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Capítulo XVII. Vuelo con escalas

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El primer viaje que hice a la busca de las personas que conocieron a Isabel, fue el que implicaba considerablemente el mayor esfuerzo. Salí de la Ciudad de México durante la noche del 30 de agosto, en un vuelo de LAN, en pleno invierno austral, con una parada obligatoria en Santiago.
    Iniciamos el descenso a Buenos Aires alrededor de las 3:50 de la tarde. Me había propuesto dormir casi todo el viaje como una forma de vencer a medias mi terror a las alturas, así que minutos antes de que el avión tomara pista me metí dos cápsulas de Yunir con media botella de agua, me puse los audífonos y cerré los ojos. Irremediablemente el sol nos alcanzó en algún extraño y deshabitado lugar de la geografía, donde mi curiosidad pudo tanto como mi miedo, de modo que miré por algunos minutos por la ventanilla hasta que el vértigo comenzó a ponerme inquieto.
Sirvieron el desayuno a las 6:50 hora de México, lo cual me daba media hora más de distracción para pensar en la horrible muerte que me esperaría si algo fallaba allá arriba.
    Tomé un poco de jugo de naranja, café con leche y algo de pan dulce. Caminé un par de veces por el pasillo para desperezar mis piernas, fui a los servicios, me lavé e intenté mejorar el aspecto terrible que me devolvía el espejo. Pero al regresar a mi asiento me di cuenta de que los viajes largos le hacen eso a cualquiera, que el grupito que por la noche no paraba de joder, a esa hora parecía sufrir los estragos de una madrugada sin sueño, así que cambié las pilas del reproductor de música y busqué las páginas del diario donde Isabel hablaba de la visita a su abuela en Bragado.
    De Santiago a Argentina, me atreví a desabrocharme el cinturón de seguridad para hacer desde la ventanilla algunas fotos sobre los Andes, antes de entrar en un cielo completamente arropado de nubes que se cerraban bajo el avión. Hermoso y terrible. Volábamos en medio de un banco de nubes, cuando el piloto anunció que iniciaríamos el descenso. Estábamos en medio de la nada, sólo nubes blancas y grises para ambos lados, envolviéndonos por completo; ni la ciudad, ni las luces, ni el suelo. La turbulencia que nos había acompañado todo el viaje, se mantuvo hasta que por fin comenzamos a inclinarnos sobre el ala izquierda y yo me aferraba a los descansabrazos, sintiendo que nos desplomábamos. Apenas tocamos la pista, entendí por qué el Papa siempre besaba el suelo cuando bajaba de cada uno de los vuelos que hacía; debía tenerle un miedo atroz a esta experiencia de despegar y aterrizar cada tercer día, porque Dios cuida, pero no fabrica los aviones.
    Buenos Aires me recibió con una llovizna fina, pero pertinaz y fría, poca gente en las calles, mientras los cafés y los bares se llenaban de clientela. Arreglé todo desde México; me quedé en un hostel del barrio de Congreso, a cinco cuadras del Metro, en el 2233 de la Avenida México, una vieja casona restaurada de fachada rosada con farolas de herrería a la entrada y una larga puerta de madera con gruesas cintas de vidrio.
    Una pareja muy joven estaba tras el mostrador, Pável y Ana. Me presenté con ellos y de inmediato supieron que era yo quien había llamado días antes para hacerles un montón de preguntas.
    —¿Qué tal el vuelo? —preguntó ella, a quien de inmediato se le notaba un embarazo de pocos meses.
    —Terrible, pero gracias. Felicidades —dije, señalándole la panza y llenando el registro—, ¿varón o nena?
    —Ay. Gracias. Y todavía no sabemos; falta un poco.
    Le devolví la ficha y ella tecleó en la computadora los datos. Pagué con la tarjeta y le pregunté dónde podía cambiar unos dólares. De inmediato se ofreció a cambiarme cien y me dijo que a la mañana siguiente podría hacerlo casi en cualquier lado, en el centro.
    —Ahora, si como vos me contaste, estás pensando ir a Bragado, nomás bajá mañana y aquí en la PC lo tengo todo. Te puedo dar la data completa por impreso. Por cierto, no ha parado la lluvia, pero si querés puedo prestarte un paraguas para que salgas a comer o a cenar.
    —No te preocupes, en todo caso será para la cena. Ahora sólo quiero una ducha y una cama.
    Pero la ducha debió esperar. Al entrar en la habitación me descalcé y me quité la chaqueta. Prendí el televisor y caminé al baño. A los dos minutos estaba de regreso, me tumbé en la cama y dormí profundamente hasta las 10:30 de la noche.
    Cuando por fin decidí salir, ya había escampado. Caminé algunas cuadras con menos autos en las calles y con más gente paseando por las aceras. Al llegar al segundo semáforo encontré un pequeño restaurante, rústico, de ladrillos ahumados, pero sumamente cálido para el frío que hacía fuera. Pedí una ensalada de pollo y lechuga, una cerveza y un cortado; comí en silencio, a solas, alumbrado por la debil luz de un quinqué y la pantalla de una televisión encendida tras la barra.
    Pensaba en que Buenos Aires había sido el destino de toda mi vida: el viaje que planeamos los amigos al graduarnos de la universidad, la escapada que nos habíamos prometido Elena y yo después de casarnos, las vacaciones que me prometí con Adriana cuando cumpliéramos nuestro primer año en el trabajo… Regresé a la habitación alrededor de la media noche y telefoneé a casa; con la diferencia de horas me encontré a Sofía perfectamente despierta y a mi madre haciéndose ideas sobre por qué no había llamado en todo ese tiempo.
    Dormí muy poco en mi primera noche. Mi cansancio era menos que al llegar; eso y el que nunca había podido estar tranquilo en otro sitio que no fuera mi propia cama, me tuvo despierto desde las 4:00 am. Estuve haciendo zapping hasta que en la pantalla se puso en negro y comenzaron a pasar Alta sociedad, con Grace Kelly y Frank Sinatra. Supe que era hora de levantarme cuando hicieron el corte de estación y empezó el himno nacional.
    En cuestión de minutos me duché, vestí y abrigué bien para salir. Recogí en la recepción la información que Ana me había dejado, me colgué el bolso al hombro y comencé a leer sus indicaciones mientras caminaba.
    Tomé un asiento en la última fila del minibús a Santa Rosa, mientras trataba de lidiar con el tipo de cambio y hacía cuentas para darme idea en dólares de los 23 pesos del viaje. Abandonamos la ciudad por el poniente; mientras algunos se acomodaban para dormir durante el trayecto, yo desempañaba la ventanilla, me colocaba los audífonos y me las arreglaba con un vaso de café y un bizcocho. Adelante, kilómetros y kilómetros de ciudad. Ana me había escrito en el mapa una breve anotación con bolígrafo: “Kilómetro 50: No dejes de ver la Basílica de Nuestra Sra. de Luján, la patrona de Argentina”.  Pero a diferencia del vuelo, éste era un viaje sin paradas, así que me dediqué sólo a mirar los extensos campos de soya y las vacas que, decía ella, iba a encontrar lo largo del tramo.
    Amo los lugares comunes; el tiempo húmedo y la neblina que empezaba a bajar me hicieron buscar una tonada de tres minutos de piano y bandoneón que contaba un paso por Buenos Aires. Pueblos y ciudades pequeñas, doscientos diez kilómetros de ruta y tres horas y media después, las conversaciones a bordo del bus se habían agotado, los dormidos habían despertado y a los otros no nos había quedado más remedio que acomodar la cabeza entre el asiento y la ventanilla y abandonarnos al rumor del motor y el piso mojado en el que nos movíamos.
    Casi a las once de la mañana entramos a la terminal, un edificio de la época de la dictadura, levantado a cinco cuadras de la plaza principal, hecho de concreto, hierro y cristal. El viento frío en la cara me despejó por completo; hacía una mañana pálida, de un sol tímido. El lugar parecía vivo, gente en las boleterías comprando algún pasaje, mientras sus acompañantes esperaban sentados en el pequeño bar-café, al que me acerqué a comprar una botellita de ginger ale.
Salí a la galería, donde un par de autos de alquiler esperaban cliente, bajé los cinco o seis escalones y abordé uno. Pedí ir a Pelllegrini 645. 

Isabel en la madre patria (o la patria de mi madre)
Es tan difícil a veces decir las cosas… se queda una corta por no encontrar una palabra justa… Siempre pensé que era una locura aquello que decía Luis, acerca de que alguien debería inventar signos que pudieran ponerse junto a las palabras para hacerle sentir a quien te lee exactamente tu estado de ánimo; es decir, una especie de código que fuera entendido por todos y que le dijera a los demás cómo estás… Pasa así, que un día te das cuenta de que has visto mucha televisión y no tienes cosas para decir.
    Hoy llueve. Como dicen muchos, es una de esas tardes en que te pegas un tiro… Mi abuela es una gorda hermosa de Bragado. La vemos bien poco, estamos demasiado lejos y a ella le da más por visitarnos que nosotros por ir a verla. Diciéndolo de ese modo, pereciera que cada cuanto no vemos, pero no; en realidad nos vemos bien poquito.
    El caso es que alguna vez nos quedamos sin luz, en medio de la tarde y de la llovizna. Yo no paraba; estar sin luz me ponía insoportablemente aburrida, buscando un algo para hacer en una casa donde no hay electricidad. Creo que ya estaba por los 12 años. Nati me miraba, yo me acerqué a abrazarla porque siempre me pareció eso: una gorda hermosa que me entendía re bien, incluso más que mi mamá. Luego me quedaba sentada recargada en sus piernas. “Sos loquita peligrosa”, me decía la abue. “¿Por qué vos no te quedas tranquilita y mirás?” Me dijo de la nostalgia de los días así y yo le respondía que sí, que daba tristeza. “¿Pero vos hablás de tristeza?”, me preguntó y entonces eché la cabeza para atrás para mirarla aunque fuera de cabeza. “¿A vos lo lindo te parece alegre o triste? Yo digo nostalgia: cuando te acordás de un montón de cosas y de gente que está lejos, como yo lo hago con vos y Luisito. ¿Te das cuenta, princesa?, la nostalgia es así, ni es alegre ni triste; simplemente sentís que todo está bien y llorás por eso, porque está bien . Dejas que por un momento la vida se detenga; no hay afanes, no hay lugares a los cuales puedas llegar tarde…”
    Hoy es una de esas tardes en que me recuerdo de la abuela, me conmueve de algún modo, y me acuerdo de la prisa que tenía en aquel entonces, aunque no iba a ningún lado, y entonces pienso que debí quedarme más tiempo mirando los relámpagos y luego contando hasta que el sonido del trueno llegaba para saber si venía más lluvia o estaba por irse, como ella nos enseñó cuando éramos más pequeños. Al final, siempre pienso que fue de ella de quien más heredé, mucho más que estos ojos tan raros. A ambas nos pasa que cuando nos vemos y platicamos, juramos que mucho de eso ya lo habíamos vivido Hoy mamá y yo nos tomamos tiempo para hacer velas aromáticas para la abuela que le vamos a mandar.
    ¿Con qué signo se acompañará un texto que habla de la abuela?

  1. Cristina
    Agosto 30, 2007 a las 4:46 pm | #1

    Me interesa esta busqueda

  2. Junio 19, 2008 a las 8:34 am | #2

    Somehow i missed the point. Probably lost in translation :) Anyway … nice blog to visit.

    cheers, Legitimately.

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