Seis minutos, treinta y siete segundos…

El 22 de abril de 1997, Néstor Cerpa Cartolini y trece milicianos del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru, en Perú, fueron asesinados en la residencia del embajador de Japón en Lima, a la cual habían entrado por asalto 126 días antes, reteniendo a 72 personas. Un comando de elite del ejército peruano los sorprendió, desarmados, mientras jugaban, con una pelota de trapos, un partido de fulbito en la primera planta del edificio diplomático. La mayoría eran chicas y jóvenes de entre 17 y 22 años que fueron muertos con un tiro en la cabeza mientras levantaban las manos en señal de rendición.
En la última carta a su hijo de diez años, nueve días antes de recibir dos tiros en la mejilla y en la frente, Cerpa hablaba de la búsqueda de “una buena solución” a la crisis de rehenes, de la solidaridad como la mayor virtud de los hombres, pero también contaba que todos los días ahí dentro eran iguales, que habían improvisado una canchita de fulbito “y tu papá —decía— está recordando sus buenos tiempos, como cuando lo hacía con ustedes”.
No es fácil mirar algún rasgo de belleza tras de esto. Se trata de una tragedia de la era CNN, atestiguada en tiempo real, que Alberto Fujimori defendió como un ejemplo al mundo. Desde hace diez años guardo entre mis recuerdos aquella nota fechada en Madrid, un 14 de mayo, y publicada en la primera plana de la sección Internacional de un diario de la capital; no es broma, yo aún me pregunto si alguien guardó y se quedó con aquella pelota de trapos.
Pasa que chutar un balón es una actividad mísera y el fan del futbol, un idiota; el intelectualoide finge no entusiasmarse ante ello, se apresura a decir que no vio el juego de anoche o a pronunciar mal los nombres de las escuadras para convencer a sus iguales de que pasó esos 90 minutos leyendo a Bioy Casares o escrutando el diccionario para encontrar faltas de ortografía. Ese hombre en busca de respeto es un embustero o evidencia su pobreza, porque como dice Juan Villoro, ver y jugar al futbol es algo imposible sin imaginación.
Una de las primeras notas que cubrí cuando comencé mi carrera como periodista fue un juego de futbol en el estadio Jesús Martínez Palillo de la Ciudad Deportiva. Jugaba un combinado de ex futbolistas profesionales contra una selección del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Del lado de los profesionales recuerdo a Raúl Servín, Luis Flores, Agustín Manzo, Abraham Nava, Félix Cruz, Demetrio Madero, Sergio Violante, Rafael Amador y Javier Aguirre, quien años depués se convirtió en director técnico de la selección nacional. En el otro bando, sólo sus nombres de la clandestinidad: Neftali, Cornelio, Ignacio… Muchos aseguraban que el rápido y habilidoso extremo izquierdo, con el 7 en los dorsales, era Marcos, pero nadie pudo probarlo y nadie de quienes lo entrevistaron después, se lo preguntó. No hubo quien no advirtiera la hazaña; pese al 5-3 adverso, el EZLN había metido a la tribuna más aficionados que los que el Necaxa llevaba entonces a las gradas del Estadio Azteca.
No sé si acumular campeonatos sea tan importante como, los momentos que contruyen un solo gran triunfo. De la Serie Mundial de 1988 apenas puedo recordar el final del primer partido. Kirk Gibson apenas podía caminar cuando el manager de los Dodgers, Tom Lasorda, lo envió como bateador emergente en la parte baja del noveno inning. Los Atléticos de Oakland ganaban 4-3. El lanzador relevista había retirado ya a los dos primeros hombres y dio base por bolas a un tercer bateador que en un momento de fortuna había logrado robarse la segunda base.
Fue ahí cuando vino Gibson. Sin apoyo en la pierna derecha, prolongó el drama al máximo, sacó cinco batazos de faul para poner la cuenta en tres bolas y dos strikes. Entonces sucedió. Gibson prendió una pelota que se elevó y sólo bajó hasta que había pasado la barda del jardín derecho, convirtendo en un maniconio el Dodger Stadium, que lo vitoreaba mientras, cojeando, recorría las bases…
El sueño del gran triunfo ha sido siempre el anhelo de muchos niños como yo. Pequeñito de estatura, afectado por los inicios de una fiebre reumática, muy poco hábil y muy poco veloz. Fui aficionado incondicional de los Pumas de la Universidad. Nunca tuve una camiseta de mi equipo y visité apenas unas cuantas veces el estadio de la Ciudad Universitaria. Muchos éramos Pumas antes de que Joaquín López Dóriga, Carlos Slim, Arturo Elías Ayub o German Dehesa aparecieran abrazados con el rector de la UNAM en el palco de honor del México 68; antes de que ser líder o amigo del líder de una porra fuera negocio, y aun antes de que los comentaristas de Televisa, tan repudiados por la comunidad estudiantil, se hicieran cargo de las crónicas de los partidos.
Vi las grandes derrotas de mi equipo. La noche del 28 de mayo de 1985, en el estadio Corregidora, de Querétaro, el árbitro Joaquín Urrea le entregó al América la victoria en la primera final que los Pumas perdieron en esa década. El 3 de julio de 1988, otra vez frente a frente, fue el portero Adolfo Ríos quien se quitó del camino para dejar entrar los tiros de los azulcremas. Al final, cuando tienes diez o doce años, sólo te queda aventurar; te ves en la cancha vestido de azul y oro, recortando a un par de defensas y poniendo un tiro raso en el rincón. Lo recreas en tu cabeza y sales a la calle a intentarlo en un cinco contra cinco con los amigos del barrio.
Debo confesar que en mis años de niñez sólo hubo un héroe de no ficción. Eterno en el equipo de la Universidad Nacional, Ricardo Tuca Ferreti fue ídolo de unos pocos de nosotros antes de construir con un solo gol histórico, indeleble una hermosa locura colectiva y desaparecer en los vestidores para siempre como jugador. Flacucho, siempre con la camiseta de fuera y las medias caídas, Tuca hizo el único gol en la noche triste del Corregidora y se quedó a una anotación de ser campeón de goleo en la temporada 83-84, cuando Norberto Outes, del Necaxa llegó a la última fecha con tres de ventaja. Con los Coyotes del Neza enfrente, esa tarde Pumas jugó para Ferreti; cada balón que pasaba por los pies de Manuel Negrete y Luis Flores iba de inmediato a los del brasileño, quien anotó, efectivamente, en tres ocasiones. Desgraciadamente una fue en su propia meta…
Indeleble, decía antes. Esa es una palabra que jamás podrán alcanzar los campeonatos exprés ganados la Sociedad Anónima que se coronó dos veces seguidas, en 2004, de la mano de Hugo Sánchez.
El último gran momento de futbol que vi como aficionado del equipo de la UNAM, sucedió el sábado 22 de junio de 1991, dos días después de que cumplía los 16 años. Era el partido de vuelta de la tercera final entre Pumas y América en sólo cinco años. El equipo de Coapa había ganado 3-2 el primer capítulo y éste simplemente había que ganarlo… De aquel juego queda la agonía, el remate final de Naranjo que Jorge Campos detuvo en la línea de gol, segundos antes del silbatazo final; el suspenso llevado hasta el último segundo en la crónica de Raúl Orvañanos, Carlos Albert, Francisco Javier González, José Ramón Fernández, Toño Moreno y Alberto Fabris, el equipo de la entonces televisora del Estado, Imevisión.
Vi esa final en un viejo televisor Philco, blanco y negro, completamente solo en casa. Sufrí indeciblemente cada avance del América y cada oportunidad desperdiciada por los auriazules. La jugada que no llegó jamás en los años anteriores y que alguna vez imaginé, como niño, hacer ante un estadio a reventar, fue obra de mi admirado Tuca.
Luego de intentar una pared con Alberto García Aspe, Ferreti cayó derribado por Jesús Eduardo Córdova, casi en el vértice izquierdo del área grande. Entre los reclamos de los amarillos, el árbitro Eduardo Brizio los hizo echarse para atrás, mientras el portero Adrián Chávez pedía cinco hombres en la barrera. Cerca del balón, cuatro hombres de Pumas, pero sòlo dos de ellos tomaron impulso. Quien golpeó fue el primero, el número 7, Ricardo Ferreti, quien puso su disparo en el ángulo opuesto. Seis minutos con treinta y siete segundos en el reloj, Pumas sería campeón y el Tuca huiría con el silbatazo final a los vestidores para encerrarse y llorar —paradójicamente— la victoria.
El futbol y sus sueños tienen extraños escenarios: las baldosas de mármol de una embajada, el patio de una vecindad, los lodazales de las colonias populares y, a veces, los estadios en los que se juegan las ligas profesionales. El gol de aquella tarde hizo inmensamente feliz la última etapa de mi niñez, de la misma manera en que el batazo de Gibson marcó a decenas de miles en el Dodger Stadium, o de la misma forma en que una pelota de trapo puede adquirió una importancia vital en el cautiverio de cuatro meses que sostuvieron los muchachos del Tupac Amaru.
La gente suele preguntarse si mientras duerme sus sueños se proyectan en color o en blanco y negro. El sueño que se hizo realidad con aquel gol, y que celebré brincando por la cocina de la casa, fue en blanco y negro. No tengo duda.
Éste es el gol: http://www.youtube.com/watch?v=TGUTMxCpQb8




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