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Archivo para Noviembre 2008

Setenta palabras en la pared

Toqué la puerta del baño. Se estaba haciendo tarde. Elena salió con un pañuelo de papel arrugado en la mano y con una media sonrisa se colgó el bolso más pequeño al hombro. Recogí una mochila del sillón pequeño, tomé la maleta grande de la jaladera y la traje rodando hasta la entrada. Abrí para que ella saliera primero, pero puso sus cosas en el piso y se abrazó a mí.
    Para ella, las cosas significativas existían. Tenía la casa llena de objetos que le decían algo, libros que amaba por una dedicatoria, discos que escuchaba sólo por la persona de la que venían; había tenido por siete años la misma llave para entrar y la noche anterior la había sacado del llavero para llevársela. Se abrazó a mí como una forma de abrazar las cosas que dejaba, incluido yo mismo.
    Ella sabía que no era católico, pero aun así me tomó de las muñecas y empezó con sus dedos a persignarme y tocarme en la frente, el pecho y los hombros, antes de acercar su mano a mi boca. Me acarició la mejilla, respiró hondo y recogió su bolso. “Lista”.
    Esperamos abajo un par de minutos, saludamos a tres vecinos que entraban al edificio. La hice repasar el lugar en el que llevaba cada cosa, el pasaporte, su identificación, dinero, la agenda… Al llegar el taxi, pusimos todo en la cajuela y le pedimos llevarnos al aeropuerto. Hicimos el recorrido completo tomados de la mano; el conductor llevaba el estéreo del auto a bajo volumen y las ventanillas subidas; afuera enfriaba. ”¿Escuchas?”, me preguntó. Era una canción viejita, de nuestra adolescencia que decía ”Si no quieres no tienes que responder,/ pero quisiera saber/ qué soy yo para ti…” Entrábamos a las salas de salidas internacionales de la terminal cuando vimos levantarse un avión de Delta. “En uno de esos salgo”, dijo mientras lo miraba remontar por encima de nosotros. Sin soltarnos fuimos hasta el mostrador para documentar el equipaje y dejar todo listo; teníamos tiempo y queríamos comer juntos. Cuando empezábamos apenas a mirar dónde sentarnos, Sofía, Montse y Roberto levantaron la mano desde un gabinete en el que nos esperaban con una limonada, una coca de dieta y un plato del que picaban camarones rebosados.
Elena estaba radiante, ruborizada y agobiada, como siempre. Los tres se movieron de un solo lado y nos dejaron al otro extremo. Ambos pedimos un café americano, un vaso de agua y un mundano club sandwich. Sofía y los muchachos hablaban con ella, preguntaban sobre el nuevo trabajo, el lugar donde pararía antes de buscar su propio departamento; se adelantaban a pedirle cosas para el momento en que regresara a México con las maletas llenas de regalos región 1. Yo la miraba responder, miedosa y entusiasmada a la vez; me limitaba a hacer pedazos una servilleta de papel.
Le puse al teléfono a mi madre, cuando a nuestro lado se sentaba una pareja con una niña lindísima…

(En proceso)