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Archivo para Junio 2008

Capítulo sin número. El señor gobernador

La tarde que nos entrevistamos con él, lo hicimos en su oficina. Lo esperamos durante varios minutos al fondo de una pequeña sala; anótabamos mentalmente los detalles, la madera fina y fresca con la que había mandado enchapar su despacho, la alfombra marrón de pared a pared, el librero antiguo repleto de libros inútiles con empastado de lujo, el retrato del presidente de la República a la espalda de su escritorio.
    Lo vimos entrar a toda prisa, acompañado de su secretario particular, quien de inmediato nos tendió la mano. Apenas se acercó a su escritorio, oprimió el botón del speaker y continuó con una llamada que al parecer tenía avanzada.
    —Dile al presidente que no.
    —¿Es tu última palabra?
    —Sí, señor, Así dile.
    —Qué bueno. Le dará gusto saber que no nos necesitas para nada, que tu gente está tranquila.
    —Invítalo a que se quede en la ciudad, que se mueva hasta el siguiente día. Dile que le prometo un acto bonito y luego una comida —sin prensa— que lo va a mandar al cielo sin morirse.
    —Ah, cabrón. ¿Qué? ¿Va a cocinar la Virgen María, o qué?

Nosotros nos quedamos hasta aquel día. Tres semanas más tarde, el presidente, el gobernador y el secretario de Desarrollo Social ante varios cientos de personas y un sol de 35 grados.
    El gobernador era un hombre eufórico y su discurso barato, fraseado y en un tono de 25 años atrás. La bienvenida se había sellado esa mañana con un apretón de manos entre ambos, mientras el gobernador agachaba humildemente la cabeza. Ernesto Ramírez, el fotógrafo que nos acompañaba, congeló una escena, que en su crónica Dijard describió como “genuflexión”. Más tarde, mientras íbamos de vuelta al hotel y la policía adelantaba por las calles y taponaba los cruces para la salida del presidente, nos llegó un mensaje desde atrás del hospicio Cabañas, donde los granaderos de Alan Varela, entonces responsable de la Dirección de Seguridad Pública, le ponían una golpiza memorable a un pequeño grupo.
    Por la noche, cenábamos en el restaurante del hotel cuando una amiga, reportera de El Economista, nos regaló un audio que su editor había preferido dejar pasar argumentando criterios editoriales. Pedimos lo único que quedaba en la cocina: pechugas empanizadas con verduras al vapor y café americano. Mientras esperábamos, ella echó a andar la grabadora; era la voz del gobernador dirigiendo desde su celular el operativo de salida del presidente.
    —¡¿Quién era el pendejo que traía a los indios esos?! ¡¿Y quién los dejó pasar?! Pues lo arrestas o me lo mandas mucho a la chingada. (silencio) ¡Por mí, párteles la madre!

Con el escándalo encima, a la mañana siguiente se vio obligado a recibir una comisión. Sentado tras una mesa de cristal, golpeaba el vidrio con su pluma. Conforme los escuchaba, su rostro se endurecía, adelantaba la quijada; finalmente echó el cuerpo hacia atrás con aire retador.
    “Queremos vivir contando con lo elemental, y si por ello hay que recibir más golpes y exponer nuestras vidas, lo haremos con gusto”, le gritaba una joven mujer que leía un documento.
    El gobernador explotó:
    —¿A qué vinieron? ¿A insultarme o a exponerme sus problemas? Yo puedo oírlos de buen modo, pero cada que actúen como lo han hecho, mi gobierno los tratará de igual forma.
    Más sosegado, quiso componer su obra y volteó a ver a su gente: “¿Por qué me traen a esta gente? ¿Qué? ¿Creen que no me da vergüenza verlos así, con esas heridas… A ver, ¿cuánto quieren para curarse? (En proceso)