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Archivo para Agosto 2007

Capítulo XVII. Vuelo con escalas

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El primer viaje que hice a la busca de las personas que conocieron a Isabel, fue el que implicaba considerablemente el mayor esfuerzo. Salí de la Ciudad de México durante la noche del 30 de agosto, en un vuelo de LAN, en pleno invierno austral, con una parada obligatoria en Santiago.
    Iniciamos el descenso a Buenos Aires alrededor de las 3:50 de la tarde. Me había propuesto dormir casi todo el viaje como una forma de vencer a medias mi terror a las alturas, así que minutos antes de que el avión tomara pista me metí dos cápsulas de Yunir con media botella de agua, me puse los audífonos y cerré los ojos. Irremediablemente el sol nos alcanzó en algún extraño y deshabitado lugar de la geografía, donde mi curiosidad pudo tanto como mi miedo, de modo que miré por algunos minutos por la ventanilla hasta que el vértigo comenzó a ponerme inquieto.
Sirvieron el desayuno a las 6:50 hora de México, lo cual me daba media hora más de distracción para pensar en la horrible muerte que me esperaría si algo fallaba allá arriba.
    Tomé un poco de jugo de naranja, café con leche y algo de pan dulce. Caminé un par de veces por el pasillo para desperezar mis piernas, fui a los servicios, me lavé e intenté mejorar el aspecto terrible que me devolvía el espejo. Pero al regresar a mi asiento me di cuenta de que los viajes largos le hacen eso a cualquiera, que el grupito que por la noche no paraba de joder, a esa hora parecía sufrir los estragos de una madrugada sin sueño, así que cambié las pilas del reproductor de música y busqué las páginas del diario donde Isabel hablaba de la visita a su abuela en Bragado.
    De Santiago a Argentina, me atreví a desabrocharme el cinturón de seguridad para hacer desde la ventanilla algunas fotos sobre los Andes, antes de entrar en un cielo completamente arropado de nubes que se cerraban bajo el avión. Hermoso y terrible. Volábamos en medio de un banco de nubes, cuando el piloto anunció que iniciaríamos el descenso. Estábamos en medio de la nada, sólo nubes blancas y grises para ambos lados, envolviéndonos por completo; ni la ciudad, ni las luces, ni el suelo. La turbulencia que nos había acompañado todo el viaje, se mantuvo hasta que por fin comenzamos a inclinarnos sobre el ala izquierda y yo me aferraba a los descansabrazos, sintiendo que nos desplomábamos. Apenas tocamos la pista, entendí por qué el Papa siempre besaba el suelo cuando bajaba de cada uno de los vuelos que hacía; debía tenerle un miedo atroz a esta experiencia de despegar y aterrizar cada tercer día, porque Dios cuida, pero no fabrica los aviones.
    Buenos Aires me recibió con una llovizna fina, pero pertinaz y fría, poca gente en las calles, mientras los cafés y los bares se llenaban de clientela. Arreglé todo desde México; me quedé en un hostel del barrio de Congreso, a cinco cuadras del Metro, en el 2233 de la Avenida México, una vieja casona restaurada de fachada rosada con farolas de herrería a la entrada y una larga puerta de madera con gruesas cintas de vidrio.
    Una pareja muy joven estaba tras el mostrador, Pável y Ana. Me presenté con ellos y de inmediato supieron que era yo quien había llamado días antes para hacerles un montón de preguntas.
    —¿Qué tal el vuelo? —preguntó ella, a quien de inmediato se le notaba un embarazo de pocos meses.
    —Terrible, pero gracias. Felicidades —dije, señalándole la panza y llenando el registro—, ¿varón o nena?
    —Ay. Gracias. Y todavía no sabemos; falta un poco.
    Le devolví la ficha y ella tecleó en la computadora los datos. Pagué con la tarjeta y le pregunté dónde podía cambiar unos dólares. De inmediato se ofreció a cambiarme cien y me dijo que a la mañana siguiente podría hacerlo casi en cualquier lado, en el centro.
    —Ahora, si como vos me contaste, estás pensando ir a Bragado, nomás bajá mañana y aquí en la PC lo tengo todo. Te puedo dar la data completa por impreso. Por cierto, no ha parado la lluvia, pero si querés puedo prestarte un paraguas para que salgas a comer o a cenar.
    —No te preocupes, en todo caso será para la cena. Ahora sólo quiero una ducha y una cama.
    Pero la ducha debió esperar. Al entrar en la habitación me descalcé y me quité la chaqueta. Prendí el televisor y caminé al baño. A los dos minutos estaba de regreso, me tumbé en la cama y dormí profundamente hasta las 10:30 de la noche.
    Cuando por fin decidí salir, ya había escampado. Caminé algunas cuadras con menos autos en las calles y con más gente paseando por las aceras. Al llegar al segundo semáforo encontré un pequeño restaurante, rústico, de ladrillos ahumados, pero sumamente cálido para el frío que hacía fuera. Pedí una ensalada de pollo y lechuga, una cerveza y un cortado; comí en silencio, a solas, alumbrado por la debil luz de un quinqué y la pantalla de una televisión encendida tras la barra.
    Pensaba en que Buenos Aires había sido el destino de toda mi vida: el viaje que planeamos los amigos al graduarnos de la universidad, la escapada que nos habíamos prometido Elena y yo después de casarnos, las vacaciones que me prometí con Adriana cuando cumpliéramos nuestro primer año en el trabajo… Regresé a la habitación alrededor de la media noche y telefoneé a casa; con la diferencia de horas me encontré a Sofía perfectamente despierta y a mi madre haciéndose ideas sobre por qué no había llamado en todo ese tiempo.
    Dormí muy poco en mi primera noche. Mi cansancio era menos que al llegar; eso y el que nunca había podido estar tranquilo en otro sitio que no fuera mi propia cama, me tuvo despierto desde las 4:00 am. Estuve haciendo zapping hasta que en la pantalla se puso en negro y comenzaron a pasar Alta sociedad, con Grace Kelly y Frank Sinatra. Supe que era hora de levantarme cuando hicieron el corte de estación y empezó el himno nacional.
    En cuestión de minutos me duché, vestí y abrigué bien para salir. Recogí en la recepción la información que Ana me había dejado, me colgué el bolso al hombro y comencé a leer sus indicaciones mientras caminaba.
    Tomé un asiento en la última fila del minibús a Santa Rosa, mientras trataba de lidiar con el tipo de cambio y hacía cuentas para darme idea en dólares de los 23 pesos del viaje. Abandonamos la ciudad por el poniente; mientras algunos se acomodaban para dormir durante el trayecto, yo desempañaba la ventanilla, me colocaba los audífonos y me las arreglaba con un vaso de café y un bizcocho. Adelante, kilómetros y kilómetros de ciudad. Ana me había escrito en el mapa una breve anotación con bolígrafo: “Kilómetro 50: No dejes de ver la Basílica de Nuestra Sra. de Luján, la patrona de Argentina”.  Pero a diferencia del vuelo, éste era un viaje sin paradas, así que me dediqué sólo a mirar los extensos campos de soya y las vacas que, decía ella, iba a encontrar lo largo del tramo.
    Amo los lugares comunes; el tiempo húmedo y la neblina que empezaba a bajar me hicieron buscar una tonada de tres minutos de piano y bandoneón que contaba un paso por Buenos Aires. Pueblos y ciudades pequeñas, doscientos diez kilómetros de ruta y tres horas y media después, las conversaciones a bordo del bus se habían agotado, los dormidos habían despertado y a los otros no nos había quedado más remedio que acomodar la cabeza entre el asiento y la ventanilla y abandonarnos al rumor del motor y el piso mojado en el que nos movíamos.
    Casi a las once de la mañana entramos a la terminal, un edificio de la época de la dictadura, levantado a cinco cuadras de la plaza principal, hecho de concreto, hierro y cristal. El viento frío en la cara me despejó por completo; hacía una mañana pálida, de un sol tímido. El lugar parecía vivo, gente en las boleterías comprando algún pasaje, mientras sus acompañantes esperaban sentados en el pequeño bar-café, al que me acerqué a comprar una botellita de ginger ale.
Salí a la galería, donde un par de autos de alquiler esperaban cliente, bajé los cinco o seis escalones y abordé uno. Pedí ir a Pelllegrini 645. 

Isabel en la madre patria (o la patria de mi madre)
Es tan difícil a veces decir las cosas… se queda una corta por no encontrar una palabra justa… Siempre pensé que era una locura aquello que decía Luis, acerca de que alguien debería inventar signos que pudieran ponerse junto a las palabras para hacerle sentir a quien te lee exactamente tu estado de ánimo; es decir, una especie de código que fuera entendido por todos y que le dijera a los demás cómo estás… Pasa así, que un día te das cuenta de que has visto mucha televisión y no tienes cosas para decir.
    Hoy llueve. Como dicen muchos, es una de esas tardes en que te pegas un tiro… Mi abuela es una gorda hermosa de Bragado. La vemos bien poco, estamos demasiado lejos y a ella le da más por visitarnos que nosotros por ir a verla. Diciéndolo de ese modo, pereciera que cada cuanto no vemos, pero no; en realidad nos vemos bien poquito.
    El caso es que alguna vez nos quedamos sin luz, en medio de la tarde y de la llovizna. Yo no paraba; estar sin luz me ponía insoportablemente aburrida, buscando un algo para hacer en una casa donde no hay electricidad. Creo que ya estaba por los 12 años. Nati me miraba, yo me acerqué a abrazarla porque siempre me pareció eso: una gorda hermosa que me entendía re bien, incluso más que mi mamá. Luego me quedaba sentada recargada en sus piernas. “Sos loquita peligrosa”, me decía la abue. “¿Por qué vos no te quedas tranquilita y mirás?” Me dijo de la nostalgia de los días así y yo le respondía que sí, que daba tristeza. “¿Pero vos hablás de tristeza?”, me preguntó y entonces eché la cabeza para atrás para mirarla aunque fuera de cabeza. “¿A vos lo lindo te parece alegre o triste? Yo digo nostalgia: cuando te acordás de un montón de cosas y de gente que está lejos, como yo lo hago con vos y Luisito. ¿Te das cuenta, princesa?, la nostalgia es así, ni es alegre ni triste; simplemente sentís que todo está bien y llorás por eso, porque está bien . Dejas que por un momento la vida se detenga; no hay afanes, no hay lugares a los cuales puedas llegar tarde…”
    Hoy es una de esas tardes en que me recuerdo de la abuela, me conmueve de algún modo, y me acuerdo de la prisa que tenía en aquel entonces, aunque no iba a ningún lado, y entonces pienso que debí quedarme más tiempo mirando los relámpagos y luego contando hasta que el sonido del trueno llegaba para saber si venía más lluvia o estaba por irse, como ella nos enseñó cuando éramos más pequeños. Al final, siempre pienso que fue de ella de quien más heredé, mucho más que estos ojos tan raros. A ambas nos pasa que cuando nos vemos y platicamos, juramos que mucho de eso ya lo habíamos vivido Hoy mamá y yo nos tomamos tiempo para hacer velas aromáticas para la abuela que le vamos a mandar.
    ¿Con qué signo se acompañará un texto que habla de la abuela?

Capítulo XIII. La k antes de la c

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Quién sabe por qué se lo pregunté. Quizá fue porque en realidad la mujer me gustó mucho y deseaba saber si había mucha diferencia entre nosotros.
    —¿Cuántos años tienes?
    —Veinticinco, casi veintiséis… ¿Por qué?
    —Pareces como de 28.
    Y era cierto. La chica se esforzaba en parecer mayor, en ser tomada en serio; forzaba las discusiones para mostrar que sus compañeras eran más tontas, acaso más inexpertas que ella. No combinaba su ropa como las otras muchachas, más bien la coordinaba; tenía ese estilo tipo de agente del FBI de película gringa, de modo que su vestuario rara vez salía de los sacos y pantalones de colores oscuros con blusas siempre blancas, desabotonadas, que le dejaban a uno ver el tirante, el broche del sostén o la piel de su vientre plano. Usaba unos anteojos de armazón grueso que no necesitaba y era tan delgada que en una primera impresión pensé que era anoréxica.

A Adriana y a mí nos había invitado el departamento de Comunicación, junto con otros tres compañeros para dar una plática sobre periodismo de investigación. Ella y yo nos conocíamos de mucho tiempo atrás; empezamos juntos, Adriana como reportera en el PAN y yo como redactor de la sección Internacional, con la peculiaridad de que ella se distinguía por ser especialmente guapa, femenina, buena periodista y una cabrona para usar todo eso junto. Alguna vez, cuando cubría la fuente de Presidencia, la bajaron del avión por arinconar a la primera dama con preguntas sobre los negocios que su hermano hacía al amparo de la protección de la casa presidencial, pero su golpe más reciente había sido hacer hablar a un grupo de muchachos y a sus familias sobre los abusos cometidos por los sacerdotes de un colegio católico en el Bajío.
    Esa mañana nos robó la atención a todos. Al terminar la plática se vio rodeada por los muchachos, así que no tuvo más remedio que quedarse un poco más a conversar con ellos en el pasillo, cuando apenas bajaba de la mesa desde la que habíamos hablado. Como yo dependía de ella para salir de ahí y regresar a la oficina, fui a sentarme a una de las butacas de la segunda fila desde donde miraba cómo se vaciaba de a poco el pequeño auditorio.
    —Juan Carlos, ¿verdad?
    Mi reacción fue ridícula, volteé buscando la voz que me llamaba, pero me encontré de frente con su vientre pálido, asomando bajo la blusa corta, con un piercing en el ombligo que me hizo quedarme ahí por un breve momento.
    —Acá arriba —dijo llamando mi atención moviendo los dedos a la altura de su cabeza, divertida de haber ocasionado mi desconcierto— ¿Me puedo sentar?
    —Claro —le dije, señalando la butaca con la mano.
    Se presentó conmigo. Erikca Romero; “así, con la k antes que la c“. Estaba en el octavo semestre de la carrera, vivía en la Guadalupe Inn y quería saber si podía invitarme a una clase; estaba haciendo su servicio social como profesora adjunta y ella tenía al grupo bajo su responsabilidad los jueves de 9:00 a 11:00.
    Le di mi tarjeta y le propuse que me telefoneara al inicio de la siguiente semana. No aguanté las ganas de preguntarle:
    —¿Cuántos años tienes?
    —Veinticinco, casi veintiséis… ¿Por qué?

Frenamos a diez centímetros de la defensa de un Corsa que cambió de carril repentinamente. Adriana hundió la palma de la mano en el claxon y mentó madres contra el conductor. Unas cuadras más adelante, en el semáforo, nos pusimos a su lado; se trataba de una señora cincuentona, con dos líneas dibujadas casi en la frente y que supongo que eran sus cejas. Dijard le dedicó una mirada asesina y luego, cuando se puso el verde, le dedicó una despedida, mostrándole el dedo anular.
    —¿Le vas a llamar? —me preguntó mientras dábamos vuelta a la izquierda.
    —¿A quién?
    —No te hagas el inocente. Te vi.
    —No, no le voy a llamar. Para que lo sepas, no le pedí su teléfono.
    Volvimos a frenar.
    —Mira, tú sabes que soy una mujer celosa, que yo te quisiera sólo para mí, pero tienes que abrirte a las opciones. No estoy diciendo que te enamores, sólo te estoy sugiriendo que salgas con otras chicas. Habemos mujeres únicas, pero no somos las únicas, ¿sabes? Yo estoy encantada de haberte recuperado, de que salgamos otra vez, pero ahorita no es lo que más te conviene… —bostecé queriendo mostrarme fastidiado de esa conversación— Bueno —terminó—, esperemos que esa muchacha consiga tu número y te llame.
    —Pues tú estabas muy bien atendida —contraataqué—. Debiste ponerte algo más abrigador. Con esa blusa un poquito más y agarras una tos como la del general Grievous. Me imagino que varios te salieron con que querían que les ayudaras con sus tareas, ¿consiguieron sacarte tu número?
    —Qué te importa, envidioso. Además, no son mi target. Ustedes los hombres tardan mucho en madurar y mis necesidades emocionales a estas alturas son otras; qué sé yo, alguien que me ayude a escoger el color de la cocina, que riegue mis plantas cuando no estoy en la casa, que no tenga que regresar a dormir a casa de sus papás.
    —Tú sólo dame dos años. Así hago terapia, maduro, y al final me convierto en esa cosa que dices: un esposo de compras en el súper cada quincena, sexo los viernes, cine dos veces al mes, Navidad en mi casa, Año Nuevo con tus papás, ir a fiestas de quince años y bodas de familiares ignorados para robarnos los saleros como recuerdo…
    —Bueno, si eso pasa qué bueno, pero tú por lo pronto, necesitas salir, y no sólo conmigo.

Acordé de verme con Erikca a las ocho y cuarto de la mañana. Quedó de pasar por mí y ahí estuvo puntual, con la punta de los cabellos aún húmeda, metida en un Astra color plata, vestida con pantalón de mezclilla negra y una blusa blanca con un estampado de anillos de diamantes. Tenía sintonizado el noticiario de Carmen Aristegui.
    —Si quieres oír otra cosa, puedes cambiarle, ¿eh? También traigo algo de música; hay varios compactos ahí en la guantera.
    —No te preocupes. Hace mucho que no oía las noticias por la mañana.
    —Te desmañané, ¿verdad?
    —No mucho. Despierto un poco más tarde de lo que lo hice hoy, pero no pasa nada.
    Estuvimos a tiempo. En la entrada me di cuenta de algo que para otros hubiera sido evidente desde la primera vez. Nadie llegaba caminando y nadie traía un coche de menos de dos años; pocos sabían de viajar en el Metro y ahí me di cuenta de porque no había conocido reporteros de escuelas como esa.
    Hay que reconocerlo. Tenía aplomo, era desenfadada y lo que le faltaba de experiencia lo suplía con cierto ingenio. Inició la clase conversando con sus alumnos, les habló de mí, les recordó que había estado en la plática de unos días atrás e hizo las primeras preguntas, para que ellos continuaran o dieran su opinión. La mayoría del tiempo se mantenía recargada en la pared o caminaba a sentarse en el escritorio.
    —Por hoy yo ya terminé aquí —dijo cuando salíamos—. Vengo hasta el lunes, que tengo tres clases, de modo que si no te molesta que una mujer te agradezca por las cosas que haces, te invito a desayunar. ¿O tienes prisa?
    —Hoy puedo llegar pasado el mediodía; es día de cierre y va para largo.
    —Ok, vente pues.
    Condujo durante varios minutos por el Periférico hasta que tomó la salida a la altura del Palacio Municipal de Naucalpan. Estacionó unas calles atrás, en un fraccionamiento de clase media, frente a un pequeño local, al lado de una farmacia: Tamales Imperio. Ahí me di cuenta que no, definitivamente no era anoréxica; pedimos un par de vasos de atole de chocolate y tres tamales para cada quien.
    —El miércoles es mi cumpleaños y pienso hacer una reunión, algo pequeño, pastel y velitas. ¿Te gustaría venir?
    —Me gustaría, pero los miércoles son complicados para mí; ese día empieza el trabajo más intenso de la semana. Pero te puedo llamar para decir ‘feliz cumpleaños’.
    —Ok. Eso me gustaría.

Por alguna extraña razón recordé la fecha, así que el miércoles al llegar a la oficina me quité el saco y fui al escritorio de Misael, nuestra secretaria en la redacción de la revista.
    —Misa, ¿podrías hacerme un enorme favor?
    —Dime.
    —¿Serías tan maravillosa para enviar unas flores en mi nombre a esta dirección? —le tendí un post it con los datos y le pedí que escribiera simplemente “Pareces de 28. Feliz día” en la tarjeta.
    Sin novedad, hundí la cabeza durante dos días en el trabajo, escribiendo, corrigiendo y discutiendo. Comenzamos a despedirnos cuando ya era viernes por la madrugada; veinte minutos antes de las cuatro telefoneé para pedir un taxi y bajé a la recepción a esperarlo.
    —Ya lo está esperando su coche —me dijo el guardia de la entrada tan pronto salí del elevador. Me acerqué a la puerta de cristal de la entrada y vi el auto enfrente, parecía el Astra de Erikca, así que salí y me acerqué a la ventanilla del conductor.
    —Su taxi, señor —dijo ella mientras sonreía y adentro sonaba La Oreja De Van Gogh.

Capítulo III. El portarretrato

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Todavía un poco encorvado, con menos dificultad, subimos hasta el departamento. Sofía le había telefoneado la tarde anterior para decirle que quería[mos] verla, que pensábamos llevar comida japonesa, que ella necesitaba pedirle consejo de mujeres y que yo me había atorado con el reportaje, que ocupaba de su consejo profesional, sobre todo porque ella había conocido el asunto de Isabel antes que yo. Le explicó que llegaríamos en taxi y le recomendó que estuviera pendiente de la ventana para que bajara a abrirnos.
    A las tres y media, Elena estaba esperándonos, bella, como vestida para salir, en un pantalón sastre azul marino, un sueter rojo, una blusa azul claro desfajada y sin zapatos, la única característica que quería decir que no tenía intención de pisar la calle en todo el día. Nos quitó las bolsas con la comida y nos pidió que nos adelantáramos; había que cerrar la puerta del edificio con llave.
    Tres escalones antes de entrar al departamento empezamos a oír la música que venía del estéreo: “Aquellas pequeñas cosas”, de Joan Manuel Serrat. Entró resoplando, empujó la puerta con el pie y puso las bolsas en la mesa.
    Sofía, que ya estaba instalada en el sillón fue de inmediato a una cajonera cerca de la puerta y tomó de arriba un portarretrato de marco dorado que había reconocido de inmediato. Era la primera página de uno de los libritos de Mafalda, con una dedicatoria “a los lectores caídos en el cumplimiento del deber”.
    —Éste me lo tienes que regalar un día —le dijo a Elena.
    —Tienes el librito en la casa, ¿para qué lo quieres? —me entrometí.
    —Pero no es lo mismo, lo de enmarcarlo fue idea de Elena, eso le da su valor propio.

Comimos mientras hablábamos de mi proyecto de tomar clases de cocina y de cómo lo único que hacía mientras estaba casado con Elena era llevarla a desayunar al Toks y cuidar de vez en cuando un pozillo con leche para que no se derramara en la estufa. Ellas con una coca cola al lado, yo con un vaso de agua simple purificada pasamos a hablar del reportaje sobre la chica del diario; Elena quería saber qué era lo que me estaba atorando y entonces Sofía interrumpió. Fue por su mochila y sacó una bolsa del Sanborns por el que habíamos pasado antes de llegar al departamento.
    —Te trajimos un regalo —le anunció y se la puso en la mano.
    Elena se limpió las manos en la servilleta que tenía sobre las piernas, le quitó la grapa metálica a la bolsa y descubrió dentro el número mensual de Arcana.
    —Página treinta y tres —le indicó Sofía.
    Apenas se dio cuenta, hojeó con la curiosidad de saber cuánto despliegue le habían dado.
    —Seis páginas —me adelanté a decirle.
    No fingió; su sorpresa se hizo una mueca de alegría que quiso ocultar con su mano. “Ya vengo, ya vengo”, dijo mientras se levantaba a toda prisa de la mesa y caminaba al pequeño estudio, puso la revista en el escritorio y se sentó a leer. Sofía me miró con su cara de “¿qué te dije?” y siguió comiendo, tratando de habituarse a los palillos.
    Regresó a los pocos minutos, con la revista enrollada en la mano, caminando lento, a pasos largos.
    —Levántate —me pidió y luego me abrazó orgullosa—. Me encantó. No pensé que lo escribieras tan pronto; ni siquiera podías estar parado… ¿Cómo conseguiste esas partes? —preguntaba mientras hojeaba otra vez.
    —Tengo amigos, amigas, hermana…
    Entornó lo ojos y volteó a ver a Sofía.
    —Dime que al menos tuvo la decencia de darte algo de lo que se le pagaron por esto.
    —Veinticinco por ciento. Pero le ayudé mucho; pasé todo en limpio, hablaba con los de la revista cuando él estaba dormido, le tomaba los recados, le espantaba a las novias para que se concentrara, sobre todo una muy fastidiosa que…
    —Suficiente, suficiente —la corté—.

Elena nos llevó de vuelta a casa. Eran casi las ocho. Sofía rodeó el coche para despedirse; ella se bajó para abrazarla y besarla. “Adios, bella”, se dijeron ambas. Me acerqué para besarla y decirle adiós.
    —¿Te puedo invitar un café? —preguntó.
    —Claro, llámame. En estos días no tengo mucho qué hacer.
    —No. Yo digo ahora.
    —¿Ahora?
    —…
    —Ok. Tú pagas.
    Me subí de nuevo al coche y le hice una seña a Sofía, que seguía en la puerta y que de inmediato asintió, diciéndome que entendía, que me fuera sin cuidado. Al cabo de un rato íbamos de nuevo por Reforma. Estacionamos en una callecita cerca del Monumento a la Revolución y caminamos hasta el Café Miró, en la planta baja del Hotel Meliá, donde políticos y empresarios hacían negocios por lo menos hasta antes de que abrieran un Sheraton en el Centro Histórico.

Estuvimos solos durante horas, bebiendo café y comiendo de todo lo dulce que nos ofrecían. A cierta hora notamos que empezaba a llegar gente y supusimos que eran las parejas, los amigos y las familias que salían de las funciones de teatro en todo el derredor. Cuando ya no quedaba más que media docena de personas regadas en las mesas me dijo:
    —Me voy, Juan Carlos.
    —¿Te vas a dónde?
    —A San Antonio. Me ofrecieron trabajo en la cadena de diarios Rumbo. Allá están Carlos Puig, Jorge Luis Sierra, Antonio Ruiz Camacho… Sería una pendeja si no me fuera a trabajar con ellos. ¿Qué hay acá? ¿Reforma? ¿El Universal? ¿Tú te quedarías con esas opciones?
    —A mí me domesticaron hace mucho, Elena. Quiero menos que lo que quería hace siete años. Quiero tiempo para escribir, quiero dar clases; no sé. En realidad quiero tiempo para sanar de aquí y de acá. Pienso escribir sobre Isabel, pero en serio, un libro quizás.
    —¿De veras?
    —De veras.
    —¿Y nosotros… cómo quedamos?
    —Bueno, excepto aquel día en las escaleras, creo que me he portado muy civilizado, ¿no?
    —Llorón —sonrió.
    —Cínica. Deberías tener memoria de la cantidad de noches que me desvelé mientras eras tú la que llorabas.
    —Era el estrés, la carga de trabajo. Y tú eras muy buena persona.
    —¿Era?
    —Eres.
    Me besó. Yo la besé el resto de la noche y de la madrugada. Por un momento salió de la cama y se envolvió en una sábana, fue hasta la cajonera de la entrada y volvió con la caricatura enmarcada de Mafalda.
    —Dile a Sofía que se la quede. En cuanto a ti —dijo dibujando con su dedo en mi boca—, quiero que te quedes con el departamento cuando yo me vaya.
    Cerramos los ojos y no hablamos más de ello hasta la mañana.

Isabel independiente y defectuosa
Según dicen, la Biblia comienza con algo así como ‘Hace seis mil años Dios creó los cielos y la tierra’. Cinco mil novecientos y pico de años después —lo cual quiere decir que Dios me dejó entrar cuando ya estábamos en la última canción del recital— nací yo.
Me voy a tomar una licencia para saltarme esa parte de cómo llegué aquí; dejémoslo en que es algo que se le explica a una cuando llega a quinto año de primaria. En cuanto al nombre de esta niña —no se sabe—, bien pudo salir de un libro de nombres para bebés de los que venden en los vagones del subterráneo, una telenovela o una pariente.
Hice la secundaria en una escuela de monjas, no exenta, sin embargo, de la malicia que la hace saber a una de sexo, crimen, política y religión —que a fin de cuentas es lo mismo—, a estas tiernas edades. Lo juro.
El divorcio de mis padres me hizo relativamente independiente; aprendí a hacer mis propias cosas, desde comprar mi ropa y meterme a la cocina a hacer mi comida cuando estoy sola con la casa entera para mí, hasta ir al autoservicio a hacer las compras de la semana para la familia —disco de por medio, claro está.
Como a los trece, mi madre no sólo me dejó usar maquillaje, sino que me regaló un neceser con todo. La primera mañana que usé el regalo, resultó que todos se sentían críticos de arte, con estatura para juzgar lo que trae una en la cara.
En esos entonces también me pasó eso que les pasa a todas, con todo y sus dolorosos previos. Y ahí estaba yo, en el centro comercial, dispuesta a hacerme de lo necesario. Salí con el paquete. El tipo de la caja me miró como si fuera una pervertida. ¿Nunca le hablaron de la regla de las mujeres? Seguro que al idiota su mamá le sigue comprando la ropa interior y midiéndole el tiro del pantalón ante todo el mundo en la tienda.
Pero como todos tienen defectos, yo también los tengo; el mío es babear la almohada y despertar mordiéndome la lengua —dolorosísimo—. Como para escribir un tango, ¿no? Me gustan las películas de Michel Pfeiffer, Robert de Niro, John Travolta; me gustan Elton John, Phil Collins… ¡Ah!, y también me gustan las películas de Tin-tán.
Son las once de la noche, ¿sabe usted dónde están sus hijos? “¡Ya te dije que no!”, responderá alguien. Chau.

Capítulo II. La librería

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                                                                                Foto: eoran

Me quedé unos segundos bajo el marco de la puerta mientras ella volvía por algo que parecía haber olvidado. Regresó a toda prisa con las llaves en la boca, el bolso a medio antebrazo y el suéter a medio poner. Luego de echarle llave a la puerta empezamos a caminar escaleras abajo.
    —Toma —dijo y puso un pequeño paquete envuelto en papel kraft en mi mano. 
    Intentó evitar que me detuviera a ver, jalándome de la manga, pero me quedé en el rellano y comencé a romper el envoltorio.
    Era uno de los libros que se habían quedado en el departamento, entre sus cosas y que olvidé cuando me mudé; ella misma me lo había regalado una tarde en que salimos a conquistar el mundo y terminamos en las librerías de viejo de la calle de Donceles. Ella salió con seis o siete cosas que le habían gustado, mientras que yo llevaba un único, pequeño tesoro abrazado a mí, Fiera infancia y otros años, que había leído cuando tenía diecisiete años y que tenía una etiqueta, seguramente equivocada, de 15 pesos.
    Era uno de esos largos fines de semana que se iniciaban con un feriado en jueves. Salíamos como amigos a vagar sin rumbo; éramos un par de ridículos que nunca se tomaban de la mano, aun cuando dormíamos de cuando en cuando en el departamento del otro y ella conocía mis boxers de Los Simpson y yo sus pijamas de ositos. Esa tarde nos cayó un torrencial en su necedad de encontrar un Dunkin’ Donuts abierto y terminamos empapados, refugiados bajo la corniza de uno que había cerrado temprano, a media cuadra de la entrada al Metro. De quererlo, podíamos haber pegado una última carrera, pero nos quedamos ahí hasta que escampó, helándonos y obviando en nuestra charla insulsa que hacía frío y estábamos mojados.
    En uno de nuestros silencios, Elena abrió la bolsa de papel con los libros y me dio uno de ellos, Los baños de Celeste. “Éste lo compré para ti”, me explicó. La besé. Es decir, siempre lo hacía; nos besábamos en público, enfrente de los amigos, pero siempre nos miraban como una suerte de Will y Grace, como si yo no fuera más que el confidente gay de la chica bonita. Pero esa vez, ella me detuvo un poco, puso su mano cerca de mi oreja, con su pulgar rozando mi mejilla y cerró los ojos mientras me tocaba los labios.
    —No sabes cuánto te quiero, idiotita.

Después de sacar el libro, doblé el papel en varias partes y me lo guardé en la bolsa de la chaqueta. Me tomé del barandal y me dejé caer poco a poco hasta quedar sentado en la escalera.
    —No, levántate. No me hagas esto —suplicó.
    Me abracé a ella y puse mi frente en su vientre; algo se me rompió en ese momento y me solté a llorar como hacía meses no lo hacía… Tratando de no quebrarse también, puso a un lado su bolso, se acomodó a mi lado y dijo lo único que podía decir.
    —Verás que todo esto se pasa pronto. 
    Hicimos en silencio el camino de regreso. Me ayudó a bajar del auto, caminó conmigo hasta la puerta y tocó. Yo llevaba bajo el brazo el libro y el diario de aquella chica. Entré sin saludar apenas mi madre abrió la puerta. Me siguió con la mirada y volteó a ver a Elena. Preguntó sin remedio, como si su hija fuera ella:
    —¿Volvieron a pelear?
    —No, no en realidad.

El diario se quedó en mi escritorio esa noche. Miré un rato la televisión, vi un par de repeticiones de Los locos Adams y mi humor mejoró. Tomé Los baños de Celeste y leí casi hasta media noche, cuando mi hermana entró con un vaso de agua y las pastillas.
    —Ven, siéntate tantito —le dije—. Toda la noche me han dejado solo.
    —Yo tenía ganas de venir la tele contigo, pero mamá me dijo que te dejara solito un rato.
    —¿Y qué haces despierta hasta ahorita?
    —Tarea de Literatura, El mercader de Venecia, de Chikaspeare… ¿No tienes hambre? Hay pollo deshebrado y con mayonesa los sandwiches salen muy buenos.
    —Se supone que debo evitar casi todas las grasas mientras esto cierra. Pero si le pones poquita y me doras el pan, sí, sí quiero.
    —¿Me dejas verla? ¿Cuánto falta para que esté oficialmente cerrada?
    Me levanté la camiseta y le mostré mi gloriosa herida de batalla. Hizo su gesto de rechazo de siempre y repitió “¿cuánto falta?”
    —Ya poquito —dije—, de hecho si la tocas puedes sentir los nudos de la sutura bajo la piel. 
    Se sacudió toda como si le hubieran llenado la blusa de hormigas y fue por los sandwiches. No tardó nada. Prendimos la tele, vimos un capítulo viejito de Will y Grace y en los comerciales le comenté: “¿Sabes? Creo que me voy a meter a aprender cocina”.
    —Me avisas para meterme contigo.
    La mañana siguiente empecé temprano, abrí la libreta y continué.

Isabel, aquel día que se fue
Las gotas tenían el tamaño de una cabeza de alfiler y se quedaban apenas prendidas de la punto del cabello. Era jueves. La camioneta de mi papá quedó estacionada a la orilla de la calle, con los faros encendidos. La calle mojada con la noche encima hacían un espejo. Sobre el negro se hacía el reflejo de los autos que entraban en sentido contrario por la calle y los tubos de luz blanca de los comercios cercanos.
    —Nos vemos el sábado, flaquita —me dijo al oído, me abrazó y me dio un beso.
    Se acercó a mi mamá, se abrazaron y ella lo besó en la mejilla. Él sacó algo de dinero.
    —Para cualquier imprevisto —le dijo.
    Ella hizo que lo guardara.
    —Ya habrá tiempo después —le contestó.
    Se despidieron y abrazaron rápido en la puerta. Papá sacó de nuevo el dinero y me lo puso en las manos, cerrándomelas como si me entregara algo verdaderamente imperioso.
    —Toma, guárdaselo a tu mamá, para cualquier cosa que falte.
    Luego se fue. Se fue.
    Esa noche no cenamos. Estuve en la oscuridad escuchando música en la radio. Mamá se quedó abajo, a intentar trabajar en su mesa. Luis, no sé. Casi a media noche comenzó a dolerme el estómago y tuve que bajar a tomar algo de leche para calmar la gastritis que me traigo. Ella estaba todavía ahí, recargada en su mano. No había trabajado mucho; sólo la vi haciendo garabatos sobre una hoja.
    Me hubiera gustado empezar esto de una manera más inteligente, resplandeciente, diciéndome que soy yo, nada más yo, y que soy feliz de serlo.
    No estoy triste por lo que me pasa, porque técnicamente no me pasa nada. Mis padres se divorciaron, pero eso no tendría por qué fastidiarme la vida. Estas cosas duelen, nadie dice que no. Lo que no se vale —y me rehúso a ser del grupito— es que algunos quieran que se les hable quedito —no vayas a dañarlos—, y se les diga “pobrecitos”, como si se tratara de impedidos. Como dijera aquel célebre filósofo: “Ni maiz, ni madres”, yo no soy pobrecita ni estoy manca.

Perdición

He venido de muy lejos, he venido siguiéndole los pasos, sin darle sosiego, huelo su miedo, el calor de su aliento, alcanzo a ver su sudor reciente caído en la tierra. Ahora le doy descansos, lo dejo dormir en paz, lo dejo porfiar para que en su último día, cuando repose sus pies y diga paz y sus ojos empiecen a cerrarse, todo el miedo del mundo le sobrevenga y vea, antes de morir, la mano que lo va a matar.
    Vengo a matar al que dicen que fue mi padre.
    El hombre aquel bajó la mirada, ocultando su cabeza y su cara con el sombrero; parecía que no me creía. Terminó de comer de mi bastimento, se limpió la boca en manga de la camisa y se repasó el bigote. Cuando se levantó, cogió el sombrero en su mano y se quedó mirando la lejanía.
    —Allá va Nicolasita, arrastrando sus costales de grano; pronto vendrán los de la tropa a comer —dijo.
    Yo me quedé mirando, queriendo reconocerla pero nomás veía el reverbero del calor en el suelo.
    —No la veo. ¿Dice usted que vienen militares?
    —Todos los días como a la hora de comer. Nicolasa los trata como hijos, los alimenta. Ellos le traen valores fáciles de vender que se les van pegando en el camino, usted sabe.
    —¿Dónde dice que vive ella?
    —No, no he dicho todavía, pero es donde se ven aquellas piedras arrumbadas en forma de ojo, ahí hay un caminito apisonado; al final verás una puerta atrancada y un listón negro de duelo. Hay que tocar fuerte para sacarla de su sueño, a esta hora, después de volver de sus faenas, Nicolasa duerme.  (Texto en proceso)

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