Capítulo III. El portarretrato

Todavía un poco encorvado, con menos dificultad, subimos hasta el departamento. Sofía le había telefoneado la tarde anterior para decirle que quería[mos] verla, que pensábamos llevar comida japonesa, que ella necesitaba pedirle consejo de mujeres y que yo me había atorado con el reportaje, que ocupaba de su consejo profesional, sobre todo porque ella había conocido el asunto de Isabel antes que yo. Le explicó que llegaríamos en taxi y le recomendó que estuviera pendiente de la ventana para que bajara a abrirnos.
A las tres y media, Elena estaba esperándonos, bella, como vestida para salir, en un pantalón sastre azul marino, un sueter rojo, una blusa azul claro desfajada y sin zapatos, la única característica que quería decir que no tenía intención de pisar la calle en todo el día. Nos quitó las bolsas con la comida y nos pidió que nos adelantáramos; había que cerrar la puerta del edificio con llave.
Tres escalones antes de entrar al departamento empezamos a oír la música que venía del estéreo: “Aquellas pequeñas cosas”, de Joan Manuel Serrat. Entró resoplando, empujó la puerta con el pie y puso las bolsas en la mesa.
Sofía, que ya estaba instalada en el sillón fue de inmediato a una cajonera cerca de la puerta y tomó de arriba un portarretrato de marco dorado que había reconocido de inmediato. Era la primera página de uno de los libritos de Mafalda, con una dedicatoria “a los lectores caídos en el cumplimiento del deber”.
—Éste me lo tienes que regalar un día —le dijo a Elena.
—Tienes el librito en la casa, ¿para qué lo quieres? —me entrometí.
—Pero no es lo mismo, lo de enmarcarlo fue idea de Elena, eso le da su valor propio.
Comimos mientras hablábamos de mi proyecto de tomar clases de cocina y de cómo lo único que hacía mientras estaba casado con Elena era llevarla a desayunar al Toks y cuidar de vez en cuando un pozillo con leche para que no se derramara en la estufa. Ellas con una coca cola al lado, yo con un vaso de agua simple purificada pasamos a hablar del reportaje sobre la chica del diario; Elena quería saber qué era lo que me estaba atorando y entonces Sofía interrumpió. Fue por su mochila y sacó una bolsa del Sanborns por el que habíamos pasado antes de llegar al departamento.
—Te trajimos un regalo —le anunció y se la puso en la mano.
Elena se limpió las manos en la servilleta que tenía sobre las piernas, le quitó la grapa metálica a la bolsa y descubrió dentro el número mensual de Arcana.
—Página treinta y tres —le indicó Sofía.
Apenas se dio cuenta, hojeó con la curiosidad de saber cuánto despliegue le habían dado.
—Seis páginas —me adelanté a decirle.
No fingió; su sorpresa se hizo una mueca de alegría que quiso ocultar con su mano. “Ya vengo, ya vengo”, dijo mientras se levantaba a toda prisa de la mesa y caminaba al pequeño estudio, puso la revista en el escritorio y se sentó a leer. Sofía me miró con su cara de “¿qué te dije?” y siguió comiendo, tratando de habituarse a los palillos.
Regresó a los pocos minutos, con la revista enrollada en la mano, caminando lento, a pasos largos.
—Levántate —me pidió y luego me abrazó orgullosa—. Me encantó. No pensé que lo escribieras tan pronto; ni siquiera podías estar parado… ¿Cómo conseguiste esas partes? —preguntaba mientras hojeaba otra vez.
—Tengo amigos, amigas, hermana…
Entornó lo ojos y volteó a ver a Sofía.
—Dime que al menos tuvo la decencia de darte algo de lo que se le pagaron por esto.
—Veinticinco por ciento. Pero le ayudé mucho; pasé todo en limpio, hablaba con los de la revista cuando él estaba dormido, le tomaba los recados, le espantaba a las novias para que se concentrara, sobre todo una muy fastidiosa que…
—Suficiente, suficiente —la corté—.
Elena nos llevó de vuelta a casa. Eran casi las ocho. Sofía rodeó el coche para despedirse; ella se bajó para abrazarla y besarla. “Adios, bella”, se dijeron ambas. Me acerqué para besarla y decirle adiós.
—¿Te puedo invitar un café? —preguntó.
—Claro, llámame. En estos días no tengo mucho qué hacer.
—No. Yo digo ahora.
—¿Ahora?
—…
—Ok. Tú pagas.
Me subí de nuevo al coche y le hice una seña a Sofía, que seguía en la puerta y que de inmediato asintió, diciéndome que entendía, que me fuera sin cuidado. Al cabo de un rato íbamos de nuevo por Reforma. Estacionamos en una callecita cerca del Monumento a la Revolución y caminamos hasta el Café Miró, en la planta baja del Hotel Meliá, donde políticos y empresarios hacían negocios por lo menos hasta antes de que abrieran un Sheraton en el Centro Histórico.
Estuvimos solos durante horas, bebiendo café y comiendo de todo lo dulce que nos ofrecían. A cierta hora notamos que empezaba a llegar gente y supusimos que eran las parejas, los amigos y las familias que salían de las funciones de teatro en todo el derredor. Cuando ya no quedaba más que media docena de personas regadas en las mesas me dijo:
—Me voy, Juan Carlos.
—¿Te vas a dónde?
—A San Antonio. Me ofrecieron trabajo en la cadena de diarios Rumbo. Allá están Carlos Puig, Jorge Luis Sierra, Antonio Ruiz Camacho… Sería una pendeja si no me fuera a trabajar con ellos. ¿Qué hay acá? ¿Reforma? ¿El Universal? ¿Tú te quedarías con esas opciones?
—A mí me domesticaron hace mucho, Elena. Quiero menos que lo que quería hace siete años. Quiero tiempo para escribir, quiero dar clases; no sé. En realidad quiero tiempo para sanar de aquí y de acá. Pienso escribir sobre Isabel, pero en serio, un libro quizás.
—¿De veras?
—De veras.
—¿Y nosotros… cómo quedamos?
—Bueno, excepto aquel día en las escaleras, creo que me he portado muy civilizado, ¿no?
—Llorón —sonrió.
—Cínica. Deberías tener memoria de la cantidad de noches que me desvelé mientras eras tú la que llorabas.
—Era el estrés, la carga de trabajo. Y tú eras muy buena persona.
—¿Era?
—Eres.
Me besó. Yo la besé el resto de la noche y de la madrugada. Por un momento salió de la cama y se envolvió en una sábana, fue hasta la cajonera de la entrada y volvió con la caricatura enmarcada de Mafalda.
—Dile a Sofía que se la quede. En cuanto a ti —dijo dibujando con su dedo en mi boca—, quiero que te quedes con el departamento cuando yo me vaya.
Cerramos los ojos y no hablamos más de ello hasta la mañana.
Isabel independiente y defectuosa
Según dicen, la Biblia comienza con algo así como ‘Hace seis mil años Dios creó los cielos y la tierra’. Cinco mil novecientos y pico de años después —lo cual quiere decir que Dios me dejó entrar cuando ya estábamos en la última canción del recital— nací yo.
Me voy a tomar una licencia para saltarme esa parte de cómo llegué aquí; dejémoslo en que es algo que se le explica a una cuando llega a quinto año de primaria. En cuanto al nombre de esta niña —no se sabe—, bien pudo salir de un libro de nombres para bebés de los que venden en los vagones del subterráneo, una telenovela o una pariente.
Hice la secundaria en una escuela de monjas, no exenta, sin embargo, de la malicia que la hace saber a una de sexo, crimen, política y religión —que a fin de cuentas es lo mismo—, a estas tiernas edades. Lo juro.
El divorcio de mis padres me hizo relativamente independiente; aprendí a hacer mis propias cosas, desde comprar mi ropa y meterme a la cocina a hacer mi comida cuando estoy sola con la casa entera para mí, hasta ir al autoservicio a hacer las compras de la semana para la familia —disco de por medio, claro está.
Como a los trece, mi madre no sólo me dejó usar maquillaje, sino que me regaló un neceser con todo. La primera mañana que usé el regalo, resultó que todos se sentían críticos de arte, con estatura para juzgar lo que trae una en la cara.
En esos entonces también me pasó eso que les pasa a todas, con todo y sus dolorosos previos. Y ahí estaba yo, en el centro comercial, dispuesta a hacerme de lo necesario. Salí con el paquete. El tipo de la caja me miró como si fuera una pervertida. ¿Nunca le hablaron de la regla de las mujeres? Seguro que al idiota su mamá le sigue comprando la ropa interior y midiéndole el tiro del pantalón ante todo el mundo en la tienda.
Pero como todos tienen defectos, yo también los tengo; el mío es babear la almohada y despertar mordiéndome la lengua —dolorosísimo—. Como para escribir un tango, ¿no? Me gustan las películas de Michel Pfeiffer, Robert de Niro, John Travolta; me gustan Elton John, Phil Collins… ¡Ah!, y también me gustan las películas de Tin-tán.
Son las once de la noche, ¿sabe usted dónde están sus hijos? “¡Ya te dije que no!”, responderá alguien. Chau.
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