Estoy aquí

waterbottle

Viví durante cinco semanas con mi madre y Sofía antes de mudarme de nuevo. Comencé a experimentar ataques de ansiedad desde el segundo o tercer día en casa y empecé a tener conmigo todo el tiempo una botella de agua con la que intentaba recuperar algo de calma. Se volvió algo casi obsesivo de modo que tomab varios litros al día. Perdí la concentración casi por completo, daba vueltas en la cama antes de dormirme y empecé a dedicar casi la mitad del tiempo a encontrar donde vivir.
    Hallé un departamento al día siguiente que Adriana me propuso mudarme con ella y compartir los gastos de un solo sitio. Pero yo no quería vivir con alguien que ya era dueña de todos los espacios, que irremediablemente empezaría a tratarme como novia y como madre y a quien a la larga le iban a incomodar mis hábitos que entre los más disculpables incluía ver televisión hasta muy tarde, así que le dije que estábamos muy grandes para intentar ser compañeros.
    Hablé a la inmobiliaria y empecé los trámites de renta. A las tres semanas me entregaron las llaves y esa misma tarde fui a la nueva dirección con Dijard. Todo estaba cubierto de polvo y la cerradura de la entrada estaba floja y mal colocada. Ambos hicimos una pequeña lista de lo que necesitaría para empezar ahí: una cama, un mueble para ropa, un refrigerador, un par de sillones tal vez, una mesa y sillas, plantas para la pequeña jardinera que dividía la sala y el comedor, trastos, un juego de desarmadores, una cortina para la ducha y cinco focos. 
    Vi entonces todo lo que me faltaba por hacer, las paredes vacías, las ventanas sin cortinas, ningún lugar donde detenerse, sentarse o quedarse, excepto una cubeta vacía de pintura que había quedado en el medio de la recámara. Abrí una botella nueva y comence a beber hasta que la terminé toda de un solo trago. Al final, el sentimiento seguía ahí; el agujero en medio del pecho que no te deja respirar.
    Creo que fue ahí cuando finalmente me di cuenta y la ansiedad se detuvo y se convirtió en otra cosa. Me senté sobre el bote sucio, con las manos en las rodillas y la botella apenas sujeta a mis dedos. Adriana se tumbó en el piso frente a mí y me escuchó por 40 minutos mientras le contaba mi última charla con Elena.
    —Necesito una botella de agua, una caja de ansiolíticos, una nueva vida…
    Me tomó las muñecas. Yo le respondí con una media sonrisa.
    —Vamos a sacarte de ésta, ya verás. A veces, simplemente tienes que… esperar.
    —Esto es demasiado grande para mí solo —dije mirando la habitación—. ¿Puedes venir alguna vez a hacerme compañía? Podemos hacer una pijamada.
    —¿Me invitas?
    —También puedes pasar de cuando en cuando, sin pijama y quedarte.
    —Ya experimenté eso y la última vez que pasó me evitaste durante casi un año —dijo mientras ponía su mano sobre mi rodilla. La ayudé a levantarse del piso y a sacudirse el pantalón. Le di un beso cerca de la boca y salimos de ahí.
    —Necesito una botella de agua. (En proceso)

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