Perdición
He venido de muy lejos, he venido siguiéndole los pasos, sin darle sosiego, huelo su miedo, el calor de su aliento, alcanzo a ver su sudor reciente caído en la tierra. Ahora le doy descansos, lo dejo dormir en paz, lo dejo porfiar para que en su último día, cuando repose sus pies y diga paz y sus ojos empiecen a cerrarse, todo el miedo del mundo le sobrevenga y vea, antes de morir, la mano que lo va a matar.
Vengo a matar al que dicen que fue mi padre.
El hombre aquel bajó la mirada, ocultando su cabeza y su cara con el sombrero; parecía que no me creía. Terminó de comer de mi bastimento, se limpió la boca en manga de la camisa y se repasó el bigote. Cuando se levantó, cogió el sombrero en su mano y se quedó mirando la lejanía.
—Allá va Nicolasita, arrastrando sus costales de grano; pronto vendrán los de la tropa a comer —dijo.
Yo me quedé mirando, queriendo reconocerla pero nomás veía el reverbero del calor en el suelo.
—No la veo. ¿Dice usted que vienen militares?
—Todos los días como a la hora de comer. Nicolasa los trata como hijos, los alimenta. Ellos le traen valores fáciles de vender que se les van pegando en el camino, usted sabe.
—¿Dónde dice que vive ella?
—No, no he dicho todavía, pero es donde se ven aquellas piedras arrumbadas en forma de ojo, ahí hay un caminito apisonado; al final verás una puerta atrancada y un listón negro de duelo. Hay que tocar fuerte para sacarla de su sueño, a esta hora, después de volver de sus faenas, Nicolasa duerme. (Texto en proceso)
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