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Como las princesas de mentiritas

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Terminamos un lunes, recostados sobre los brazos del sillón pequeño de la sala; yo, mirando sobre su hombro; ella, tejiendo y destejiendo una pequeña trenza en su cabello con los pies subidos sobre el mueble de los discos.
    —Como las princesas de mentiritas, a la media noche las partes buenas que hay en mí desaparecen. Y yo ya no puedo lidiar con odiarte cada vez que esto pasa y tener que mirarme y mirarte después y chillar porque sigo enamorada de ti y me da miedo que todo se venga abajo entre nosotros, porque no sé qué voy a hacer si un día despierto y descubro que ya no siento nada por ti.
    —Qué horrible, ¿no?
    —Tú dímelo.
    Miré el reloj.
    —… ¿No tienes que trabajar mañana?
    —¿De veras, en medio de esto es relevante si trabajo mañana o no?
    —Es sólo que no sé qué decirte. 
    —Que me dejas ir. Que no me vas a buscar y que vas a estar bien. No es fácil evitarte, creéme que no me lo haces sencillo; odio la idea de doblarme, de leerte, extrañarte y ceder por las razones equivocadas. Por eso te lo digo así de claro: no quiero que me busques.
    “A partir de mañana no nos vemos más; créeme que no voy a dar pelea por nada. Yo te adoro y creo que hasta la fecha tú también a mí, eres un hombre decente y honesto y a nadie más le diría esto: de todo lo que tenemos coge lo que quieras, llévatelo, no me des cuenta de nada.”
    —No te preocupes. Realmente es muy poco lo que hay mío. Ni siquiera es algo en lo que piense; tengo la cabeza tan llena de cosas y de reproches que ya mismo podría hacerte una escena…
—No la hagas.
    —Por eso digo que podría. Porque no fui sólo yo quien no pudo entenderte… eras también tú.  Dividías tu mundo entre nosotros y tus amigos, era como si me guardaras de ellos o quizás era a ellos a quienes mantenías a salvo de mí. No lo sé. Yo no podía entrar, no me dejabas… nunca me dejaste. Salías durante días y cuando volvías a la ciudad y yo pensaba que querrías estar conmigo, tú simplemente planeabas tu fin de semana con ellos, me dabas un beso, te ibas y nunca te preguntabas qué quería yo.
    —Ahí está, ¿te das cuenta? Todo es acerca de ti.  No digo que no tengas razón, pero era algo que establecimos y sobre lo cual me queda claro que cambiaste de opinión. Salir sola nunca, y escúchalo bien, nunca puso a discusión si yo te quería más o te quería menos… pero era mi espacio. Ahora, no te permito que cuestiones la parte laboral porque tú también tienes una y si no te obliga a salir tanto como a mí es porque tú la escogiste.
    “¿Qué se supone que deba hacer? ¿Vivir para mi trabajo y para ti? ¿Solamente? Eres muy injusto, porque yo como tú soy muchas cosas, me divido todo el tiempo entre un montón de gente, incluidos mis hermanos, tu mamá y Sofía, que también son mi familia desde que me casé contigo. Uso estos tenis porque tu hermana me los regaló, los aretes me los diste tú; voy todo el tiempo con cosas de la gente que quiero y eres al único al que parece no bastarle…
    “Te he querido un putero, todavía te admiro porque además has sido mi cable a tierra… Dicen que no se puede ser amiga de quien fue tu pareja, pero yo quiero ir contra el pronóstico y te necesito en esto.”
    No sé cómo lo hizo, pero se bañó y se fue temprano. Telefoneé a casa para pedirle a mi madre que me dejara quedarme. Mi habitación seguía ahí, debajo de un montón de ropa sin doblar y sin guardar, converida además en el lugar de trabajo de Sofía. Después de atender la junta de medio día, volví al departamento, llené un par de cajas con ropa, tomé los ganchos con la tintorería reciente y mi laptop. Llamé un taxi de sitio y me fui de regreso a casa de mis padres.
(En proceso)
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