
Hay una canción que inicia con un pequeño puñado de frases de las que siempre me acuerdo: “La vida me ha tratado bien./ Murió mi padre, yo era un niño,/ mas nunca me faltó cariño/ y así crecí”.
Mi padre murió cuando yo tenía 24 años. Estuve al lado de su cama durante su última noche y corrí con la carga de telefonear a casa, a las seis de la mañana, cuando empezó su agonía. Mamá y Sofía llegaron en menos de diez minutos; se habían acostumbrado a dormir vestidas, con los zapatos calzados, a tener las llaves y el abrigo a la mano, esperando el desenlace.
Lo lloramos solos durante una hora. Después de eso, Sofía, que tenía apenas doce años, se encargó de llamar a la familia, mientras yo empezaba a arreglar el funeral. Para el medio día teníamos la casa llena de mujeres, metidas en la cocina, mientras los hombres conversábamos afuera. Había pasado el estupor, el golpe de haberlo perdido; para nosotros comenzaba el duelo, la parte más difícil.
Cremaron su cuerpo a las 5:30 de la tarde, sin sacerdotes, sin servicios religiosos. Sin esos oscuros grupos de mujeres enjutas que aparecen de pronto en la sala de tu casa, rezando novenas, sin que nadie sepa quién les abrió la puerta. Nos entregaron su ropa en una bolsa de papel y sus cenizas en una pequeña ánfora de cerámica negra que terminamos poniendo en una gaveta sellada del cementerio. Era diciembre, diciembre 13. Queríamos tenerlo para las navidades, pasar con él la noche de Año Nuevo, pero no pudimos. Las últimas tres semanas, su deterioro fue increíble, a tal grado que ya no despertaba sino por momentos, cuando nosotros dormíamos.
La tarde anterior a mi ingreso al hospital recordé esa mañana mientras miraba desde la barra un juego de futbol americano. Erikca nos invitó a comer al restaurante que su mamá tenía en la colonia Condesa. Era domingo y ese día cerraban, así que tomamos el lugar para nosotros. Ella, mi madre, Montse y Sofía fueron acomodándose en la mesa alrededor de mí. Más tarde se nos unieron Roberto; Misael; Hugo, mi jefe de edición; Fernanda, nuestra jovencísima correctora de la revista; Alex Ríos, nuestro jefe de Infografía, y Adriana, quien llegó con un ramo de flores y un pastel.
Se me notaba en la cara un algo de angustia, así que el pacto era no hablar del tema al menos hasta despedirnos. Pero algo me obligó a admitir que esa tarde no encontraba nada mejor qué decir; me sentía incapaz de ser articulado, coherente y civilizado y, demonios, debía admitir que tenía mucho miedo. Así que metí mis dedos entre las manos de mi madre y de Sofía y empecé a hablar sin orden de lo miserable que me sentí el día que mi padre murió y de cómo me había llenado de rabia perderlo antes de madurar y de tener algo más a qué sujetarme en la vida; lamenté haberme escondido bajo la tierra cuando me separé de Elena, haberla excluido de todas mis cosas, alejarla hasta prohibirme contarle las cosas más serias de todo aquello que me estaba pasando. Me sentía tan fuera de control, que en algún punto de aquello, una inflexión de voz le puso fin a mi discurso sin fisuras, de modo que Adriana se levantó de su silla, caminó desde el otro lado de la mesa y se me colgó del cuello, impidiéndome verle la cara descompuesta.
Al otro lado de la mesa los amigos se mantuvieron firmes, sosteniendo la mirada mientras era presa del apapacho femenino más prolongado de mi vida. Me acodé en la mesa y resoplé en el cuenco de mis manos. Bueno, vamos a comer, les dije, mientras Adriana volvía del baño, limpiándose los mocos.
Conversamos durante horas de televisión, de películas, del trabajo, de política y de vida diaria. Apenas hicimos una pequeña escala para agradecerle a Erikca por el lugar y por la comida, que tratamos de que fuera lo más sencilla posible: mucha ensalada, pizzas, refresco de dieta, vino tinto y café. Alrededor de las 7:30 el celular de Montse comenzó a sonar, miró el identificador y salió a la calle a contestar la llamada. Un minuto y medio después entró por la puerta, acompañada de Elena, que venía sonrojada, apenas con una blusa de seda, aunque la tarde enfriaba.
—¿Cómo estás? —me besó en la mejilla.
—Muerto de miedo.
—Perdóname, pero acabo de llegar. Sólo pasé a la casa a dejar las cosas y me tomé un taxi para acá. Gracias, manito —dijo mientras Roberto le prestaba un suéter.
Se sentó con nosotros y Erikca se levantó de inmediato para acercarle café y una rebanada de pastel. No dejé de mirarla mientras ponía el plato y la taza sobre la mesa, mientras le daba un sobrecito de Canderel y colocaba una cucharilla junto a él. Antes de darse media vuelta para irse con la charola, levanto la vista y me sonrió.
Sofía vino a sentarse en mis rodillas y a darme de comer migajas de pastel en la boca mientras hablábamos de dietas, de hábitos saludables y las mujeres se embobaban cuando Roberto, el doctor, intervenía y parecía tener el secreto para entrar en toda la ropa. Cuando terminamos y salimos, no permití que nadie me acompañara más allá de la acera. Regresé con mis dos mujeres a casa para quedarme por un tiempo. A Erikca le di las llaves de mi departamento y le pedí que le echara un ojo cada vez que pudiera. Abracé a cada uno y los dejé ir. Me detuve con Elena para preguntarle cómo estaba ella.
—Bien. Terminando algunas cosas, pero ya habrá tiempo para que las platiquemos en cuanto salgas. Sal pronto, ¿está bien?
—Ok. Te lo prometo.
Llegamos a casa y mamá se fue directo a dormir. Sofía y yo encendimos la tele y nos quedamos mirando una película ya comenzada de Tin-Tan.
—¿No lo extrañas a papá?
—A veces. A veces más. Pero tú eres tan buen papá como él.
La miré fijamente.
—Saliste a él. No eres un pendejo. Siempre has sido muy seriecito, no recuerdo haber peleado contigo y además mis amigas te aman.
—¿Quién, por ejemplo?
—¿Te acuerda de Marifer?
—¿La rubiecita de mezcllilla a la cadera?
—Esa.
—Es una reinita.
—Eres un cochino.
Salí a correr a las siete de la mañana. Había estado haciéndolo durante los días previos. Había bebido sólo café y agua, y mis medicamentos los había tomado religiosamente. Los estudios preoperatorios habían estado listos desde el lunes anterior, aunque los moretes en mi brazo todavía se veían. Desayuné con Sofía antes de que saliera a la universidad y me fui a la oficina. Era un poco temprano, así que me pasé por el Panteón de San Fernando para lustrarme los zapatos.
Subí por las escaleras al primer piso y Carlos, el director de la revista, se extrañó de que estuviera ahí. Conversando, casi lo obligué a que me invitará a entrar a su oficina; cuando estuvimos cada uno en un lado del escritorio, le deslicé la hoja con mi renuncia. De inmediato se levantó y fue a cerrar la puerta. Quiso saber por qué; es decir, no le era desconocido que yo trabajaba para la revista por honorarios y que la empresa no tenía ninguna obligación conmigo. Le expliqué que aquello era secundario y que no había más que la necesidad de irme. De nuevo volví a abrir mi carpeta y le puse en el escritorio, impreso, un último texto para la revista, acompañado de un diskete con el archivo: Guadalajara, 1999; la historia de la limpia de indigentes y bajo todo ese cochinero el nombre de Eduardo Sánchez-Vitt, La Muñeca, el recién designado subsecretario de Seguridad Pública federal.
Es curioso. En las habitaciones de los hospitales no hay corazones rotos, clásicos de futbol ni noticias del mundo; no llegan los sobres del correo que anuncian que estás en la última etapa del concurso de Reader’s Digest para ganarte un auto, ni avisos de ejecuciones de hipotecas ni proyectos de trabajo con sus respectivos nuevos afanes. Es extraño, pero no hay lágrimas dentro de esas cuatro paredes o en los pasillos que llevan a cada habitación; difícilmente lloras y apenas maldices lo que te pasa. No tienes fuerza para más.
Cuando hacen el último movimiento para pasarte de la camilla a la plancha de operación tienes miedo, pero estás rendido por el estrés y la lucha contigo mismo durante todas esas horas sin sueño. Lo único que esperas ahí, boca arriba, es que una vez que miren dentro de ti, encuentren todo normal. Desde el ángulo ciego en el que te encuentras, buscas una inflexión en sus voces, y eventualmente un pequeño gesto que te permita saber si tras el tapabocas hay algo malo que vayas a saber después.
Aquello dura más de lo que cualquiera podría esperar, duele la aguja entrando en tu brazo, la aguja más grande que entra en el dorso de tu mano; duele cuando te afeitan y duele más aún cuando te colocan de lado para la epidural. Lo peor viene un par de horas después, en recuperación, cuando comienzas a sentir, a tener de nuevo conciencia de tus piernas y te niegas, aterido en aquella sala fría a moverte una sola pulgada. Entonces, tal vez, sí quieres morirte.
Soy demasiado cobarde. Mi niñez enfermiza, las constantes infecciones, las fiebres, los inicios de fiebre reumática que obligaban a mi papá a levantarse de madrugada a frotarme las piernas con alcohol y a darme una aspirina para adulto me hicieron odiar las agujas. El sentimiento me invadía cada vez que me inyectaban. No hallaba más refugio que confiarle a mi madre que no me gustaba estar enfermo; le rogaba para que le pidiera al médico por mí; le prometía tragar cualquier cosa que me ayudara a estar bien a cambio de que no pusiera en la receta ningún inyectable. Pero siempre había alguno y cuando los tratamientos terminaban ella trataba de compensarme llevándome a uno de los puestos del mercado municipal donde me compraba un luchador o un cochecito. Pero a los treintaitantos no puedes esperar que te consuelen igual.
Cuando llegó la hora de visita por la tarde, quería pedirle a mi madre y luego a Montse y después a Adriana que me rescataran de aquello como pudieran. Les preguntaba insistentemente por Roberto; Dios sabe lo que deseaba que me autorizaran el analgésico más fuerte para no despertar hasta que todo hubiera terminado y pudiera levantarme sin ningún esfuerzo. Pero a esas horas él estaba atendiendo sus consultas y no regresaría a verme sino hasta la mañana siguiente, dejándome bajo la tutela de dos enfermeras jovencitas pero inclementes que no aceptaban un no por respuesta.
Me obligaron a levantarme temprano para bañarme y tomar un desayuno austero (En proceso)
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