aspe, Ferreti cayó derribado por Jesús Eduardo Córdova, casi en el vértice izquierdo del área grande. Entre los reclamos de los amarillos, el árbitro Eduardo Brizio los hizo echarse para atrás, mientras el portero Adrián Chávez pedía cinco hombres en la barrera. Cerca del balón, cuatro hombres de Pumas, pero sòlo dos de ellos tomaron impulso. Quien golpeó fue el primero, el número 7, Ricardo Ferreti, quien puso su disparo en el ángulo opuesto. Seis minutos con treinta y siete segundos en el reloj, Pumas sería campeón y el Tuca huiría con el silbatazo final a los vestidores para encerrarse y llorar —paradójicamente— la victoria.

El futbol y sus sueños tienen extraños escenarios: las baldosas de mármol de una embajada, el patio de una vecindad, los lodazales de las colonias populares y, a veces, los estadios en los que se juegan las ligas profesionales. El gol de aquella tarde hizo inmensamente feliz la última etapa de mi niñez, de la misma manera en que el batazo de Gibson marcó a decenas de miles en el Dodger Stadium, o de la misma forma en que una pelota de trapo puede adquirió una importancia vital en el cautiverio de cuatro meses que sostuvieron los muchachos del Tupac Amaru.
    La gente suele preguntarse si mientras duerme sus sueños se proyectan en color o en blanco y negro. El sueño que se hizo realidad con aquel gol, y que celebré brincando por la cocina de la casa, fue en blanco y negro. No tengo duda.

Éste es el gol: http://www.youtube.com/watch?v=TGUTMxCpQb8

Categorías:Papel de literatura

Capítulo I. Las primeras líneas

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Porque visto de cerca, nadie es normal

Las primeras líneas que escribí sobre Isabel fueron publicadas ya hace un tiempo en la desaparecida revista Arcana, un par de años antes de que las deudas obligaran a cerrarla y de que su director Alberto Begné pensara en probar suerte en la política partidista como presidente del partido Alternativa.
    En esos días acababa de pasar por una cirugía espantosa y sufrida que me sacó de la vida durante semanas en las que no podía estar de pie en lo absoluto. Me sentaba frente al ordenador y tecleaba cuanto podía en sesiones de diez o quince minutos; aquello me resultaba más útil y sencillo que escribir sobre la libreta en la que no podía regresar sobre mis palabras y en la que finalmente quedaban seis o siete variantes de la misma idea sin que pudiera concentrarme en otra cosa que corregir esa simple línea.
    Elena, que acababa de dejar su trabajo como reportera en Associated Press, pasó a a casa una noche para preguntarme cómo iba la herida, para saludar a mi madre —quien pese al divorcio la seguía adorando— y pedirle su autorización para llevarme a su departamento, prometiendo hacerse cargo de la curación matutina.
    Después de cepillarse los dientes y salir del baño en pijama y en una camiseta de resaque, fue al clóset para sacar una pequeña colchoneta y un par de sábanas, que acomodó a un lado para cederme la cama.
    De la última repisa del librero, sacó una libreta de tapas duras, cosida con hilo; de esos raros cuadernos que dejaron de hacerse hace mucho. Luego de pasar algunas hojas con el dedo, se subió a la cama, me empujó hacia un lado y se sentó a mi lado. Me pasó un vaso con agua, se aseguró de que me tomará la pastilla y me tocó la frente para ver si no había fiebre. Ahí comenzó a explicarme todo, deteniéndose de cuando en cuando a mirarme medio perdido en la historia.
    —Es un diario —me dijo al final, sabiendo que eso me ayudaría a entender todo lo demás—. Quiero que lo leas, que me digas qué piensas.
    Esa misma noche, entre preguntas y pequeños pedazos de conversación sobre nuestra vida, leí las primeras páginas, me familiaricé con ella, con Isabel. Me hallé con decenas de hojas largamente elaboradas, escritas en una manuscrita firme de principio a fin, que aprendió en aquel colegio de monjas donde, según Elena, ella misma estudió.
    En las solapas de aquella libreta aún seguían guardados diez, quizás doce post-its escritos, con ideas casi tomadas al vuelo, repentinas supongo, con una cantidad absurad de tintas y bolígrafos distintos. Ahí seguían sus recortes, párrafos enteros literalmente arrancados de aquí y de allá, de diarios y revistas, quizás un par de páginas completas, estratégicamente cortadas de algún libro. Justo en medio, en una página fechada en octubre, una fotografía en blanco y negro de Isabel desnuda, su cabello largo, sus ojos vivos y transparentes, sentada en el piso de su habitación, abrazada a sus piernas.
    Me llevó tiempo leerlo todo, mirarlo con cuidado y llegar a las páginas que Elena me dijo que la habían sacudido.
    De todo cuanto vivió y hay ahí, de todo cuanto ella decidió escribir y yo alcanzo a ver, me aventuro a pensar que ella lo vio como algo esencialmente hermoso y feliz.
    Después de todos estos años, con todo tan cambiado, temo que Isabel se haya convertido en una figura vaga en la que otros ya no puedan encontrar lo mismo que yo al leerla por primera vez y escribir aquel texto para Arcana. Ella era simplemento todo lo que yo no soy; poseía una facilidad impresionante para desolemnizar una vida que yo me he empeñado tanto en enfrentar desde los territorios de la desdicha y la conmiseración. En esa cualidad de obstinarse en su propio descrédito a pesar de saberse bonita y brillante, uno logra encontrar una ternura tan absolutamente fascinante que podía hacerla parecer desprovista de toda intención de provocar o de oponerse a forma alguna.
    No estoy seguro de que reconociera en algún momento algo que medianamente la hiciera dudar sobre sus decisiones; simplemente ella no encontraba faltas en los actos de la [su] vida, porque todo para ella era un acto de amor. Antes de comenzar cada día, solía colocar palabras que la definieran frente a lo que narraba. Solía quitarle valor a las cosas que parecían difíciles de decir, porque al desubicar su importancia se daba permiso de perderles respeto.
    Sé que para muchos la mitad de lo que he escrito e intentado explicar hasta este punto no tiene sentido, como un mal telegrama que deja palabras en el aire. En el fondo, para entender un poco a esta mujer, hay que ir a su encuentro y conocerla en sus propias palabras. Todo lo dejó en estas páginas. Quizá su último acto de amor para alguien. No lo sé.

Isabel, el sábado por la mañana
Nada malo podría ocurrir bajo un cielo como el de hoy y esta luna como un pan hecho de luz. No sé dónde lo leí, pero es enteramente cierto. Hoy, viajando en un taxi, vi por la ventanilla la luna más grande de mis años. Era quizás tres veces más grande que aquella luna grande, llena, que conozco desde siempre. Nada malo podría ocurrir, de veras, bajo un cielo como el de hoy.
    Son días de descanso; hoy vimos a papá, pero todavía no me acostumbro a esta media orfandad semanal. Mucho tiempo, pensar que mi papá muriera, me causaba ansiedad; era como pensar en que todo sobre lo que te sostenías se caía antes de que estuvieras preparada para nada en la vida. Ahora es como si esa situación se cumpliera a plazos.
    Nos vemos cada sábado. Lo esperamos en el estacionamiento de un Sanborns en San Pedro de los Pinos, siempre a las ocho y media. Luis sigue extrañándolo mucho. A mí sigue saludándome, abrazándome con cierta pena; pensará que soy la mujer y la que irremediablemente más sufre.
    Ha bajado de peso, pero dentro de todo eso yo lo miro más sereno; me han llamado la atención unos tenis viejitos que usa y que no ha cambiado en mucho tiempo. Acostumbramos a ir a desayunar, platicamos mucho; sabe todo de nosotros o al menos intenta estar al día. Si yo tengo ganas, vamos al cine; si no, vamos a caminar al centro, a mirar escaparates o a mirar los discos del Tower records, rentamos una película o jugamos a las cartas.
    Regresamos cuando comienza a anochecer. Esperamos el autobús, casi siempre vacío porque mientras otros van nosotros regresamos. En el camino, me pierdo mirando por la ventana. Al dar la vuelta en Alcanfores, le tomo la mano a Luis. Me dan ganas de llorar.

Principio de incertidumbre

A estas alturas yo aún sigo preguntándome por qué siempre me faltó ese coraje para mirar a los ojos a las chicas de las que me enamoré en estos años y decirles simplemente eso, que estaba hecho un lío con ellas. Rara vez cerré los ojos, me lancé al vacío y me aventuré por temor al fracaso. A veces simplemente quisiera volver un poco, intentarlo, pero no lo puedo evitar; sigo siendo el mismo, sigo mirando desde la ventana del octavo piso, pensando que alguna tarde bajaré a carrera hasta la calle, que el mundo se detendrá un momento y yo podré decirle todo eso que pensé decir alguna vez. Es posible que no pase nada, pero nada está escrito, quién sabe, tal vez….

Categorías:Textos derivados

Cristina

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“Tengo ganas de estar con vos, miro el paisaje por la ventana, miro mi cama vacía y lo único que quisiera en este momento es que estuvieras acá”, me escribió el 28 de agosto de aquel año en que la conocí. Cristina tenía la cualidad de hacerme sentir así, de decirme todo con diez palabras y no necesitar más; lo amé todo de ella, incluso cuando se ponía toda seria y me enfadaba, lanzándome a los brazos de las otras, diciéndome que mi vida estaba aquí y que la mujer de la que iba enamorarme estaba también aquí.
    Lo que esto dure, nos prometimos. Y duró tanto como dos años y decenas de días en los que ella buscaba algún locutorio a la salida del trabajo para llamarme y “encontrarnos” la noche del viernes. Al otro lado de la línea, cada uno tenía un mapa. Entre Buenos Aires y la Ciudad de México no parecía haber más de cuatro centímetros y si lo que dice Ismael Serrano de que “la ciudad parece un mundo cuando se ama a un habitante”, estar separados por 7,300 kilómetros es algo muy parecido a un imposible.
    Pero entonces yo tenía 25 años, y a esa edad que una chica inteligente de 36 años irrumpa en tu vida y encuentre que le gustas y decida amanecer contigo y conversar con los ojos cerrados durante once horas seguidas rompe tu idea del mundo; vaya, lo transforma.
    Mientras yo empezaba a escribir en México, ella iniciaba la etapa más convulsa de la Argentina moderna, la del cacerolazo que tiró a Fernando de la Rúa y la que arruinó los proyectos. La idea de correr uno a los brazos del otro se aplazó entonces, así que me quedé con las ganas de subir dos peldaños para ponerme a su altura y verle a los ojos que por la mañana eran verdes y por la tarde se hacían grises. Nos prodigamos cariño por teléfono y por DHL, libros música, cartas y fotografías; entre ellas, ésta, la de la Plaza de San Telmo, la del pulóver negro, la cartera sobre la mesa y el cigarrillo en la mano.
    Debe haber sido una a de las primeras frases que le dije cuando nos conocimos: que no fumara, que el cigarrillo la iba a matar un día. “Dejame en paz, así me conociste, no intentés cambiarme”, me recordó.
    Al final, los dos seguimos solteros, convencidos de que mi vida no es allá ni la suya en México. Un día viajaremos para acordarnos de cómo nos conocimos esa noche, de la canción de Fito Páez que dice “yo no buscaba nada y te vi”. Nos echaremos en la cama con los ojos cerrados, ella a la cabecera, yo a los pies, para recapitular y darnos cuenta que son las 7 de la mañana, que es hora de dormir, o mejor aún, de ir a buscar un lugar para desayunar.

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Metro Zócalo

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“Y además de ciego, sordo”, me dijo ella cuando el vendedor de discos piratas pasó a nuestro lado con la bocina a todo volumen. Con éste iban ya 11 vendedores entre la estación Nativitas y Zócalo, que fue el tramo en el que ella se puso a contarlos. Estaba fastidiada y tenía un poco de fiebre; así era cuando se llenaba de trabajo y me decía que saliéramos, que fuéramos a tomar café y a caminar. Se detenía en cualquier puesto que tuviera que ver con joyería, le encantaban las pequeñas arracadas y siempre que se probaba algún par nuevo me preguntaba cómo se le veían.
    Sentados uno junto al otro, muy cerca de la puerta, tomó mi muñeca y miró la palma de mi mano. Me preguntó otra vez a quién le había heredado tantas líneas, mientras trazaba una “M con su dedo índice en las más profundas. Forzó una sonrisa y se quedó mirándome con esa expresión con la que antes me había preguntado si no estaba aburrido de ella. 
    Le pedí que se casara conmigo.
    —¿Y para qué te quieres casar conmigo? —preguntó—. Nada más mírame; estoy hecha un desastre, llena de cosas. La mayoría de las veces no tengo tiempo ni para una comida decente.
    —¿Y cuánto tiempo llevamos así? —le pregunté mientras otro invidente anunciaba su entrada al vagón con una versión ruidosa de una canción absolutamente horrenda.
    —Desde que te conozco.
    —Bueno, ahí tienes. Yo lo único que quiero es el gusto de verte apurada, mojada y aterida por las mañanas, mirar las noticias mientras te vistes; encontrar a alguien en mi cama cuando vuelvo por la madrugada. Hacer las compras, que me enseñes a cocinar esa horrenda sopa de papa que haces. No sé, un beso de vez en cuando.
    —Todo eso ya lo tienes. ¿Para qué te quieres casar?
    El tren seguía detenido en la estación y era aún temprano. La tomé de la mano y salimos de ahí, caminamos por Madero, rumbo a Eje Central, pero al final nos sentamos en el pequeño patio entre la Torre Latinoamericana y el Templo de San Felipe.
    —¿En que se diferencian una mujer y un caballo? —solté de pronto mientras le quitaba una pestaña de la mejilla.
    —¡¿En qué?! —respondió con su cara de fingida indignación.
    —En la mirada noble e inteligente del caballo.
    —Eres un idiota.
    —…
    Sopló en mi dedo para hacer volar la pestaña y se sonrió.
    —¿Qué tal se me ven? —me preguntó por enésima vez mientras se recogía el cabello para mostrarme sus zarcillos.
    —Eso fue lo que me enamoró de ti.
    —¿Mis aretes?
    —No, eso que acabas de hacer. Hubo una noche en que llegué al consultorio de Roberto; yo era su último paciente y tú estabas ahí. O era muy tarde o estabas tan cansada que te recogiste el cabello y te lo sujetaste con un lápiz: una de esas habilidades raras que tienen ustedes las mujeres. Ver tu cuello así, tu cara; no séme pareciste frágil.

Me sentí intimidado de encontrarme con una chica en el lugar de Montse. La simple idea de que me pareciera guapa me hizo titubear. Hola, dijo, me llamo Elena y estoy cubriéndola por unos días. Le llamó la atención un libro que traía conmigo, un ejemplar de Días de furia, escrito por Galo Gómez poco antes de morir. Me preguntó a qué me dedicaba, qué hacía exactamente. Nunca me dejó devolverle una sola de las preguntas que me hacía. Por una casualidad supe que era hermana de Roberto y de Montse.
    Cuando salí del consultorio la vi tomándose el cabello, haciendo aquello del lápiz. Tan pronto me notó, se dibujó una tímida sonrisa y me preguntó la fecha de mi próxima cita.
    —Cuatro semanas.
    —Del lunes 19 al viernes 23.
    —El viernes 23.
    —Ok. ¿Tenemos tu número de teléfono?
    —Creo que sí, pero por si acaso —y le deslicé una tarjeta.
    —Oye —me dijo mientras miraba el libro en mi mano—. No quiero incomodarte, pero ¿podría invitarte un café más o menos pronto? Aunque no lo creas, yo conocí a Galo.
  —¿De veras? Pero por supuesto, yo encantado; es más, yo invito.
  Me acompañó a la puerta y la mantuvo abierta mientras salía.
  —Cuídate. Si no, van a tener que darte inyecciones.
  —Demasiado tarde —le respondí.

Nos echamos a caminar cuando empezaba a enfriar. Elena me pidió que regresáramos a La Vasconia, a comprar pan dulce. Antes de que envolvieran lo que llevábamos, tomó una concha de vainilla para írsela comiendo por la calle y metió su brazo bajo el mío cuando dimos el primer paso fuera de la panadería.
—¿Le contaste a alguien de tus intenciones?
—Sólo a mi mamá y a Sofía.
—¿Y qué piensan ellas?
—Dicen que sí, pero no saben si la novia quiera casarse.
—¿Me dejas pensarlo?

Manolo

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Éste es Manolo, les cuento a todos los que me conocen, pero no lo conocen a él. Esta foto suya debe tener unos 26 años y en ella su mamá (que es la mía) lo sostiene, mientras él se esfuerza por quedarse de pie y mostrar su mano menudita.
    Llegó a la vida de todos un 6 de marzo y tomó la casa, nuestras cosas y la atención de todos para él.
    Aprendió las cosas a su ritmo (nunca al nuestro). Caminó cuando creyó que mi mamá ya no le hacía falta y entonces se tomó de la mano de mi papá, con quien salía todas las mañanas para abrir la tiendita de la que vivíamos y sentarse al otro lado de la calle, junto a un eucalipto desde donde miraba pasar a la gente y los camiones repartidores, que en esos años eran lo único que recorría las calles de nuestra colonia.
    Nunca tuvo un juguete favorito, a no ser por un triciclo negro en el que se copiaba a mi papá cuando manejaba su Chevrolet 67. Siempre con los pantalones caídos, no le interesaba el futbol más que para detener las cascaritas que jugábamos en la barriada y tirar un penal por puro gusto. Lo suyo era arrear con una vara a una bandada de guajolotes de los vecinos y jalarle las orejas a los perros que todos creían poco amistosos, pero que a él se le cuadraban.
    A mi mamá le dijeron que Manolo había nacido con hipoxia, que su desarrollo sería más lento que el de los otros niños y que no sería como todos. Pero en cierto modo se equivocaron porque su vida sí fue la de todos, quizás con la única diferencia de que él tomó sus decisiones, de modo que un día consideró que era tiempo de agarrar los cubiertos y otro día se propuso ponerse los zapatos, así fuera en los pies equivocados.
    Sus gustos son pésimos pero ni modo. Dejarlo secuestrar la televisión significa poner buena cara a los maratones de El Chavo del Ocho, a las dobles funciones de Superman II y Más barato por docena o desarrollar un dudoso gusto por todas las películas de Capulina.
    Ella no quiere creerme que venimos en paquete, que pretender ganarse mi corazón pasa por enamorarse de mi hermano, que no hay mejor forma de reconocer a quien te quiere bien, porque quien lo llena de regalos y tonterías, indirectamente te llena el corazón a ti.
    Los otros no han faltado, los acólitos y las beatas acomedidas que deducen que la familia no se ha acercado a Dios y quieren meterse a tu casa a hacer oración. La gente que suele ver milagros en las casualidades o en los frutos de la constancia y la disciplina son por definición ciegos ante ciertas cosas. Como escribió Saint-Exupery, lo esencial es invisible para los ojos. Es un lugar común insistir en que las personas con cierta sensibilidad consideran que tener un bebé con síndrome de Dawn es una bendición. Sin embargo es así. Toda la vida ha sido así para nosotros aunque el problema de nuestro Manolo sea distinto.
    Él tiene apenas tres años menos que yo, pero en casa es el mismo que vemos en esta foto. Ya no necesita que lo tomen del brazo para no caerse, y ahora se ha empeñado en tener flores en la mesa junto a su cama, aunque deja claro que le gustan más las artificiales. Su vida es un milagro; sigue decidiendo a su ritmo y dando de qué hablar.
    No aprendió muchas palabras, pero supo las suficientes al menos para bautizar a un gato: Cucú.

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