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Capítulo nuevo. Bajo la lluvia

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Hacía un día terrible, de esos en que las coladeras terminan tapadas con la porquería que la gente lanza a la calle, en que los autos pasan y te bañan de los pies a los hombros, en que resulta imposible pasar a la otra esquina y el nivel del agua amenaza con alcanzar la acera.
    Llegué a la oficina con el pantalón mojado casi hasta las rodillas y de un humor terrible. Había hecho 50 minutos en el autobús, en un tramo de kilómetro y medio a lo más; el aire acondicionado en los vagones del Metro estaba descompuesto como siempre y la lluvia había desquiciado el servicio, de modo que habíamos estado unos cinco minutos en cada estación. No sabía qué me molestaba más, si el maldito calor que hacía allí dentro, los ambulantes pasando a la fuerza entre la gente para vender su mercancía de mierda o la idea de que mi día laboral no había siquiera empezado.
    Apenas se abrieron las puertas del elevador, Misa me esperaba con una libreta en la mano.
    —Te han llamado tres personas. Edelmiro Castellanos quiere que te pongas en contacto con él lo más pronto posible; de la oficina de la ACNUR, que ellos te llaman después, también está Ericka que te buscó unas tres o cuatro veces, pero no ha querido dejar recado.
    Las últimas dos semanas me había negado sistemáticamente a levantar la bocina y cuando lo hacía me excusaba de cualquier manera. Después opté por filtrar las llamadas a través de Misa, que solía ser nuestro pararrayos, nuestra agente de viajes, nuestra enfermera y a veces nuestra niñera.
    —Hazme un favor, Misa. Si llama de nuevo, dile que estoy ocupado o en junta, que en cuanto pueda yo le devuelvo la llamada.
    —Claro. ¿Quieres que te pida un café? ¿Algo de comer?
    —No, gracias. En una media hora, y apenas haya puesto algunas cosas en orden, pienso salir a comprar a la cafetería. No seas malita, comunícame con Edelmiro.
    Había poca gente en el piso a esa hora, así que fui a la oficina de nuestra editora de Internacional y le robé el pequeño calentador junto a su escritorio para intentar secarme un poco.
    Sonó entonces el teléfono.
    —¿Aló? ¡Juan Carlos!
    —Edelmiro, qué tal, cómo te va…

Mientras intentaba desahogar los textos de sobremesa para las primeras páginas y empezaba a tomar vida la redacción, empecé a incomodarme. Todos entraban escurriendo; el huracán Isidore acababa de golpear el Golfo de México y habíamos estado así durante los dos días previos; tormentas constantes que caían con distinta intensidad en toda la ciudad.
    Pensé que era humedad; la temperatura había subido un poco inexplicablemente, así que apagué el calentador y lo devolví a mi vecina sin que se diera cuenta. Fui al baño por toallas de papel, mojé una y me sequé el sudor de la cara y el cuello. Seguí hasta que no pude concentrarme más y entonces bajé por las escaleras hasta la entrada.
    Entré al Oxxo de la esquina y saqué una Coca Cola helada del refrigerador. Abrí y comencé a tomar de la botella antes de pagarla; sentí que todo empezaba a volver a la nortmalidad y salí a la calle a que me cayera un poco de agua sobre la cara. Sentí frío. El aire hizo darme cuenta de que estaba empapado en sudor, así que regresé a trabajar. Contra todo lo que tenía pensado, marqué al consultorio de mi ex cuñado Roberto, pero como siempre, fue Montse quien me contestó. 
    —Montse, soy yo, Juan Carlos. Dime que puedes darme una cita para hoy en la tarde.
    —Por lo menos un hola, majadero. Tengo un espacio a las seis y media, nuestra última cita nos canceló. ¿Estás bien?
    —No sé.
    Tenía el teléfono pegado a la oreja cuando Misael se acerco y me deslizó una nota en el escritorio: “Volvió a llamarte Erikca. Le dije la verdad, que habías bajado y que no sabía dónde estabas”. Le sonreí y le dije gracias sin hablar.
    —¿De nuevo aquel dolor? —me preguntó al otro lado de la línea.
    —Sí, pero ya no estoy seguro de que sea lo mismo de siempre. Estoy asustado.
    —¿Estás tomando algo?… Espera, dame un segundo.
    Mientras ella contestaba otra llamada, me di cuenta de que estaba llenándome de ansiedad y de miedo, que de unos meses a la fecha no me concentraba, tiraba de varios hilos a la vez sin lograr tener control de nada, dormía poco y comía mal. Mi vida era un desastre.
    —¿Estás?
    —Sí.
    —¿Quieres que le avise a mi hermana?
    —No. ¿Te veo en la tarde?
    —Ok. Cuídate. Besos.
    En la oficina todos se portaron solidarios, así que pude escaparme un poco antes. Me eché la chaqueta encima y entreabrí la persiana para mirar afuera; seguía lloviendo. Me despedí y bajé acompañado de Mireya, una de nuestras editoras, quien iba a buscar su auto, pues lo había dejado unas cuadras más allá y comenzaba a hacerse tarde. La besé en la mejilla y me quedé bajo la cornisa de la entrada oteando, en busca de un taxi desocupado. Frente a mí, del otro lado de la calle alguien comenzó a hacerme señas.
    No supe si enfurecerme o sentir una pena inmensa por aquello. Erikca me esperaba hecha una lástima, mojada en cada centímetro de ropa y de piel. El huracán le había pasado por encima y aun así quiso explicarse.
    —Intenté llamarte los últimos días, pero estabas ocupado…
    —¡¿Estuviste aquí parada todo el tiempo!?
    —Necesitaba hablar contigo, explicarte que me están pasando algunas cosas…
    —¡¿Bajo la lluvia?!
    Detuve un taxi y la metí conmigo. “A la colonia Roma, Guanajuato 189″, le pedí al conductor. Antes de que dijera otra cosa, la desabotoné y le quité la blusa, la hice ponerse mi chaqueta y subí el cierre hasta el cuello.
    —¿A dónde vamos?
    —Cállate, después hablo contigo.
    La ignoré el camino entero. Le di un billete de 20 al chofer y bajamos en la esquina. La tomé de la mano como chiquilla, me eché a andar adelante de ella y la llevé adentro.
    Se la entregué a Montse y le pedí que le diera un té y unas aspirinas, mientras yo tocaba para pasar al consultorio de Roberto.

—¿Y tú qué crees que es lo normal en un paciente que hace todo lo contrario de lo que le pido? Estoy hasta la madre de atender a gente que traga como animal, que pesa 135kilos y que viene a verme cuando se está quedando ciega, luego de 15 días con dolor de cabeza. Y todavía se preguntan si será algo que habrán comido. ¡Claro, las diecisiete vacas que se zampó! Ah, pero eso sí, nadie quiere dieta, nadie quiere ejercicio, nadie quiere hacerse responsable de las chingaderas que hace. Total, aquí está el pendejo del recetario.
    —¿Un mal día?
    —Esto también va para ti. ¿Qué crees que pueda yo hacer con algo como lo tuyo? Lo siento, te quiero mañana temprano para hacerte un ultrasonido; estás distendido y ya pasamos la etapa en que te puedo mandar a la farmacia y darte cita para dentro de seis semanas. Descansa lo que puedas hoy. En la mañana te digo qué vamos a hacer.
    Mientras me ponía de pie y me abotonaba, Roberto se paseaba con las manos en las bolsas.
    —¿Es tu novia?
    —Es mi amiga.
    —Que se bañe con agua caliente, que coma y que se meta a la cama. Tráela mañana, se va a enfermar. Yo tengo que cenar, estoy de muy mal humor. Quiero platicar contigo, pero prefiero hacerlo mañana, con mejor tono.
    Montse y Erikca estaban en la recepción con el control remoto en la mano, mirando el canal de Gourmet. Luego de apagar las luces salimos los cuatro juntos; yo del brazo de Montse y ella atrás, con Roberto.
    Volví a detener un taxi y fuimos a mi departamento. Ya no me sentía molesto o en todo caso ya no lo estaba con ella.
    —¿Son tus amigos?
    —Son mis cuñados, mis ex cuñados.
    —Ella es preciosa, muy bonita persona.
    —Es mi preferida de la familia. 
    A las 8:50 estábamos en casa. Le di una toalla, la sudadera y los pants más gruesos que hallé en el clóset. Esperé a que saliera del baño y la senté a la mesa conmigo, hice dos sandwiches de mermelada y la dejé hablar.
    —Estoy reprobando cuatro materias, mi papá ya me quitó el coche, el celular, y quiere hacer lo mismo con el departamento. Dice que tengo que volver a la casa. Te juro que nunca había estado así, me siento una pendeja todo el tiempo, pensando dónde estás, con quién y por qué no contestas el teléfono. Te fui a buscar porque quiero que me digas de frente que ya no me quieres ver, para que dejes de mandarme recados y que nunca te comuniques. ¿Sabes? —me dijo levantando la vista de la mesa— Eres un cobarde.
    No respondí nada. Simplemente fuimos a la habitación, nos metimos a la cama y dormimos espalda con espalda. A final de cuentas, fue ella la primera en enterarse al otro día. Roberto me sugirió pedir vacaciones o buscar una incapacidad médica.
    —Te voy a operar, esto urge. Ponle fecha. Entre más rápido lo hagamos, mejor. Vamos a hacer biopsia.
    Al oír esa última palabrita, sentí el apretón de Erikca en la mano, quizá pensando que me caería y que necesitaba sostenerme. (Texto en proceso)

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