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Archivo para Junio 2009

Capítulo sin número: Furia

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Por alguna extraña razón, cuando era pequeño, aquella figura enorme y brutal me parecía fascinante. La noche en que descubrí el porqué, la sensación me sacudió; estuve durante horas boca arriba en la oscuridad de mi habitación. Mirando los rasguños de luz que entraban desde afuera a través de las persianas, no conseguía que mis manos pararan de temblar.
    Habíamos dejado la oficina a media noche. Volvíamos a casa en el auto de David, quien me dejó en un bajopuente de Circuito Interior, a apenas tres cuadras de una estación del Metro. Me despedí de ellos, di un portazo y me eché a caminar.
Apenas había dado unos pasos fuera del coche cuando de lo oscuro salió alguien que de inmediato comenzó a caminar conmigo, un tipo flaco, mugriento, correoso, que rengueaba de la pierna izquierda. 
    —Regálame una moneda —me pidió, pero fingí no escucharlo, haciendo tiempo y al mismo tiempo apretando el paso para acercarme a la entrada del subterráneo—. Regálame una moneda —insistió.
    Respondí que no llevaba monedas, pero el hombrecillo aquel no se rindió: me pidió no sé si diez o 20 pesos y lejos de desistir me tomó del brazo como si fuese mi amigo. 
    —Ah, traes celular —reparó mientras miraba al costado de mi cinturón. Pensé en correr, pero me acobardé pensando que quizás no estaba lastimado, que su renguera era un truco y que me daría alcance apenas lo intentara—. Todos me conocen por aquí, soy muy cabrón —me dijo en otro tono casi de confidencia que me hizo sentir un vuelco en el estómago.
    De pronto, no sé cómo, quizás porque estábamos llegando y eso exigía hacer algo, nuestra marcha se detuvo. Apuró con su mano derecha hacia el teléfono, mientras con la izquierda lanzaba un latigazo sobre mi cara. Sentí mis anteojos partirse del entrecejo, la correa de mi reloj rajarse e irse todo al suelo al mismo tiempo. Y entonces el silencio, antes de la explosión…

Lo tomé de las solapas llevándolo casi en vilo hasta ponerlo de espalda contra la cortina metálica de un negocio cerrado. El choque fue estruendoso. Lo sostuve ahí con una mano mientras con la otra golpeaba enfurecido su rostro… Miré un segundo al final de la calle y vi a un grupo venir a toda carrera. Pensé que si venían por mí, estaba muerto.
    Había estado buscando un razón para explotar y esa noche me rendí por fin; su mano grasientaen mi rostro me ayudó a salir; no iba a aceptar que volvieran a arrebatarme algo sin pelear. Nunca más… 
    Al cabo de unos días me vi contándole todo esto a una terapeuta. No había una sola emoción en mi voz, pero temía que comenzara a reírse cuando usé ese ejemplo infantil. (Texto en proceso)

Estoy aquí

waterbottle

Viví durante cinco semanas con mi madre y Sofía antes de mudarme de nuevo. Comencé a experimentar ataques de ansiedad desde el segundo o tercer día en casa y empecé a tener conmigo todo el tiempo una botella de agua con la que intentaba recuperar algo de calma. Se volvió algo casi obsesivo de modo que tomab varios litros al día. Perdí la concentración casi por completo, daba vueltas en la cama antes de dormirme y empecé a dedicar casi la mitad del tiempo a encontrar donde vivir.
    Hallé un departamento al día siguiente que Adriana me propuso mudarme con ella y compartir los gastos de un solo sitio. Pero yo no quería vivir con alguien que ya era dueña de todos los espacios, que irremediablemente empezaría a tratarme como novia y como madre y a quien a la larga le iban a incomodar mis hábitos que entre los más disculpables incluía ver televisión hasta muy tarde, así que le dije que estábamos muy grandes para intentar ser compañeros.
    Hablé a la inmobiliaria y empecé los trámites de renta. A las tres semanas me entregaron las llaves y esa misma tarde fui a la nueva dirección con Dijard. Todo estaba cubierto de polvo y la cerradura de la entrada estaba floja y mal colocada. Ambos hicimos una pequeña lista de lo que necesitaría para empezar ahí: una cama, un mueble para ropa, un refrigerador, un par de sillones tal vez, una mesa y sillas, plantas para la pequeña jardinera que dividía la sala y el comedor, trastos, un juego de desarmadores, una cortina para la ducha y cinco focos. 
    Vi entonces todo lo que me faltaba por hacer, las paredes vacías, las ventanas sin cortinas, ningún lugar donde detenerse, sentarse o quedarse, excepto una cubeta vacía de pintura que había quedado en el medio de la recámara. Abrí una botella nueva y comence a beber hasta que la terminé toda de un solo trago. Al final, el sentimiento seguía ahí; el agujero en medio del pecho que no te deja respirar.
    Creo que fue ahí cuando finalmente me di cuenta y la ansiedad se detuvo y se convirtió en otra cosa. Me senté sobre el bote sucio, con las manos en las rodillas y la botella apenas sujeta a mis dedos. Adriana se tumbó en el piso frente a mí y me escuchó por 40 minutos mientras le contaba mi última charla con Elena.
    —Necesito una botella de agua, una caja de ansiolíticos, una nueva vida…
    Me tomó las muñecas. Yo le respondí con una media sonrisa.
    —Vamos a sacarte de ésta, ya verás. A veces, simplemente tienes que… esperar.
    —Esto es demasiado grande para mí solo —dije mirando la habitación—. ¿Puedes venir alguna vez a hacerme compañía? Podemos hacer una pijamada.
    —¿Me invitas?
    —También puedes pasar de cuando en cuando, sin pijama y quedarte.
    —Ya experimenté eso y la última vez que pasó me evitaste durante casi un año —dijo mientras ponía su mano sobre mi rodilla. La ayudé a levantarse del piso y a sacudirse el pantalón. Le di un beso cerca de la boca y salimos de ahí.
    —Necesito una botella de agua. (En proceso)