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Capítulo XIII. La k antes de la c

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Quién sabe por qué se lo pregunté. Quizá fue porque en realidad la mujer me gustó mucho y deseaba saber si había mucha diferencia entre nosotros.
    —¿Cuántos años tienes?
    —Veinticinco, casi veintiséis… ¿Por qué?
    —Pareces como de 28.
    Y era cierto. La chica se esforzaba en parecer mayor, en ser tomada en serio; forzaba las discusiones para mostrar que sus compañeras eran más tontas, acaso más inexpertas que ella. No combinaba su ropa como las otras muchachas, más bien la coordinaba; tenía ese estilo tipo de agente del FBI de película gringa, de modo que su vestuario rara vez salía de los sacos y pantalones de colores oscuros con blusas siempre blancas, desabotonadas, que le dejaban a uno ver el tirante, el broche del sostén o la piel de su vientre plano. Usaba unos anteojos de armazón grueso que no necesitaba y era tan delgada que en una primera impresión pensé que era anoréxica.

A Adriana y a mí nos había invitado el departamento de Comunicación, junto con otros tres compañeros para dar una plática sobre periodismo de investigación. Ella y yo nos conocíamos de mucho tiempo atrás; empezamos juntos, Adriana como reportera en el PAN y yo como redactor de la sección Internacional, con la peculiaridad de que ella se distinguía por ser especialmente guapa, femenina, buena periodista y una cabrona para usar todo eso junto. Alguna vez, cuando cubría la fuente de Presidencia, la bajaron del avión por arinconar a la primera dama con preguntas sobre los negocios que su hermano hacía al amparo de la protección de la casa presidencial, pero su golpe más reciente había sido hacer hablar a un grupo de muchachos y a sus familias sobre los abusos cometidos por los sacerdotes de un colegio católico en el Bajío.
    Esa mañana nos robó la atención a todos. Al terminar la plática se vio rodeada por los muchachos, así que no tuvo más remedio que quedarse un poco más a conversar con ellos en el pasillo, cuando apenas bajaba de la mesa desde la que habíamos hablado. Como yo dependía de ella para salir de ahí y regresar a la oficina, fui a sentarme a una de las butacas de la segunda fila desde donde miraba cómo se vaciaba de a poco el pequeño auditorio.
    —Juan Carlos, ¿verdad?
    Mi reacción fue ridícula, volteé buscando la voz que me llamaba, pero me encontré de frente con su vientre pálido, asomando bajo la blusa corta, con un piercing en el ombligo que me hizo quedarme ahí por un breve momento.
    —Acá arriba —dijo llamando mi atención moviendo los dedos a la altura de su cabeza, divertida de haber ocasionado mi desconcierto— ¿Me puedo sentar?
    —Claro —le dije, señalando la butaca con la mano.
    Se presentó conmigo. Erikca Romero; “así, con la k antes que la c“. Estaba en el octavo semestre de la carrera, vivía en la Guadalupe Inn y quería saber si podía invitarme a una clase; estaba haciendo su servicio social como profesora adjunta y ella tenía al grupo bajo su responsabilidad los jueves de 9:00 a 11:00.
    Le di mi tarjeta y le propuse que me telefoneara al inicio de la siguiente semana. No aguanté las ganas de preguntarle:
    —¿Cuántos años tienes?
    —Veinticinco, casi veintiséis… ¿Por qué?

Frenamos a diez centímetros de la defensa de un Corsa que cambió de carril repentinamente. Adriana hundió la palma de la mano en el claxon y mentó madres contra el conductor. Unas cuadras más adelante, en el semáforo, nos pusimos a su lado; se trataba de una señora cincuentona, con dos líneas dibujadas casi en la frente y que supongo que eran sus cejas. Dijard le dedicó una mirada asesina y luego, cuando se puso el verde, le dedicó una despedida, mostrándole el dedo anular.
    —¿Le vas a llamar? —me preguntó mientras dábamos vuelta a la izquierda.
    —¿A quién?
    —No te hagas el inocente. Te vi.
    —No, no le voy a llamar. Para que lo sepas, no le pedí su teléfono.
    Volvimos a frenar.
    —Mira, tú sabes que soy una mujer celosa, que yo te quisiera sólo para mí, pero tienes que abrirte a las opciones. No estoy diciendo que te enamores, sólo te estoy sugiriendo que salgas con otras chicas. Habemos mujeres únicas, pero no somos las únicas, ¿sabes? Yo estoy encantada de haberte recuperado, de que salgamos otra vez, pero ahorita no es lo que más te conviene… —bostecé queriendo mostrarme fastidiado de esa conversación— Bueno —terminó—, esperemos que esa muchacha consiga tu número y te llame.
    —Pues tú estabas muy bien atendida —contraataqué—. Debiste ponerte algo más abrigador. Con esa blusa un poquito más y agarras una tos como la del general Grievous. Me imagino que varios te salieron con que querían que les ayudaras con sus tareas, ¿consiguieron sacarte tu número?
    —Qué te importa, envidioso. Además, no son mi target. Ustedes los hombres tardan mucho en madurar y mis necesidades emocionales a estas alturas son otras; qué sé yo, alguien que me ayude a escoger el color de la cocina, que riegue mis plantas cuando no estoy en la casa, que no tenga que regresar a dormir a casa de sus papás.
    —Tú sólo dame dos años. Así hago terapia, maduro, y al final me convierto en esa cosa que dices: un esposo de compras en el súper cada quincena, sexo los viernes, cine dos veces al mes, Navidad en mi casa, Año Nuevo con tus papás, ir a fiestas de quince años y bodas de familiares ignorados para robarnos los saleros como recuerdo…
    —Bueno, si eso pasa qué bueno, pero tú por lo pronto, necesitas salir, y no sólo conmigo.

Acordé de verme con Erikca a las ocho y cuarto de la mañana. Quedó de pasar por mí y ahí estuvo puntual, con la punta de los cabellos aún húmeda, metida en un Astra color plata, vestida con pantalón de mezclilla negra y una blusa blanca con un estampado de anillos de diamantes. Tenía sintonizado el noticiario de Carmen Aristegui.
    —Si quieres oír otra cosa, puedes cambiarle, ¿eh? También traigo algo de música; hay varios compactos ahí en la guantera.
    —No te preocupes. Hace mucho que no oía las noticias por la mañana.
    —Te desmañané, ¿verdad?
    —No mucho. Despierto un poco más tarde de lo que lo hice hoy, pero no pasa nada.
    Estuvimos a tiempo. En la entrada me di cuenta de algo que para otros hubiera sido evidente desde la primera vez. Nadie llegaba caminando y nadie traía un coche de menos de dos años; pocos sabían de viajar en el Metro y ahí me di cuenta de porque no había conocido reporteros de escuelas como esa.
    Hay que reconocerlo. Tenía aplomo, era desenfadada y lo que le faltaba de experiencia lo suplía con cierto ingenio. Inició la clase conversando con sus alumnos, les habló de mí, les recordó que había estado en la plática de unos días atrás e hizo las primeras preguntas, para que ellos continuaran o dieran su opinión. La mayoría del tiempo se mantenía recargada en la pared o caminaba a sentarse en el escritorio.
    —Por hoy yo ya terminé aquí —dijo cuando salíamos—. Vengo hasta el lunes, que tengo tres clases, de modo que si no te molesta que una mujer te agradezca por las cosas que haces, te invito a desayunar. ¿O tienes prisa?
    —Hoy puedo llegar pasado el mediodía; es día de cierre y va para largo.
    —Ok, vente pues.
    Condujo durante varios minutos por el Periférico hasta que tomó la salida a la altura del Palacio Municipal de Naucalpan. Estacionó unas calles atrás, en un fraccionamiento de clase media, frente a un pequeño local, al lado de una farmacia: Tamales Imperio. Ahí me di cuenta que no, definitivamente no era anoréxica; pedimos un par de vasos de atole de chocolate y tres tamales para cada quien.
    —El miércoles es mi cumpleaños y pienso hacer una reunión, algo pequeño, pastel y velitas. ¿Te gustaría venir?
    —Me gustaría, pero los miércoles son complicados para mí; ese día empieza el trabajo más intenso de la semana. Pero te puedo llamar para decir ‘feliz cumpleaños’.
    —Ok. Eso me gustaría.

Por alguna extraña razón recordé la fecha, así que el miércoles al llegar a la oficina me quité el saco y fui al escritorio de Misael, nuestra secretaria en la redacción de la revista.
    —Misa, ¿podrías hacerme un enorme favor?
    —Dime.
    —¿Serías tan maravillosa para enviar unas flores en mi nombre a esta dirección? —le tendí un post it con los datos y le pedí que escribiera simplemente “Pareces de 28. Feliz día” en la tarjeta.
    Sin novedad, hundí la cabeza durante dos días en el trabajo, escribiendo, corrigiendo y discutiendo. Comenzamos a despedirnos cuando ya era viernes por la madrugada; veinte minutos antes de las cuatro telefoneé para pedir un taxi y bajé a la recepción a esperarlo.
    —Ya lo está esperando su coche —me dijo el guardia de la entrada tan pronto salí del elevador. Me acerqué a la puerta de cristal de la entrada y vi el auto enfrente, parecía el Astra de Erikca, así que salí y me acerqué a la ventanilla del conductor.
    —Su taxi, señor —dijo ella mientras sonreía y adentro sonaba La Oreja De Van Gogh.

  1. Humberto DIJARD
    Octubre 6, 2007 a las 7:50 am | #1

    Cabronnn, te voy a cobrar regalias por el apellido!!!
    Un abrazo.

  2. Liliana
    Noviembre 23, 2008 a las 1:15 am | #2

    ¿Y luego que pasa?… quiero seguir leyendo.

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