Capítulo sin número: Furia

Por alguna extraña razón, cuando era pequeño, aquella figura enorme y brutal me parecía fascinante. La noche en que descubrí el porqué, la sensación me sacudió; estuve durante horas boca arriba en la oscuridad de mi habitación. Mirando los rasguños de luz que entraban desde afuera a través de las persianas, no conseguía que mis manos pararan de temblar.
Habíamos dejado la oficina a media noche. Volvíamos a casa en el auto de David, quien me dejó en un bajopuente de Circuito Interior, a apenas tres cuadras de una estación del Metro. Me despedí de ellos, di un portazo y me eché a caminar.
Apenas había dado unos pasos fuera del coche cuando de lo oscuro salió alguien que de inmediato comenzó a caminar conmigo, un tipo flaco, mugriento, correoso, que rengueaba de la pierna izquierda.
—Regálame una moneda —me pidió, pero fingí no escucharlo, haciendo tiempo y al mismo tiempo apretando el paso para acercarme a la entrada del subterráneo—. Regálame una moneda —insistió.
Respondí que no llevaba monedas, pero el hombrecillo aquel no se rindió: me pidió no sé si diez o 20 pesos y lejos de desistir me tomó del brazo como si fuese mi amigo.
—Ah, traes celular —reparó mientras miraba al costado de mi cinturón. Pensé en correr, pero me acobardé pensando que quizás no estaba lastimado, que su renguera era un truco y que me daría alcance apenas lo intentara—. Todos me conocen por aquí, soy muy cabrón —me dijo en otro tono casi de confidencia que me hizo sentir un vuelco en el estómago.
De pronto, no sé cómo, quizás porque estábamos llegando y eso exigía hacer algo, nuestra marcha se detuvo. Apuró con su mano derecha hacia el teléfono, mientras con la izquierda lanzaba un latigazo sobre mi cara. Sentí mis anteojos partirse del entrecejo, la correa de mi reloj rajarse e irse todo al suelo al mismo tiempo. Y entonces el silencio, antes de la explosión…
Lo tomé de las solapas llevándolo casi en vilo hasta ponerlo de espalda contra la cortina metálica de un negocio cerrado. El choque fue estruendoso. Lo sostuve ahí con una mano mientras con la otra golpeaba enfurecido su rostro… Miré un segundo al final de la calle y vi a un grupo venir a toda carrera. Pensé que si venían por mí, estaba muerto.
Había estado buscando un razón para explotar y esa noche me rendí por fin; su mano grasientaen mi rostro me ayudó a salir; no iba a aceptar que volvieran a arrebatarme algo sin pelear. Nunca más…
Al cabo de unos días me vi contándole todo esto a una terapeuta. No había una sola emoción en mi voz, pero temía que comenzara a reírse cuando usé ese ejemplo infantil. (Texto en proceso)
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