Manolo

Éste es Manolo, les cuento a todos los que me conocen, pero no lo conocen a él. Esta foto suya debe tener unos 26 años y en ella su mamá (que es la mía) lo sostiene, mientras él se esfuerza por quedarse de pie y mostrar su mano menudita.
Llegó a la vida de todos un 6 de marzo y tomó la casa, nuestras cosas y la atención de todos para él.
Aprendió las cosas a su ritmo (nunca al nuestro). Caminó cuando creyó que mi mamá ya no le hacía falta y entonces se tomó de la mano de mi papá, con quien salía todas las mañanas para abrir la tiendita de la que vivíamos y sentarse al otro lado de la calle, junto a un eucalipto desde donde miraba pasar a la gente y los camiones repartidores, que en esos años eran lo único que recorría las calles de nuestra colonia.
Nunca tuvo un juguete favorito, a no ser por un triciclo negro en el que se copiaba a mi papá cuando manejaba su Chevrolet 67. Siempre con los pantalones caídos, no le interesaba el futbol más que para detener las cascaritas que jugábamos en la barriada y tirar un penal por puro gusto. Lo suyo era arrear con una vara a una bandada de guajolotes de los vecinos y jalarle las orejas a los perros que todos creían poco amistosos, pero que a él se le cuadraban.
A mi mamá le dijeron que Manolo había nacido con hipoxia, que su desarrollo sería más lento que el de los otros niños y que no sería como todos. Pero en cierto modo se equivocaron porque su vida sí fue la de todos, quizás con la única diferencia de que él tomó sus decisiones, de modo que un día consideró que era tiempo de agarrar los cubiertos y otro día se propuso ponerse los zapatos, así fuera en los pies equivocados.
Sus gustos son pésimos pero ni modo. Dejarlo secuestrar la televisión significa poner buena cara a los maratones de El Chavo del Ocho, a las dobles funciones de Superman II y Más barato por docena o desarrollar un dudoso gusto por todas las películas de Capulina.
Ella no quiere creerme que venimos en paquete, que pretender ganarse mi corazón pasa por enamorarse de mi hermano, que no hay mejor forma de reconocer a quien te quiere bien, porque quien lo llena de regalos y tonterías, indirectamente te llena el corazón a ti.
Los otros no han faltado, los acólitos y las beatas acomedidas que deducen que la familia no se ha acercado a Dios y quieren meterse a tu casa a hacer oración. La gente que suele ver milagros en las casualidades o en los frutos de la constancia y la disciplina son por definición ciegos ante ciertas cosas. Como escribió Saint-Exupery, lo esencial es invisible para los ojos. Es un lugar común insistir en que las personas con cierta sensibilidad consideran que tener un bebé con síndrome de Dawn es una bendición. Sin embargo es así. Toda la vida ha sido así para nosotros aunque el problema de nuestro Manolo sea distinto.
Él tiene apenas tres años menos que yo, pero en casa es el mismo que vemos en esta foto. Ya no necesita que lo tomen del brazo para no caerse, y ahora se ha empeñado en tener flores en la mesa junto a su cama, aunque deja claro que le gustan más las artificiales. Su vida es un milagro; sigue decidiendo a su ritmo y dando de qué hablar.
No aprendió muchas palabras, pero supo las suficientes al menos para bautizar a un gato: Cucú.
Qué buena manera de describir a Manolo y el mundo que comparten. Siento envidia de tu manera de poder plasmar estas palabras.
Un saludo!