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Capítulo II. La librería

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                                                                                Foto: eoran

Me quedé unos segundos bajo el marco de la puerta mientras ella volvía por algo que parecía haber olvidado. Regresó a toda prisa con las llaves en la boca, el bolso a medio antebrazo y el suéter a medio poner. Luego de echarle llave a la puerta empezamos a caminar escaleras abajo.
    —Toma —dijo y puso un pequeño paquete envuelto en papel kraft en mi mano. 
    Intentó evitar que me detuviera a ver, jalándome de la manga, pero me quedé en el rellano y comencé a romper el envoltorio.
    Era uno de los libros que se habían quedado en el departamento, entre sus cosas y que olvidé cuando me mudé; ella misma me lo había regalado una tarde en que salimos a conquistar el mundo y terminamos en las librerías de viejo de la calle de Donceles. Ella salió con seis o siete cosas que le habían gustado, mientras que yo llevaba un único, pequeño tesoro abrazado a mí, Fiera infancia y otros años, que había leído cuando tenía diecisiete años y que tenía una etiqueta, seguramente equivocada, de 15 pesos.
    Era uno de esos largos fines de semana que se iniciaban con un feriado en jueves. Salíamos como amigos a vagar sin rumbo; éramos un par de ridículos que nunca se tomaban de la mano, aun cuando dormíamos de cuando en cuando en el departamento del otro y ella conocía mis boxers de Los Simpson y yo sus pijamas de ositos. Esa tarde nos cayó un torrencial en su necedad de encontrar un Dunkin’ Donuts abierto y terminamos empapados, refugiados bajo la corniza de uno que había cerrado temprano, a media cuadra de la entrada al Metro. De quererlo, podíamos haber pegado una última carrera, pero nos quedamos ahí hasta que escampó, helándonos y obviando en nuestra charla insulsa que hacía frío y estábamos mojados.
    En uno de nuestros silencios, Elena abrió la bolsa de papel con los libros y me dio uno de ellos, Los baños de Celeste. “Éste lo compré para ti”, me explicó. La besé. Es decir, siempre lo hacía; nos besábamos en público, enfrente de los amigos, pero siempre nos miraban como una suerte de Will y Grace, como si yo no fuera más que el confidente gay de la chica bonita. Pero esa vez, ella me detuvo un poco, puso su mano cerca de mi oreja, con su pulgar rozando mi mejilla y cerró los ojos mientras me tocaba los labios.
    —No sabes cuánto te quiero, idiotita.

Después de sacar el libro, doblé el papel en varias partes y me lo guardé en la bolsa de la chaqueta. Me tomé del barandal y me dejé caer poco a poco hasta quedar sentado en la escalera.
    —No, levántate. No me hagas esto —suplicó.
    Me abracé a ella y puse mi frente en su vientre; algo se me rompió en ese momento y me solté a llorar como hacía meses no lo hacía… Tratando de no quebrarse también, puso a un lado su bolso, se acomodó a mi lado y dijo lo único que podía decir.
    —Verás que todo esto se pasa pronto. 
    Hicimos en silencio el camino de regreso. Me ayudó a bajar del auto, caminó conmigo hasta la puerta y tocó. Yo llevaba bajo el brazo el libro y el diario de aquella chica. Entré sin saludar apenas mi madre abrió la puerta. Me siguió con la mirada y volteó a ver a Elena. Preguntó sin remedio, como si su hija fuera ella:
    —¿Volvieron a pelear?
    —No, no en realidad.

El diario se quedó en mi escritorio esa noche. Miré un rato la televisión, vi un par de repeticiones de Los locos Adams y mi humor mejoró. Tomé Los baños de Celeste y leí casi hasta media noche, cuando mi hermana entró con un vaso de agua y las pastillas.
    —Ven, siéntate tantito —le dije—. Toda la noche me han dejado solo.
    —Yo tenía ganas de venir la tele contigo, pero mamá me dijo que te dejara solito un rato.
    —¿Y qué haces despierta hasta ahorita?
    —Tarea de Literatura, El mercader de Venecia, de Chikaspeare… ¿No tienes hambre? Hay pollo deshebrado y con mayonesa los sandwiches salen muy buenos.
    —Se supone que debo evitar casi todas las grasas mientras esto cierra. Pero si le pones poquita y me doras el pan, sí, sí quiero.
    —¿Me dejas verla? ¿Cuánto falta para que esté oficialmente cerrada?
    Me levanté la camiseta y le mostré mi gloriosa herida de batalla. Hizo su gesto de rechazo de siempre y repitió “¿cuánto falta?”
    —Ya poquito —dije—, de hecho si la tocas puedes sentir los nudos de la sutura bajo la piel. 
    Se sacudió toda como si le hubieran llenado la blusa de hormigas y fue por los sandwiches. No tardó nada. Prendimos la tele, vimos un capítulo viejito de Will y Grace y en los comerciales le comenté: “¿Sabes? Creo que me voy a meter a aprender cocina”.
    —Me avisas para meterme contigo.
    La mañana siguiente empecé temprano, abrí la libreta y continué.

Isabel, aquel día que se fue
Las gotas tenían el tamaño de una cabeza de alfiler y se quedaban apenas prendidas de la punto del cabello. Era jueves. La camioneta de mi papá quedó estacionada a la orilla de la calle, con los faros encendidos. La calle mojada con la noche encima hacían un espejo. Sobre el negro se hacía el reflejo de los autos que entraban en sentido contrario por la calle y los tubos de luz blanca de los comercios cercanos.
    —Nos vemos el sábado, flaquita —me dijo al oído, me abrazó y me dio un beso.
    Se acercó a mi mamá, se abrazaron y ella lo besó en la mejilla. Él sacó algo de dinero.
    —Para cualquier imprevisto —le dijo.
    Ella hizo que lo guardara.
    —Ya habrá tiempo después —le contestó.
    Se despidieron y abrazaron rápido en la puerta. Papá sacó de nuevo el dinero y me lo puso en las manos, cerrándomelas como si me entregara algo verdaderamente imperioso.
    —Toma, guárdaselo a tu mamá, para cualquier cosa que falte.
    Luego se fue. Se fue.
    Esa noche no cenamos. Estuve en la oscuridad escuchando música en la radio. Mamá se quedó abajo, a intentar trabajar en su mesa. Luis, no sé. Casi a media noche comenzó a dolerme el estómago y tuve que bajar a tomar algo de leche para calmar la gastritis que me traigo. Ella estaba todavía ahí, recargada en su mano. No había trabajado mucho; sólo la vi haciendo garabatos sobre una hoja.
    Me hubiera gustado empezar esto de una manera más inteligente, resplandeciente, diciéndome que soy yo, nada más yo, y que soy feliz de serlo.
    No estoy triste por lo que me pasa, porque técnicamente no me pasa nada. Mis padres se divorciaron, pero eso no tendría por qué fastidiarme la vida. Estas cosas duelen, nadie dice que no. Lo que no se vale —y me rehúso a ser del grupito— es que algunos quieran que se les hable quedito —no vayas a dañarlos—, y se les diga “pobrecitos”, como si se tratara de impedidos. Como dijera aquel célebre filósofo: “Ni maiz, ni madres”, yo no soy pobrecita ni estoy manca.

  1. Diciembre 21, 2007 a las 4:51 am | #1

    Buena historia, además “yo soy el de la foto en la librería”, jajaja, qué pequeño es el mundo de internet :)

  2. Diciembre 21, 2007 a las 5:20 am | #2

    Muy bueno. He descubierto tu blog porque Luis, mi primo, me señaló que encontró casualmente la foto que ilustra este post, que seguramente tomaste de mi Flickr.
    Lo seguiré con asiduidad. Muy buenas, las imágenes que creas.

  3. Liliana
    Noviembre 23, 2008 a las 1:42 am | #3

    Estas historias me tienen intrigada, si acaso piensas publicar un libro me avisas para que lo compre.

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