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Archivo para Enero 2008

Capítulo en proceso. Feliz año nuevo

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Pasé Nochebuena en casa, con mamá y Sofía, mirando televisión desde la tarde en mi ex habitación, oprimiendo los botones del control remoto, yendo y viniendo sin encontrar nada, mientras ellas preparaban, salían a comprar y me llamaban de cuando en cuando para que probara y regresara de nuevo al sillón a ver una película en la que finalmente me quedé y que se llamaba algo así como 12 días antes de Navidad, en la que un ejecutivo, tras despertar en la cama de un hospital después de un accidente, recibe una oportunidad durante 12 días para cambiar su vida.
    Cenamos los tres juntos, mientras ellas me ponían al tanto de las últimas noticias sobre los vecinos y me decían que estaban pensando contratar tele por cable, así que decidí hacerles el regalo dos días después. Mamá quiso irse a dormir después de terminar, así que dejamos los trastos sin levantar hasta la mañana siguiente. Sofía se quedó conmigo un poco más en la mesa, para darle de comer a Fiorello, un gatito de semanas que se había encontrado abandonado en la calle una tarde que volvía de sus clases de inglés. En silencio, mientras me tomaba una taza de café, la vi preparar leche de fórmula en el microondas y alimentarlo con una pequeña mamila, mientras el enano le rasguñaba la muñeca queriendo aferrarse a la panza de su mamá.
    Luego de acostar a dormir a su huérfano, subió a cepillarse los dientes y volvió para darme un beso. Estaba decidido a irme a la cama, así que empecé a dar mi última vuelta por la planta baja y a apagar las luces. Volvía al fregadero a dejar mi tasa vacía cuando sonó el teléfono.
    —¿Hola?
    —Negro, hola, qué bueno que decidiste pasártela con tu mami. Quería saludarlas, ¿ya se durmieron?
    —No la friegues, Elena, es tardísimo.
    —Por eso te pregunto, ¿ya están dormidas?
    —Sí están. 
    —Bueno, llego mañana en la noche. Si quieres peleamos en la casa, pero avísales que les llamo durante la mañana para felicitarlas.
    —Ok, cuídate.
    —Bye.

Diez minutos antes ya estaba en el aeropuerto. La besé en la mejilla, la tomé de la mano y la ayudé con su equipaje hasta que nos metimos al taxi. No nos habíamos visto a la cara en todos esos minutos, pero sentados ambos en el asiento trasero y mientras me entretenía mirando nada por la ventanilla, ella se giró y me preguntó si estaba molesto. Negué con la cabeza.
    —Quiero que pasemos mi cumpleaños juntos. ¿Podemos?
    —Ya sabes que sí.
    —Tengo ganas de ir a aquel restaurante de Carlos y su esposa; el argentino ¿Te acuerdas?
    —¿A cuál de los dos?
    —El de la colonia Cuauhtémoc, fue el primero al que fuimos cuando empezamos a salir.
    —Pero al del sur hemos ido más veces. Siempre dijiste que te gustaba más por las mesas en la calle.
    —Esta vez quiero ir acá.

Estuve molesto casi toda la semana. Elena cumplía 30 el 30 de diciembre, pero me mantuve lejos esos días, buscando labores para pasar la noche fuera, llegar de madrugada y salir temprano por la mañana. Nuestros diálogos más largos se dieron vía mensajes escritos que nos enviábamos por el móvil para saber si nos quedaban pendientes por pagar o quién tenía la obligación de recoger la ropa de la tintorería que estaban por cerrar definitivamente a fin de mes.
    El sábado por la tarde, mientras ella estaba en San Cristóbal de las Casas, en su último encargo del año, salí a la calle con los recibos aferrados en la boca. Comenzaba a recibir los ganchos de ropa con los pantaones de ella y un par de sacos míos, cuando sentí el vibrador del celular en la bolsa. Me acomodé como pude y me puse el teléfono entre el hombro y la oreja mientras pagaba por todo.
    —Te llamo de carrera, ahorita que estoy comiendo, para acordarte de lo del lunes. ¿Te gusta a las tres?
    —Me parece bien.
    —¿En La Biela, entonces?
    —En La Biela, sí. Por cierto, recogí la ropa planchada.
    —Gracias, no se te olvide colgarla, ¿sí?
    —Ya sabes que no.
    Elena tenía planeado llegar el lunes antes del medio día, con tiempo suficiente para darse un baño, cambiarse de ropa y correr para comer juntos. En mi caso, simplemente se trataba de ir un rato durante la mañana a la revista, trabajar medio día, repartir abrazos y alcanzarla en el restaurante.

Había un cielo pálido. Las calles no tenían su estruendo habitual; había gente, pero el grueso caminaba sin ocupación, sin la carga del empleo que a final de cuentas iba a agobiarnos a todos a la vuelta del 2 de enero. Llegué faltando dos minutos para las tres y me senté en una de las mesas cercanas a la puerta. Pedí una cerveza oscura y algo pequeño para probar mientras esperaba. El mesero dejó caer la botella, pero me dejó un plato con quesos mientras iba por otra.
    Miré el reloj por primera vez cuando Elena llevaba diez minutos de retraso, pero no intenté llamarla hasta que cumplí media hora sentado ahí y tres veces rechacé que me tomaran la orden. Me desconcertó escucharla.
    —¿Sabes qué? Ya no me importa dónde estás. Si no querías hacer esto me lo hubieras dicho; no tenías que hacerme venir hasta acá para dejarme… Y menos este día.
    —Espera… oye… ¿Dónde estás…? ¿Elena? ¿Estás ahí? —silencio.
    —¿Dónde quedamos? —preguntó pausadamente después de unos segundos.
    —La Biela, en la Cuauhtémoc —dije sin titubear.
    —No, Carlos —dijo ella con la voz apagada y la respiración atascada en lágrimas—. ¿Sabes una cosa? No tiene caso. Voy a buscar un lugar para emborracharme y pasarme mi cumpleaños. Nomás te voy a pedir que no llames porque ya no te voy a contestar.
    —Elena. Si estás en el sur…
    —No, ya no quiero nada, Carlos. Adiós.
    Tomé un taxi que en 20 minutos me dejó en San Ángel. Ella ya no estaba esperando, por supuesto. Su teléfono me enviaba directamente al buzón o me colocaba como llamada en espera. Estuve de regreso cuando el sol comenzaba a ponerse en el centro de la ciudad; me senté en una banca e intenté otra vez antes de irme a casa. Pero ahora sí contestó. Me dijo que estaba bebiendo, pero algo en su voz me decía que fingía, que no era buena tomando ni actuando. Desistí de todos modos porque en una discusión al teléfono no se puede ganar.
    Me fui a casa y la esperé hasta que me quedé dormido. Dos veces entre las 11:30 y las 12:30 desperté, pero su celular me envió de nueva cuenta al buzón. Casi a las cuatro me levanté y fui a oscuras hasta la estancia para mirarla desde aquella ventana cuando llegara. De pronto la distinguí en el sofá, me acerqué a ella y la vi echa un ovillo, pasando frío, completamente perdida y completamente borracha.