Capítulo en proceso. Feliz año nuevo

Pasé Nochebuena en casa, con mamá y Sofía, mirando televisión desde la tarde en mi ex habitación, oprimiendo los botones del control remoto, yendo y viniendo sin encontrar nada, mientras ellas preparaban, salían a comprar y me llamaban de cuando en cuando para que probara y regresara de nuevo al sillón a ver una película en la que finalmente me quedé y que se llamaba algo así como 12 días antes de Navidad, en la que un ejecutivo, tras despertar en la cama de un hospital después de un accidente, recibe una oportunidad durante 12 días para cambiar su vida.
Cenamos los tres juntos, mientras ellas me ponían al tanto de las últimas noticias sobre los vecinos y me decían que estaban pensando contratar tele por cable, así que decidí hacerles el regalo dos días después. Mamá quiso irse a dormir después de terminar, así que dejamos los trastos sin levantar hasta la mañana siguiente. Sofía se quedó conmigo un poco más en la mesa, para darle de comer a Fiorello, un gatito de semanas que se había encontrado abandonado en la calle una tarde que volvía de sus clases de inglés. En silencio, mientras me tomaba una taza de café, la vi preparar leche de fórmula en el microondas y alimentarlo con una pequeña mamila, mientras el enano le rasguñaba la muñeca queriendo aferrarse a la panza de su mamá.
Luego de acostar a dormir a su huérfano, subió a cepillarse los dientes y volvió para darme un beso. Estaba decidido a irme a la cama, así que empecé a dar mi última vuelta por la planta baja y a apagar las luces. Volvía al fregadero a dejar mi tasa vacía cuando sonó el teléfono.
—¿Hola?
—Negro, hola, qué bueno que decidiste pasártela con tu mami. Quería saludarlas, ¿ya se durmieron?
—No la friegues, Elena, es tardísimo.
—Por eso te pregunto, ¿ya están dormidas?
—Sí están.
—Bueno, llego mañana en la noche. Si quieres peleamos en la casa, pero avísales que les llamo durante la mañana para felicitarlas.
—Ok, cuídate.
—Bye.
Diez minutos antes ya estaba en el aeropuerto. La besé en la mejilla, la tomé de la mano y la ayudé con su equipaje hasta que nos metimos al taxi. No nos habíamos visto a la cara en todos esos minutos, pero sentados ambos en el asiento trasero y mientras me entretenía mirando nada por la ventanilla, ella se giró y me preguntó si estaba molesto. Negué con la cabeza.
—Quiero que pasemos mi cumpleaños juntos. ¿Podemos?
—Ya sabes que sí.
—Tengo ganas de ir a aquel restaurante de Carlos y su esposa; el argentino ¿Te acuerdas?
—¿A cuál de los dos?
—El de la colonia Cuauhtémoc, fue el primero al que fuimos cuando empezamos a salir.
—Pero al del sur hemos ido más veces. Siempre dijiste que te gustaba más por las mesas en la calle.
—Esta vez quiero ir acá.
Estuve molesto casi toda la semana. Elena cumplía 30 el 30 de diciembre, pero me mantuve lejos esos días, buscando labores para pasar la noche fuera, llegar de madrugada y salir temprano por la mañana. Nuestros diálogos más largos se dieron vía mensajes escritos que nos enviábamos por el móvil para saber si nos quedaban pendientes por pagar o quién tenía la obligación de recoger la ropa de la tintorería que estaban por cerrar definitivamente a fin de mes.
El sábado por la tarde, mientras ella estaba en San Cristóbal de las Casas, en su último encargo del año, salí a la calle con los recibos aferrados en la boca. Comenzaba a recibir los ganchos de ropa con los pantaones de ella y un par de sacos míos, cuando sentí el vibrador del celular en la bolsa. Me acomodé como pude y me puse el teléfono entre el hombro y la oreja mientras pagaba por todo.
—Te llamo de carrera, ahorita que estoy comiendo, para acordarte de lo del lunes. ¿Te gusta a las tres?
—Me parece bien.
—¿En La Biela, entonces?
—En La Biela, sí. Por cierto, recogí la ropa planchada.
—Gracias, no se te olvide colgarla, ¿sí?
—Ya sabes que no.
Elena tenía planeado llegar el lunes antes del medio día, con tiempo suficiente para darse un baño, cambiarse de ropa y correr para comer juntos. En mi caso, simplemente se trataba de ir un rato durante la mañana a la revista, trabajar medio día, repartir abrazos y alcanzarla en el restaurante.
Había un cielo pálido. Las calles no tenían su estruendo habitual; había gente, pero el grueso caminaba sin ocupación, sin la carga del empleo que a final de cuentas iba a agobiarnos a todos a la vuelta del 2 de enero. Llegué faltando dos minutos para las tres y me senté en una de las mesas cercanas a la puerta. Pedí una cerveza oscura y algo pequeño para probar mientras esperaba. El mesero dejó caer la botella, pero me dejó un plato con quesos mientras iba por otra.
Miré el reloj por primera vez cuando Elena llevaba diez minutos de retraso, pero no intenté llamarla hasta que cumplí media hora sentado ahí y tres veces rechacé que me tomaran la orden. Me desconcertó escucharla.
—¿Sabes qué? Ya no me importa dónde estás. Si no querías hacer esto me lo hubieras dicho; no tenías que hacerme venir hasta acá para dejarme… Y menos este día.
—Espera… oye… ¿Dónde estás…? ¿Elena? ¿Estás ahí? —silencio.
—¿Dónde quedamos? —preguntó pausadamente después de unos segundos.
—La Biela, en la Cuauhtémoc —dije sin titubear.
—No, Carlos —dijo ella con la voz apagada y la respiración atascada en lágrimas—. ¿Sabes una cosa? No tiene caso. Voy a buscar un lugar para emborracharme y pasarme mi cumpleaños. Nomás te voy a pedir que no llames porque ya no te voy a contestar.
—Elena. Si estás en el sur…
—No, ya no quiero nada, Carlos. Adiós.
Tomé un taxi que en 20 minutos me dejó en San Ángel. Ella ya no estaba esperando, por supuesto. Su teléfono me enviaba directamente al buzón o me colocaba como llamada en espera. Estuve de regreso cuando el sol comenzaba a ponerse en el centro de la ciudad; me senté en una banca e intenté otra vez antes de irme a casa. Pero ahora sí contestó. Me dijo que estaba bebiendo, pero algo en su voz me decía que fingía, que no era buena tomando ni actuando. Desistí de todos modos porque en una discusión al teléfono no se puede ganar.
Me fui a casa y la esperé hasta que me quedé dormido. Dos veces entre las 11:30 y las 12:30 desperté, pero su celular me envió de nueva cuenta al buzón. Casi a las cuatro me levanté y fui a oscuras hasta la estancia para mirarla desde aquella ventana cuando llegara. De pronto la distinguí en el sofá, me acerqué a ella y la vi echa un ovillo, pasando frío, completamente perdida y completamente borracha.
Capítulo nuevo. Bajo la lluvia
Hacía un día terrible, de esos en que las coladeras terminan tapadas con la porquería que la gente lanza a la calle, en que los autos pasan y te bañan de los pies a los hombros, en que resulta imposible pasar a la otra esquina y el nivel del agua amenaza con alcanzar la acera.
Llegué a la oficina con el pantalón mojado casi hasta las rodillas y de un humor terrible. Había hecho 50 minutos en el autobús, en un tramo de kilómetro y medio a lo más; el aire acondicionado en los vagones del Metro estaba descompuesto como siempre y la lluvia había desquiciado el servicio, de modo que habíamos estado unos cinco minutos en cada estación. No sabía qué me molestaba más, si el maldito calor que hacía allí dentro, los ambulantes pasando a la fuerza entre la gente para vender su mercancía de mierda o la idea de que mi día laboral no había siquiera empezado.
Apenas se abrieron las puertas del elevador, Misa me esperaba con una libreta en la mano.
—Te han llamado tres personas. Edelmiro Castellanos quiere que te pongas en contacto con él lo más pronto posible; de la oficina de la ACNUR, que ellos te llaman después, también está Ericka que te buscó unas tres o cuatro veces, pero no ha querido dejar recado.
Las últimas dos semanas me había negado sistemáticamente a levantar la bocina y cuando lo hacía me excusaba de cualquier manera. Después opté por filtrar las llamadas a través de Misa, que solía ser nuestro pararrayos, nuestra agente de viajes, nuestra enfermera y a veces nuestra niñera.
—Hazme un favor, Misa. Si llama de nuevo, dile que estoy ocupado o en junta, que en cuanto pueda yo le devuelvo la llamada.
—Claro. ¿Quieres que te pida un café? ¿Algo de comer?
—No, gracias. En una media hora, y apenas haya puesto algunas cosas en orden, pienso salir a comprar a la cafetería. No seas malita, comunícame con Edelmiro.
Había poca gente en el piso a esa hora, así que fui a la oficina de nuestra editora de Internacional y le robé el pequeño calentador junto a su escritorio para intentar secarme un poco.
Sonó entonces el teléfono.
—¿Aló? ¡Juan Carlos!
—Edelmiro, qué tal, cómo te va…
Mientras intentaba desahogar los textos de sobremesa para las primeras páginas y empezaba a tomar vida la redacción, empecé a incomodarme. Todos entraban escurriendo; el huracán Isidore acababa de golpear el Golfo de México y habíamos estado así durante los dos días previos; tormentas constantes que caían con distinta intensidad en toda la ciudad.
Pensé que era humedad; la temperatura había subido un poco inexplicablemente, así que apagué el calentador y lo devolví a mi vecina sin que se diera cuenta. Fui al baño por toallas de papel, mojé una y me sequé el sudor de la cara y el cuello. Seguí hasta que no pude concentrarme más y entonces bajé por las escaleras hasta la entrada.
Entré al Oxxo de la esquina y saqué una Coca Cola helada del refrigerador. Abrí y comencé a tomar de la botella antes de pagarla; sentí que todo empezaba a volver a la nortmalidad y salí a la calle a que me cayera un poco de agua sobre la cara. Sentí frío. El aire hizo darme cuenta de que estaba empapado en sudor, así que regresé a trabajar. Contra todo lo que tenía pensado, marqué al consultorio de mi ex cuñado Roberto, pero como siempre, fue Montse quien me contestó.
—Montse, soy yo, Juan Carlos. Dime que puedes darme una cita para hoy en la tarde.
—Por lo menos un hola, majadero. Tengo un espacio a las seis y media, nuestra última cita nos canceló. ¿Estás bien?
—No sé.
Tenía el teléfono pegado a la oreja cuando Misael se acerco y me deslizó una nota en el escritorio: “Volvió a llamarte Erikca. Le dije la verdad, que habías bajado y que no sabía dónde estabas”. Le sonreí y le dije gracias sin hablar.
—¿De nuevo aquel dolor? —me preguntó al otro lado de la línea.
—Sí, pero ya no estoy seguro de que sea lo mismo de siempre. Estoy asustado.
—¿Estás tomando algo?… Espera, dame un segundo.
Mientras ella contestaba otra llamada, me di cuenta de que estaba llenándome de ansiedad y de miedo, que de unos meses a la fecha no me concentraba, tiraba de varios hilos a la vez sin lograr tener control de nada, dormía poco y comía mal. Mi vida era un desastre.
—¿Estás?
—Sí.
—¿Quieres que le avise a mi hermana?
—No. ¿Te veo en la tarde?
—Ok. Cuídate. Besos.
En la oficina todos se portaron solidarios, así que pude escaparme un poco antes. Me eché la chaqueta encima y entreabrí la persiana para mirar afuera; seguía lloviendo. Me despedí y bajé acompañado de Mireya, una de nuestras editoras, quien iba a buscar su auto, pues lo había dejado unas cuadras más allá y comenzaba a hacerse tarde. La besé en la mejilla y me quedé bajo la cornisa de la entrada oteando, en busca de un taxi desocupado. Frente a mí, del otro lado de la calle alguien comenzó a hacerme señas.
No supe si enfurecerme o sentir una pena inmensa por aquello. Erikca me esperaba hecha una lástima, mojada en cada centímetro de ropa y de piel. El huracán le había pasado por encima y aun así quiso explicarse.
—Intenté llamarte los últimos días, pero estabas ocupado…
—¡¿Estuviste aquí parada todo el tiempo!?
—Necesitaba hablar contigo, explicarte que me están pasando algunas cosas…
—¡¿Bajo la lluvia?!
Detuve un taxi y la metí conmigo. “A la colonia Roma, Guanajuato 189″, le pedí al conductor. Antes de que dijera otra cosa, la desabotoné y le quité la blusa, la hice ponerse mi chaqueta y subí el cierre hasta el cuello.
—¿A dónde vamos?
—Cállate, después hablo contigo.
La ignoré el camino entero. Le di un billete de 20 al chofer y bajamos en la esquina. La tomé de la mano como chiquilla, me eché a andar adelante de ella y la llevé adentro.
Se la entregué a Montse y le pedí que le diera un té y unas aspirinas, mientras yo tocaba para pasar al consultorio de Roberto.
—¿Y tú qué crees que es lo normal en un paciente que hace todo lo contrario de lo que le pido? Estoy hasta la madre de atender a gente que traga como animal, que pesa 135kilos y que viene a verme cuando se está quedando ciega, luego de 15 días con dolor de cabeza. Y todavía se preguntan si será algo que habrán comido. ¡Claro, las diecisiete vacas que se zampó! Ah, pero eso sí, nadie quiere dieta, nadie quiere ejercicio, nadie quiere hacerse responsable de las chingaderas que hace. Total, aquí está el pendejo del recetario.
—¿Un mal día?
—Esto también va para ti. ¿Qué crees que pueda yo hacer con algo como lo tuyo? Lo siento, te quiero mañana temprano para hacerte un ultrasonido; estás distendido y ya pasamos la etapa en que te puedo mandar a la farmacia y darte cita para dentro de seis semanas. Descansa lo que puedas hoy. En la mañana te digo qué vamos a hacer.
Mientras me ponía de pie y me abotonaba, Roberto se paseaba con las manos en las bolsas.
—¿Es tu novia?
—Es mi amiga.
—Que se bañe con agua caliente, que coma y que se meta a la cama. Tráela mañana, se va a enfermar. Yo tengo que cenar, estoy de muy mal humor. Quiero platicar contigo, pero prefiero hacerlo mañana, con mejor tono.
Montse y Erikca estaban en la recepción con el control remoto en la mano, mirando el canal de Gourmet. Luego de apagar las luces salimos los cuatro juntos; yo del brazo de Montse y ella atrás, con Roberto.
Volví a detener un taxi y fuimos a mi departamento. Ya no me sentía molesto o en todo caso ya no lo estaba con ella.
—¿Son tus amigos?
—Son mis cuñados, mis ex cuñados.
—Ella es preciosa, muy bonita persona.
—Es mi preferida de la familia.
A las 8:50 estábamos en casa. Le di una toalla, la sudadera y los pants más gruesos que hallé en el clóset. Esperé a que saliera del baño y la senté a la mesa conmigo, hice dos sandwiches de mermelada y la dejé hablar.
—Estoy reprobando cuatro materias, mi papá ya me quitó el coche, el celular, y quiere hacer lo mismo con el departamento. Dice que tengo que volver a la casa. Te juro que nunca había estado así, me siento una pendeja todo el tiempo, pensando dónde estás, con quién y por qué no contestas el teléfono. Te fui a buscar porque quiero que me digas de frente que ya no me quieres ver, para que dejes de mandarme recados y que nunca te comuniques. ¿Sabes? —me dijo levantando la vista de la mesa— Eres un cobarde.
No respondí nada. Simplemente fuimos a la habitación, nos metimos a la cama y dormimos espalda con espalda. A final de cuentas, fue ella la primera en enterarse al otro día. Roberto me sugirió pedir vacaciones o buscar una incapacidad médica.
—Te voy a operar, esto urge. Ponle fecha. Entre más rápido lo hagamos, mejor. Vamos a hacer biopsia.
Al oír esa última palabrita, sentí el apretón de Erikca en la mano, quizá pensando que me caería y que necesitaba sostenerme. (Texto en proceso)
Capítulo XVII. Vuelo con escalas

El primer viaje que hice a la busca de las personas que conocieron a Isabel, fue el que implicaba considerablemente el mayor esfuerzo. Salí de la Ciudad de México durante la noche del 30 de agosto, en un vuelo de LAN, en pleno invierno austral, con una parada obligatoria en Santiago.
Iniciamos el descenso a Buenos Aires alrededor de las 3:50 de la tarde. Me había propuesto dormir casi todo el viaje como una forma de vencer a medias mi terror a las alturas, así que minutos antes de que el avión tomara pista me metí dos cápsulas de Yunir con media botella de agua, me puse los audífonos y cerré los ojos. Irremediablemente el sol nos alcanzó en algún extraño y deshabitado lugar de la geografía, donde mi curiosidad pudo tanto como mi miedo, de modo que miré por algunos minutos por la ventanilla hasta que el vértigo comenzó a ponerme inquieto.
Sirvieron el desayuno a las 6:50 hora de México, lo cual me daba media hora más de distracción para pensar en la horrible muerte que me esperaría si algo fallaba allá arriba.
Tomé un poco de jugo de naranja, café con leche y algo de pan dulce. Caminé un par de veces por el pasillo para desperezar mis piernas, fui a los servicios, me lavé e intenté mejorar el aspecto terrible que me devolvía el espejo. Pero al regresar a mi asiento me di cuenta de que los viajes largos le hacen eso a cualquiera, que el grupito que por la noche no paraba de joder, a esa hora parecía sufrir los estragos de una madrugada sin sueño, así que cambié las pilas del reproductor de música y busqué las páginas del diario donde Isabel hablaba de la visita a su abuela en Bragado.
De Santiago a Argentina, me atreví a desabrocharme el cinturón de seguridad para hacer desde la ventanilla algunas fotos sobre los Andes, antes de entrar en un cielo completamente arropado de nubes que se cerraban bajo el avión. Hermoso y terrible. Volábamos en medio de un banco de nubes, cuando el piloto anunció que iniciaríamos el descenso. Estábamos en medio de la nada, sólo nubes blancas y grises para ambos lados, envolviéndonos por completo; ni la ciudad, ni las luces, ni el suelo. La turbulencia que nos había acompañado todo el viaje, se mantuvo hasta que por fin comenzamos a inclinarnos sobre el ala izquierda y yo me aferraba a los descansabrazos, sintiendo que nos desplomábamos. Apenas tocamos la pista, entendí por qué el Papa siempre besaba el suelo cuando bajaba de cada uno de los vuelos que hacía; debía tenerle un miedo atroz a esta experiencia de despegar y aterrizar cada tercer día, porque Dios cuida, pero no fabrica los aviones.
Buenos Aires me recibió con una llovizna fina, pero pertinaz y fría, poca gente en las calles, mientras los cafés y los bares se llenaban de clientela. Arreglé todo desde México; me quedé en un hostel del barrio de Congreso, a cinco cuadras del Metro, en el 2233 de la Avenida México, una vieja casona restaurada de fachada rosada con farolas de herrería a la entrada y una larga puerta de madera con gruesas cintas de vidrio.
Una pareja muy joven estaba tras el mostrador, Pável y Ana. Me presenté con ellos y de inmediato supieron que era yo quien había llamado días antes para hacerles un montón de preguntas.
—¿Qué tal el vuelo? —preguntó ella, a quien de inmediato se le notaba un embarazo de pocos meses.
—Terrible, pero gracias. Felicidades —dije, señalándole la panza y llenando el registro—, ¿varón o nena?
—Ay. Gracias. Y todavía no sabemos; falta un poco.
Le devolví la ficha y ella tecleó en la computadora los datos. Pagué con la tarjeta y le pregunté dónde podía cambiar unos dólares. De inmediato se ofreció a cambiarme cien y me dijo que a la mañana siguiente podría hacerlo casi en cualquier lado, en el centro.
—Ahora, si como vos me contaste, estás pensando ir a Bragado, nomás bajá mañana y aquí en la PC lo tengo todo. Te puedo dar la data completa por impreso. Por cierto, no ha parado la lluvia, pero si querés puedo prestarte un paraguas para que salgas a comer o a cenar.
—No te preocupes, en todo caso será para la cena. Ahora sólo quiero una ducha y una cama.
Pero la ducha debió esperar. Al entrar en la habitación me descalcé y me quité la chaqueta. Prendí el televisor y caminé al baño. A los dos minutos estaba de regreso, me tumbé en la cama y dormí profundamente hasta las 10:30 de la noche.
Cuando por fin decidí salir, ya había escampado. Caminé algunas cuadras con menos autos en las calles y con más gente paseando por las aceras. Al llegar al segundo semáforo encontré un pequeño restaurante, rústico, de ladrillos ahumados, pero sumamente cálido para el frío que hacía fuera. Pedí una ensalada de pollo y lechuga, una cerveza y un cortado; comí en silencio, a solas, alumbrado por la debil luz de un quinqué y la pantalla de una televisión encendida tras la barra.
Pensaba en que Buenos Aires había sido el destino de toda mi vida: el viaje que planeamos los amigos al graduarnos de la universidad, la escapada que nos habíamos prometido Elena y yo después de casarnos, las vacaciones que me prometí con Adriana cuando cumpliéramos nuestro primer año en el trabajo… Regresé a la habitación alrededor de la media noche y telefoneé a casa; con la diferencia de horas me encontré a Sofía perfectamente despierta y a mi madre haciéndose ideas sobre por qué no había llamado en todo ese tiempo.
Dormí muy poco en mi primera noche. Mi cansancio era menos que al llegar; eso y el que nunca había podido estar tranquilo en otro sitio que no fuera mi propia cama, me tuvo despierto desde las 4:00 am. Estuve haciendo zapping hasta que en la pantalla se puso en negro y comenzaron a pasar Alta sociedad, con Grace Kelly y Frank Sinatra. Supe que era hora de levantarme cuando hicieron el corte de estación y empezó el himno nacional.
En cuestión de minutos me duché, vestí y abrigué bien para salir. Recogí en la recepción la información que Ana me había dejado, me colgué el bolso al hombro y comencé a leer sus indicaciones mientras caminaba.
Tomé un asiento en la última fila del minibús a Santa Rosa, mientras trataba de lidiar con el tipo de cambio y hacía cuentas para darme idea en dólares de los 23 pesos del viaje. Abandonamos la ciudad por el poniente; mientras algunos se acomodaban para dormir durante el trayecto, yo desempañaba la ventanilla, me colocaba los audífonos y me las arreglaba con un vaso de café y un bizcocho. Adelante, kilómetros y kilómetros de ciudad. Ana me había escrito en el mapa una breve anotación con bolígrafo: “Kilómetro 50: No dejes de ver la Basílica de Nuestra Sra. de Luján, la patrona de Argentina”. Pero a diferencia del vuelo, éste era un viaje sin paradas, así que me dediqué sólo a mirar los extensos campos de soya y las vacas que, decía ella, iba a encontrar lo largo del tramo.
Amo los lugares comunes; el tiempo húmedo y la neblina que empezaba a bajar me hicieron buscar una tonada de tres minutos de piano y bandoneón que contaba un paso por Buenos Aires. Pueblos y ciudades pequeñas, doscientos diez kilómetros de ruta y tres horas y media después, las conversaciones a bordo del bus se habían agotado, los dormidos habían despertado y a los otros no nos había quedado más remedio que acomodar la cabeza entre el asiento y la ventanilla y abandonarnos al rumor del motor y el piso mojado en el que nos movíamos.
Casi a las once de la mañana entramos a la terminal, un edificio de la época de la dictadura, levantado a cinco cuadras de la plaza principal, hecho de concreto, hierro y cristal. El viento frío en la cara me despejó por completo; hacía una mañana pálida, de un sol tímido. El lugar parecía vivo, gente en las boleterías comprando algún pasaje, mientras sus acompañantes esperaban sentados en el pequeño bar-café, al que me acerqué a comprar una botellita de ginger ale.
Salí a la galería, donde un par de autos de alquiler esperaban cliente, bajé los cinco o seis escalones y abordé uno. Pedí ir a Pelllegrini 645.
Isabel en la madre patria (o la patria de mi madre)
Es tan difícil a veces decir las cosas… se queda una corta por no encontrar una palabra justa… Siempre pensé que era una locura aquello que decía Luis, acerca de que alguien debería inventar signos que pudieran ponerse junto a las palabras para hacerle sentir a quien te lee exactamente tu estado de ánimo; es decir, una especie de código que fuera entendido por todos y que le dijera a los demás cómo estás… Pasa así, que un día te das cuenta de que has visto mucha televisión y no tienes cosas para decir.
Hoy llueve. Como dicen muchos, es una de esas tardes en que te pegas un tiro… Mi abuela es una gorda hermosa de Bragado. La vemos bien poco, estamos demasiado lejos y a ella le da más por visitarnos que nosotros por ir a verla. Diciéndolo de ese modo, pereciera que cada cuanto no vemos, pero no; en realidad nos vemos bien poquito.
El caso es que alguna vez nos quedamos sin luz, en medio de la tarde y de la llovizna. Yo no paraba; estar sin luz me ponía insoportablemente aburrida, buscando un algo para hacer en una casa donde no hay electricidad. Creo que ya estaba por los 12 años. Nati me miraba, yo me acerqué a abrazarla porque siempre me pareció eso: una gorda hermosa que me entendía re bien, incluso más que mi mamá. Luego me quedaba sentada recargada en sus piernas. “Sos loquita peligrosa”, me decía la abue. “¿Por qué vos no te quedas tranquilita y mirás?” Me dijo de la nostalgia de los días así y yo le respondía que sí, que daba tristeza. “¿Pero vos hablás de tristeza?”, me preguntó y entonces eché la cabeza para atrás para mirarla aunque fuera de cabeza. “¿A vos lo lindo te parece alegre o triste? Yo digo nostalgia: cuando te acordás de un montón de cosas y de gente que está lejos, como yo lo hago con vos y Luisito. ¿Te das cuenta, princesa?, la nostalgia es así, ni es alegre ni triste; simplemente sentís que todo está bien y llorás por eso, porque está bien . Dejas que por un momento la vida se detenga; no hay afanes, no hay lugares a los cuales puedas llegar tarde…”
Hoy es una de esas tardes en que me recuerdo de la abuela, me conmueve de algún modo, y me acuerdo de la prisa que tenía en aquel entonces, aunque no iba a ningún lado, y entonces pienso que debí quedarme más tiempo mirando los relámpagos y luego contando hasta que el sonido del trueno llegaba para saber si venía más lluvia o estaba por irse, como ella nos enseñó cuando éramos más pequeños. Al final, siempre pienso que fue de ella de quien más heredé, mucho más que estos ojos tan raros. A ambas nos pasa que cuando nos vemos y platicamos, juramos que mucho de eso ya lo habíamos vivido Hoy mamá y yo nos tomamos tiempo para hacer velas aromáticas para la abuela que le vamos a mandar.
¿Con qué signo se acompañará un texto que habla de la abuela?
Capítulo XIII. La k antes de la c

Quién sabe por qué se lo pregunté. Quizá fue porque en realidad la mujer me gustó mucho y deseaba saber si había mucha diferencia entre nosotros.
—¿Cuántos años tienes?
—Veinticinco, casi veintiséis… ¿Por qué?
—Pareces como de 28.
Y era cierto. La chica se esforzaba en parecer mayor, en ser tomada en serio; forzaba las discusiones para mostrar que sus compañeras eran más tontas, acaso más inexpertas que ella. No combinaba su ropa como las otras muchachas, más bien la coordinaba; tenía ese estilo tipo de agente del FBI de película gringa, de modo que su vestuario rara vez salía de los sacos y pantalones de colores oscuros con blusas siempre blancas, desabotonadas, que le dejaban a uno ver el tirante, el broche del sostén o la piel de su vientre plano. Usaba unos anteojos de armazón grueso que no necesitaba y era tan delgada que en una primera impresión pensé que era anoréxica.
A Adriana y a mí nos había invitado el departamento de Comunicación, junto con otros tres compañeros para dar una plática sobre periodismo de investigación. Ella y yo nos conocíamos de mucho tiempo atrás; empezamos juntos, Adriana como reportera en el PAN y yo como redactor de la sección Internacional, con la peculiaridad de que ella se distinguía por ser especialmente guapa, femenina, buena periodista y una cabrona para usar todo eso junto. Alguna vez, cuando cubría la fuente de Presidencia, la bajaron del avión por arinconar a la primera dama con preguntas sobre los negocios que su hermano hacía al amparo de la protección de la casa presidencial, pero su golpe más reciente había sido hacer hablar a un grupo de muchachos y a sus familias sobre los abusos cometidos por los sacerdotes de un colegio católico en el Bajío.
Esa mañana nos robó la atención a todos. Al terminar la plática se vio rodeada por los muchachos, así que no tuvo más remedio que quedarse un poco más a conversar con ellos en el pasillo, cuando apenas bajaba de la mesa desde la que habíamos hablado. Como yo dependía de ella para salir de ahí y regresar a la oficina, fui a sentarme a una de las butacas de la segunda fila desde donde miraba cómo se vaciaba de a poco el pequeño auditorio.
—Juan Carlos, ¿verdad?
Mi reacción fue ridícula, volteé buscando la voz que me llamaba, pero me encontré de frente con su vientre pálido, asomando bajo la blusa corta, con un piercing en el ombligo que me hizo quedarme ahí por un breve momento.
—Acá arriba —dijo llamando mi atención moviendo los dedos a la altura de su cabeza, divertida de haber ocasionado mi desconcierto— ¿Me puedo sentar?
—Claro —le dije, señalando la butaca con la mano.
Se presentó conmigo. Erikca Romero; “así, con la k antes que la c“. Estaba en el octavo semestre de la carrera, vivía en la Guadalupe Inn y quería saber si podía invitarme a una clase; estaba haciendo su servicio social como profesora adjunta y ella tenía al grupo bajo su responsabilidad los jueves de 9:00 a 11:00.
Le di mi tarjeta y le propuse que me telefoneara al inicio de la siguiente semana. No aguanté las ganas de preguntarle:
—¿Cuántos años tienes?
—Veinticinco, casi veintiséis… ¿Por qué?
Frenamos a diez centímetros de la defensa de un Corsa que cambió de carril repentinamente. Adriana hundió la palma de la mano en el claxon y mentó madres contra el conductor. Unas cuadras más adelante, en el semáforo, nos pusimos a su lado; se trataba de una señora cincuentona, con dos líneas dibujadas casi en la frente y que supongo que eran sus cejas. Dijard le dedicó una mirada asesina y luego, cuando se puso el verde, le dedicó una despedida, mostrándole el dedo anular.
—¿Le vas a llamar? —me preguntó mientras dábamos vuelta a la izquierda.
—¿A quién?
—No te hagas el inocente. Te vi.
—No, no le voy a llamar. Para que lo sepas, no le pedí su teléfono.
Volvimos a frenar.
—Mira, tú sabes que soy una mujer celosa, que yo te quisiera sólo para mí, pero tienes que abrirte a las opciones. No estoy diciendo que te enamores, sólo te estoy sugiriendo que salgas con otras chicas. Habemos mujeres únicas, pero no somos las únicas, ¿sabes? Yo estoy encantada de haberte recuperado, de que salgamos otra vez, pero ahorita no es lo que más te conviene… —bostecé queriendo mostrarme fastidiado de esa conversación— Bueno —terminó—, esperemos que esa muchacha consiga tu número y te llame.
—Pues tú estabas muy bien atendida —contraataqué—. Debiste ponerte algo más abrigador. Con esa blusa un poquito más y agarras una tos como la del general Grievous. Me imagino que varios te salieron con que querían que les ayudaras con sus tareas, ¿consiguieron sacarte tu número?
—Qué te importa, envidioso. Además, no son mi target. Ustedes los hombres tardan mucho en madurar y mis necesidades emocionales a estas alturas son otras; qué sé yo, alguien que me ayude a escoger el color de la cocina, que riegue mis plantas cuando no estoy en la casa, que no tenga que regresar a dormir a casa de sus papás.
—Tú sólo dame dos años. Así hago terapia, maduro, y al final me convierto en esa cosa que dices: un esposo de compras en el súper cada quincena, sexo los viernes, cine dos veces al mes, Navidad en mi casa, Año Nuevo con tus papás, ir a fiestas de quince años y bodas de familiares ignorados para robarnos los saleros como recuerdo…
—Bueno, si eso pasa qué bueno, pero tú por lo pronto, necesitas salir, y no sólo conmigo.
Acordé de verme con Erikca a las ocho y cuarto de la mañana. Quedó de pasar por mí y ahí estuvo puntual, con la punta de los cabellos aún húmeda, metida en un Astra color plata, vestida con pantalón de mezclilla negra y una blusa blanca con un estampado de anillos de diamantes. Tenía sintonizado el noticiario de Carmen Aristegui.
—Si quieres oír otra cosa, puedes cambiarle, ¿eh? También traigo algo de música; hay varios compactos ahí en la guantera.
—No te preocupes. Hace mucho que no oía las noticias por la mañana.
—Te desmañané, ¿verdad?
—No mucho. Despierto un poco más tarde de lo que lo hice hoy, pero no pasa nada.
Estuvimos a tiempo. En la entrada me di cuenta de algo que para otros hubiera sido evidente desde la primera vez. Nadie llegaba caminando y nadie traía un coche de menos de dos años; pocos sabían de viajar en el Metro y ahí me di cuenta de porque no había conocido reporteros de escuelas como esa.
Hay que reconocerlo. Tenía aplomo, era desenfadada y lo que le faltaba de experiencia lo suplía con cierto ingenio. Inició la clase conversando con sus alumnos, les habló de mí, les recordó que había estado en la plática de unos días atrás e hizo las primeras preguntas, para que ellos continuaran o dieran su opinión. La mayoría del tiempo se mantenía recargada en la pared o caminaba a sentarse en el escritorio.
—Por hoy yo ya terminé aquí —dijo cuando salíamos—. Vengo hasta el lunes, que tengo tres clases, de modo que si no te molesta que una mujer te agradezca por las cosas que haces, te invito a desayunar. ¿O tienes prisa?
—Hoy puedo llegar pasado el mediodía; es día de cierre y va para largo.
—Ok, vente pues.
Condujo durante varios minutos por el Periférico hasta que tomó la salida a la altura del Palacio Municipal de Naucalpan. Estacionó unas calles atrás, en un fraccionamiento de clase media, frente a un pequeño local, al lado de una farmacia: Tamales Imperio. Ahí me di cuenta que no, definitivamente no era anoréxica; pedimos un par de vasos de atole de chocolate y tres tamales para cada quien.
—El miércoles es mi cumpleaños y pienso hacer una reunión, algo pequeño, pastel y velitas. ¿Te gustaría venir?
—Me gustaría, pero los miércoles son complicados para mí; ese día empieza el trabajo más intenso de la semana. Pero te puedo llamar para decir ‘feliz cumpleaños’.
—Ok. Eso me gustaría.
Por alguna extraña razón recordé la fecha, así que el miércoles al llegar a la oficina me quité el saco y fui al escritorio de Misael, nuestra secretaria en la redacción de la revista.
—Misa, ¿podrías hacerme un enorme favor?
—Dime.
—¿Serías tan maravillosa para enviar unas flores en mi nombre a esta dirección? —le tendí un post it con los datos y le pedí que escribiera simplemente “Pareces de 28. Feliz día” en la tarjeta.
Sin novedad, hundí la cabeza durante dos días en el trabajo, escribiendo, corrigiendo y discutiendo. Comenzamos a despedirnos cuando ya era viernes por la madrugada; veinte minutos antes de las cuatro telefoneé para pedir un taxi y bajé a la recepción a esperarlo.
—Ya lo está esperando su coche —me dijo el guardia de la entrada tan pronto salí del elevador. Me acerqué a la puerta de cristal de la entrada y vi el auto enfrente, parecía el Astra de Erikca, así que salí y me acerqué a la ventanilla del conductor.
—Su taxi, señor —dijo ella mientras sonreía y adentro sonaba La Oreja De Van Gogh.
Capítulo III. El portarretrato

Todavía un poco encorvado, con menos dificultad, subimos hasta el departamento. Sofía le había telefoneado la tarde anterior para decirle que quería[mos] verla, que pensábamos llevar comida japonesa, que ella necesitaba pedirle consejo de mujeres y que yo me había atorado con el reportaje, que ocupaba de su consejo profesional, sobre todo porque ella había conocido el asunto de Isabel antes que yo. Le explicó que llegaríamos en taxi y le recomendó que estuviera pendiente de la ventana para que bajara a abrirnos.
A las tres y media, Elena estaba esperándonos, bella, como vestida para salir, en un pantalón sastre azul marino, un sueter rojo, una blusa azul claro desfajada y sin zapatos, la única característica que quería decir que no tenía intención de pisar la calle en todo el día. Nos quitó las bolsas con la comida y nos pidió que nos adelantáramos; había que cerrar la puerta del edificio con llave.
Tres escalones antes de entrar al departamento empezamos a oír la música que venía del estéreo: “Aquellas pequeñas cosas”, de Joan Manuel Serrat. Entró resoplando, empujó la puerta con el pie y puso las bolsas en la mesa.
Sofía, que ya estaba instalada en el sillón fue de inmediato a una cajonera cerca de la puerta y tomó de arriba un portarretrato de marco dorado que había reconocido de inmediato. Era la primera página de uno de los libritos de Mafalda, con una dedicatoria “a los lectores caídos en el cumplimiento del deber”.
—Éste me lo tienes que regalar un día —le dijo a Elena.
—Tienes el librito en la casa, ¿para qué lo quieres? —me entrometí.
—Pero no es lo mismo, lo de enmarcarlo fue idea de Elena, eso le da su valor propio.
Comimos mientras hablábamos de mi proyecto de tomar clases de cocina y de cómo lo único que hacía mientras estaba casado con Elena era llevarla a desayunar al Toks y cuidar de vez en cuando un pozillo con leche para que no se derramara en la estufa. Ellas con una coca cola al lado, yo con un vaso de agua simple purificada pasamos a hablar del reportaje sobre la chica del diario; Elena quería saber qué era lo que me estaba atorando y entonces Sofía interrumpió. Fue por su mochila y sacó una bolsa del Sanborns por el que habíamos pasado antes de llegar al departamento.
—Te trajimos un regalo —le anunció y se la puso en la mano.
Elena se limpió las manos en la servilleta que tenía sobre las piernas, le quitó la grapa metálica a la bolsa y descubrió dentro el número mensual de Arcana.
—Página treinta y tres —le indicó Sofía.
Apenas se dio cuenta, hojeó con la curiosidad de saber cuánto despliegue le habían dado.
—Seis páginas —me adelanté a decirle.
No fingió; su sorpresa se hizo una mueca de alegría que quiso ocultar con su mano. “Ya vengo, ya vengo”, dijo mientras se levantaba a toda prisa de la mesa y caminaba al pequeño estudio, puso la revista en el escritorio y se sentó a leer. Sofía me miró con su cara de “¿qué te dije?” y siguió comiendo, tratando de habituarse a los palillos.
Regresó a los pocos minutos, con la revista enrollada en la mano, caminando lento, a pasos largos.
—Levántate —me pidió y luego me abrazó orgullosa—. Me encantó. No pensé que lo escribieras tan pronto; ni siquiera podías estar parado… ¿Cómo conseguiste esas partes? —preguntaba mientras hojeaba otra vez.
—Tengo amigos, amigas, hermana…
Entornó lo ojos y volteó a ver a Sofía.
—Dime que al menos tuvo la decencia de darte algo de lo que se le pagaron por esto.
—Veinticinco por ciento. Pero le ayudé mucho; pasé todo en limpio, hablaba con los de la revista cuando él estaba dormido, le tomaba los recados, le espantaba a las novias para que se concentrara, sobre todo una muy fastidiosa que…
—Suficiente, suficiente —la corté—.
Elena nos llevó de vuelta a casa. Eran casi las ocho. Sofía rodeó el coche para despedirse; ella se bajó para abrazarla y besarla. “Adios, bella”, se dijeron ambas. Me acerqué para besarla y decirle adiós.
—¿Te puedo invitar un café? —preguntó.
—Claro, llámame. En estos días no tengo mucho qué hacer.
—No. Yo digo ahora.
—¿Ahora?
—…
—Ok. Tú pagas.
Me subí de nuevo al coche y le hice una seña a Sofía, que seguía en la puerta y que de inmediato asintió, diciéndome que entendía, que me fuera sin cuidado. Al cabo de un rato íbamos de nuevo por Reforma. Estacionamos en una callecita cerca del Monumento a la Revolución y caminamos hasta el Café Miró, en la planta baja del Hotel Meliá, donde políticos y empresarios hacían negocios por lo menos hasta antes de que abrieran un Sheraton en el Centro Histórico.
Estuvimos solos durante horas, bebiendo café y comiendo de todo lo dulce que nos ofrecían. A cierta hora notamos que empezaba a llegar gente y supusimos que eran las parejas, los amigos y las familias que salían de las funciones de teatro en todo el derredor. Cuando ya no quedaba más que media docena de personas regadas en las mesas me dijo:
—Me voy, Juan Carlos.
—¿Te vas a dónde?
—A San Antonio. Me ofrecieron trabajo en la cadena de diarios Rumbo. Allá están Carlos Puig, Jorge Luis Sierra, Antonio Ruiz Camacho… Sería una pendeja si no me fuera a trabajar con ellos. ¿Qué hay acá? ¿Reforma? ¿El Universal? ¿Tú te quedarías con esas opciones?
—A mí me domesticaron hace mucho, Elena. Quiero menos que lo que quería hace siete años. Quiero tiempo para escribir, quiero dar clases; no sé. En realidad quiero tiempo para sanar de aquí y de acá. Pienso escribir sobre Isabel, pero en serio, un libro quizás.
—¿De veras?
—De veras.
—¿Y nosotros… cómo quedamos?
—Bueno, excepto aquel día en las escaleras, creo que me he portado muy civilizado, ¿no?
—Llorón —sonrió.
—Cínica. Deberías tener memoria de la cantidad de noches que me desvelé mientras eras tú la que llorabas.
—Era el estrés, la carga de trabajo. Y tú eras muy buena persona.
—¿Era?
—Eres.
Me besó. Yo la besé el resto de la noche y de la madrugada. Por un momento salió de la cama y se envolvió en una sábana, fue hasta la cajonera de la entrada y volvió con la caricatura enmarcada de Mafalda.
—Dile a Sofía que se la quede. En cuanto a ti —dijo dibujando con su dedo en mi boca—, quiero que te quedes con el departamento cuando yo me vaya.
Cerramos los ojos y no hablamos más de ello hasta la mañana.
Isabel independiente y defectuosa
Según dicen, la Biblia comienza con algo así como ‘Hace seis mil años Dios creó los cielos y la tierra’. Cinco mil novecientos y pico de años después —lo cual quiere decir que Dios me dejó entrar cuando ya estábamos en la última canción del recital— nací yo.
Me voy a tomar una licencia para saltarme esa parte de cómo llegué aquí; dejémoslo en que es algo que se le explica a una cuando llega a quinto año de primaria. En cuanto al nombre de esta niña —no se sabe—, bien pudo salir de un libro de nombres para bebés de los que venden en los vagones del subterráneo, una telenovela o una pariente.
Hice la secundaria en una escuela de monjas, no exenta, sin embargo, de la malicia que la hace saber a una de sexo, crimen, política y religión —que a fin de cuentas es lo mismo—, a estas tiernas edades. Lo juro.
El divorcio de mis padres me hizo relativamente independiente; aprendí a hacer mis propias cosas, desde comprar mi ropa y meterme a la cocina a hacer mi comida cuando estoy sola con la casa entera para mí, hasta ir al autoservicio a hacer las compras de la semana para la familia —disco de por medio, claro está.
Como a los trece, mi madre no sólo me dejó usar maquillaje, sino que me regaló un neceser con todo. La primera mañana que usé el regalo, resultó que todos se sentían críticos de arte, con estatura para juzgar lo que trae una en la cara.
En esos entonces también me pasó eso que les pasa a todas, con todo y sus dolorosos previos. Y ahí estaba yo, en el centro comercial, dispuesta a hacerme de lo necesario. Salí con el paquete. El tipo de la caja me miró como si fuera una pervertida. ¿Nunca le hablaron de la regla de las mujeres? Seguro que al idiota su mamá le sigue comprando la ropa interior y midiéndole el tiro del pantalón ante todo el mundo en la tienda.
Pero como todos tienen defectos, yo también los tengo; el mío es babear la almohada y despertar mordiéndome la lengua —dolorosísimo—. Como para escribir un tango, ¿no? Me gustan las películas de Michel Pfeiffer, Robert de Niro, John Travolta; me gustan Elton John, Phil Collins… ¡Ah!, y también me gustan las películas de Tin-tán.
Son las once de la noche, ¿sabe usted dónde están sus hijos? “¡Ya te dije que no!”, responderá alguien. Chau.
Capítulo II. La librería

Foto: eoran
Me quedé unos segundos bajo el marco de la puerta mientras ella volvía por algo que parecía haber olvidado. Regresó a toda prisa con las llaves en la boca, el bolso a medio antebrazo y el suéter a medio poner. Luego de echarle llave a la puerta empezamos a caminar escaleras abajo.
—Toma —dijo y puso un pequeño paquete envuelto en papel kraft en mi mano.
Intentó evitar que me detuviera a ver, jalándome de la manga, pero me quedé en el rellano y comencé a romper el envoltorio.
Era uno de los libros que se habían quedado en el departamento, entre sus cosas y que olvidé cuando me mudé; ella misma me lo había regalado una tarde en que salimos a conquistar el mundo y terminamos en las librerías de viejo de la calle de Donceles. Ella salió con seis o siete cosas que le habían gustado, mientras que yo llevaba un único, pequeño tesoro abrazado a mí, Fiera infancia y otros años, que había leído cuando tenía diecisiete años y que tenía una etiqueta, seguramente equivocada, de 15 pesos.
Era uno de esos largos fines de semana que se iniciaban con un feriado en jueves. Salíamos como amigos a vagar sin rumbo; éramos un par de ridículos que nunca se tomaban de la mano, aun cuando dormíamos de cuando en cuando en el departamento del otro y ella conocía mis boxers de Los Simpson y yo sus pijamas de ositos. Esa tarde nos cayó un torrencial en su necedad de encontrar un Dunkin’ Donuts abierto y terminamos empapados, refugiados bajo la corniza de uno que había cerrado temprano, a media cuadra de la entrada al Metro. De quererlo, podíamos haber pegado una última carrera, pero nos quedamos ahí hasta que escampó, helándonos y obviando en nuestra charla insulsa que hacía frío y estábamos mojados.
En uno de nuestros silencios, Elena abrió la bolsa de papel con los libros y me dio uno de ellos, Los baños de Celeste. “Éste lo compré para ti”, me explicó. La besé. Es decir, siempre lo hacía; nos besábamos en público, enfrente de los amigos, pero siempre nos miraban como una suerte de Will y Grace, como si yo no fuera más que el confidente gay de la chica bonita. Pero esa vez, ella me detuvo un poco, puso su mano cerca de mi oreja, con su pulgar rozando mi mejilla y cerró los ojos mientras me tocaba los labios.
—No sabes cuánto te quiero, idiotita.
Después de sacar el libro, doblé el papel en varias partes y me lo guardé en la bolsa de la chaqueta. Me tomé del barandal y me dejé caer poco a poco hasta quedar sentado en la escalera.
—No, levántate. No me hagas esto —suplicó.
Me abracé a ella y puse mi frente en su vientre; algo se me rompió en ese momento y me solté a llorar como hacía meses no lo hacía… Tratando de no quebrarse también, puso a un lado su bolso, se acomodó a mi lado y dijo lo único que podía decir.
—Verás que todo esto se pasa pronto.
Hicimos en silencio el camino de regreso. Me ayudó a bajar del auto, caminó conmigo hasta la puerta y tocó. Yo llevaba bajo el brazo el libro y el diario de aquella chica. Entré sin saludar apenas mi madre abrió la puerta. Me siguió con la mirada y volteó a ver a Elena. Preguntó sin remedio, como si su hija fuera ella:
—¿Volvieron a pelear?
—No, no en realidad.
El diario se quedó en mi escritorio esa noche. Miré un rato la televisión, vi un par de repeticiones de Los locos Adams y mi humor mejoró. Tomé Los baños de Celeste y leí casi hasta media noche, cuando mi hermana entró con un vaso de agua y las pastillas.
—Ven, siéntate tantito —le dije—. Toda la noche me han dejado solo.
—Yo tenía ganas de venir la tele contigo, pero mamá me dijo que te dejara solito un rato.
—¿Y qué haces despierta hasta ahorita?
—Tarea de Literatura, El mercader de Venecia, de Chikaspeare… ¿No tienes hambre? Hay pollo deshebrado y con mayonesa los sandwiches salen muy buenos.
—Se supone que debo evitar casi todas las grasas mientras esto cierra. Pero si le pones poquita y me doras el pan, sí, sí quiero.
—¿Me dejas verla? ¿Cuánto falta para que esté oficialmente cerrada?
Me levanté la camiseta y le mostré mi gloriosa herida de batalla. Hizo su gesto de rechazo de siempre y repitió “¿cuánto falta?”
—Ya poquito —dije—, de hecho si la tocas puedes sentir los nudos de la sutura bajo la piel.
Se sacudió toda como si le hubieran llenado la blusa de hormigas y fue por los sandwiches. No tardó nada. Prendimos la tele, vimos un capítulo viejito de Will y Grace y en los comerciales le comenté: “¿Sabes? Creo que me voy a meter a aprender cocina”.
—Me avisas para meterme contigo.
La mañana siguiente empecé temprano, abrí la libreta y continué.
Isabel, aquel día que se fue
Las gotas tenían el tamaño de una cabeza de alfiler y se quedaban apenas prendidas de la punto del cabello. Era jueves. La camioneta de mi papá quedó estacionada a la orilla de la calle, con los faros encendidos. La calle mojada con la noche encima hacían un espejo. Sobre el negro se hacía el reflejo de los autos que entraban en sentido contrario por la calle y los tubos de luz blanca de los comercios cercanos.
—Nos vemos el sábado, flaquita —me dijo al oído, me abrazó y me dio un beso.
Se acercó a mi mamá, se abrazaron y ella lo besó en la mejilla. Él sacó algo de dinero.
—Para cualquier imprevisto —le dijo.
Ella hizo que lo guardara.
—Ya habrá tiempo después —le contestó.
Se despidieron y abrazaron rápido en la puerta. Papá sacó de nuevo el dinero y me lo puso en las manos, cerrándomelas como si me entregara algo verdaderamente imperioso.
—Toma, guárdaselo a tu mamá, para cualquier cosa que falte.
Luego se fue. Se fue.
Esa noche no cenamos. Estuve en la oscuridad escuchando música en la radio. Mamá se quedó abajo, a intentar trabajar en su mesa. Luis, no sé. Casi a media noche comenzó a dolerme el estómago y tuve que bajar a tomar algo de leche para calmar la gastritis que me traigo. Ella estaba todavía ahí, recargada en su mano. No había trabajado mucho; sólo la vi haciendo garabatos sobre una hoja.
Me hubiera gustado empezar esto de una manera más inteligente, resplandeciente, diciéndome que soy yo, nada más yo, y que soy feliz de serlo.
No estoy triste por lo que me pasa, porque técnicamente no me pasa nada. Mis padres se divorciaron, pero eso no tendría por qué fastidiarme la vida. Estas cosas duelen, nadie dice que no. Lo que no se vale —y me rehúso a ser del grupito— es que algunos quieran que se les hable quedito —no vayas a dañarlos—, y se les diga “pobrecitos”, como si se tratara de impedidos. Como dijera aquel célebre filósofo: “Ni maiz, ni madres”, yo no soy pobrecita ni estoy manca.
Perdición
He venido de muy lejos, he venido siguiéndole los pasos, sin darle sosiego, huelo su miedo, el calor de su aliento, alcanzo a ver su sudor reciente caído en la tierra. Ahora le doy descansos, lo dejo dormir en paz, lo dejo porfiar para que en su último día, cuando repose sus pies y diga paz y sus ojos empiecen a cerrarse, todo el miedo del mundo le sobrevenga y vea, antes de morir, la mano que lo va a matar.
Vengo a matar al que dicen que fue mi padre.
El hombre aquel bajó la mirada, ocultando su cabeza y su cara con el sombrero; parecía que no me creía. Terminó de comer de mi bastimento, se limpió la boca en manga de la camisa y se repasó el bigote. Cuando se levantó, cogió el sombrero en su mano y se quedó mirando la lejanía.
—Allá va Nicolasita, arrastrando sus costales de grano; pronto vendrán los de la tropa a comer —dijo.
Yo me quedé mirando, queriendo reconocerla pero nomás veía el reverbero del calor en el suelo.
—No la veo. ¿Dice usted que vienen militares?
—Todos los días como a la hora de comer. Nicolasa los trata como hijos, los alimenta. Ellos le traen valores fáciles de vender que se les van pegando en el camino, usted sabe.
—¿Dónde dice que vive ella?
—No, no he dicho todavía, pero es donde se ven aquellas piedras arrumbadas en forma de ojo, ahí hay un caminito apisonado; al final verás una puerta atrancada y un listón negro de duelo. Hay que tocar fuerte para sacarla de su sueño, a esta hora, después de volver de sus faenas, Nicolasa duerme. (Texto en proceso)
Seis minutos, treinta y siete segundos…

El 22 de abril de 1997, Néstor Cerpa Cartolini y trece milicianos del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru, en Perú, fueron asesinados en la residencia del embajador de Japón en Lima, a la cual habían entrado por asalto 126 días antes, reteniendo a 72 personas. Un comando de elite del ejército peruano los sorprendió, desarmados, mientras jugaban, con una pelota de trapos, un partido de fulbito en la primera planta del edificio diplomático. La mayoría eran chicas y jóvenes de entre 17 y 22 años que fueron muertos con un tiro en la cabeza mientras levantaban las manos en señal de rendición.
En la última carta a su hijo de diez años, nueve días antes de recibir dos tiros en la mejilla y en la frente, Cerpa hablaba de la búsqueda de “una buena solución” a la crisis de rehenes, de la solidaridad como la mayor virtud de los hombres, pero también contaba que todos los días ahí dentro eran iguales, que habían improvisado una canchita de fulbito “y tu papá —decía— está recordando sus buenos tiempos, como cuando lo hacía con ustedes”.
No es fácil mirar algún rasgo de belleza tras de esto. Se trata de una tragedia de la era CNN, atestiguada en tiempo real, que Alberto Fujimori defendió como un ejemplo al mundo. Desde hace diez años guardo entre mis recuerdos aquella nota fechada en Madrid, un 14 de mayo, y publicada en la primera plana de la sección Internacional de un diario de la capital; no es broma, yo aún me pregunto si alguien guardó y se quedó con aquella pelota de trapos.
Pasa que chutar un balón es una actividad mísera y el fan del futbol, un idiota; el intelectualoide finge no entusiasmarse ante ello, se apresura a decir que no vio el juego de anoche o a pronunciar mal los nombres de las escuadras para convencer a sus iguales de que pasó esos 90 minutos leyendo a Bioy Casares o escrutando el diccionario para encontrar faltas de ortografía. Ese hombre en busca de respeto es un embustero o evidencia su pobreza, porque como dice Juan Villoro, ver y jugar al futbol es algo imposible sin imaginación.
Una de las primeras notas que cubrí cuando comencé mi carrera como periodista fue un juego de futbol en el estadio Jesús Martínez Palillo de la Ciudad Deportiva. Jugaba un combinado de ex futbolistas profesionales contra una selección del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Del lado de los profesionales recuerdo a Raúl Servín, Luis Flores, Agustín Manzo, Abraham Nava, Félix Cruz, Demetrio Madero, Sergio Violante, Rafael Amador y Javier Aguirre, quien años depués se convirtió en director técnico de la selección nacional. En el otro bando, sólo sus nombres de la clandestinidad: Neftali, Cornelio, Ignacio… Muchos aseguraban que el rápido y habilidoso extremo izquierdo, con el 7 en los dorsales, era Marcos, pero nadie pudo probarlo y nadie de quienes lo entrevistaron después, se lo preguntó. No hubo quien no advirtiera la hazaña; pese al 5-3 adverso, el EZLN había metido a la tribuna más aficionados que los que el Necaxa llevaba entonces a las gradas del Estadio Azteca.
No sé si acumular campeonatos sea tan importante como, los momentos que contruyen un solo gran triunfo. De la Serie Mundial de 1988 apenas puedo recordar el final del primer partido. Kirk Gibson apenas podía caminar cuando el manager de los Dodgers, Tom Lasorda, lo envió como bateador emergente en la parte baja del noveno inning. Los Atléticos de Oakland ganaban 4-3. El lanzador relevista había retirado ya a los dos primeros hombres y dio base por bolas a un tercer bateador que en un momento de fortuna había logrado robarse la segunda base.
Fue ahí cuando vino Gibson. Sin apoyo en la pierna derecha, prolongó el drama al máximo, sacó cinco batazos de faul para poner la cuenta en tres bolas y dos strikes. Entonces sucedió. Gibson prendió una pelota que se elevó y sólo bajó hasta que había pasado la barda del jardín derecho, convirtendo en un maniconio el Dodger Stadium, que lo vitoreaba mientras, cojeando, recorría las bases…
El sueño del gran triunfo ha sido siempre el anhelo de muchos niños como yo. Pequeñito de estatura, afectado por los inicios de una fiebre reumática, muy poco hábil y muy poco veloz. Fui aficionado incondicional de los Pumas de la Universidad. Nunca tuve una camiseta de mi equipo y visité apenas unas cuantas veces el estadio de la Ciudad Universitaria. Muchos éramos Pumas antes de que Joaquín López Dóriga, Carlos Slim, Arturo Elías Ayub o German Dehesa aparecieran abrazados con el rector de la UNAM en el palco de honor del México 68; antes de que ser líder o amigo del líder de una porra fuera negocio, y aun antes de que los comentaristas de Televisa, tan repudiados por la comunidad estudiantil, se hicieran cargo de las crónicas de los partidos.
Vi las grandes derrotas de mi equipo. La noche del 28 de mayo de 1985, en el estadio Corregidora, de Querétaro, el árbitro Joaquín Urrea le entregó al América la victoria en la primera final que los Pumas perdieron en esa década. El 3 de julio de 1988, otra vez frente a frente, fue el portero Adolfo Ríos quien se quitó del camino para dejar entrar los tiros de los azulcremas. Al final, cuando tienes diez o doce años, sólo te queda aventurar; te ves en la cancha vestido de azul y oro, recortando a un par de defensas y poniendo un tiro raso en el rincón. Lo recreas en tu cabeza y sales a la calle a intentarlo en un cinco contra cinco con los amigos del barrio.
Debo confesar que en mis años de niñez sólo hubo un héroe de no ficción. Eterno en el equipo de la Universidad Nacional, Ricardo Tuca Ferreti fue ídolo de unos pocos de nosotros antes de construir con un solo gol histórico, indeleble una hermosa locura colectiva y desaparecer en los vestidores para siempre como jugador. Flacucho, siempre con la camiseta de fuera y las medias caídas, Tuca hizo el único gol en la noche triste del Corregidora y se quedó a una anotación de ser campeón de goleo en la temporada 83-84, cuando Norberto Outes, del Necaxa llegó a la última fecha con tres de ventaja. Con los Coyotes del Neza enfrente, esa tarde Pumas jugó para Ferreti; cada balón que pasaba por los pies de Manuel Negrete y Luis Flores iba de inmediato a los del brasileño, quien anotó, efectivamente, en tres ocasiones. Desgraciadamente una fue en su propia meta…
Indeleble, decía antes. Esa es una palabra que jamás podrán alcanzar los campeonatos exprés ganados la Sociedad Anónima que se coronó dos veces seguidas, en 2004, de la mano de Hugo Sánchez.
El último gran momento de futbol que vi como aficionado del equipo de la UNAM, sucedió el sábado 22 de junio de 1991, dos días después de que cumplía los 16 años. Era el partido de vuelta de la tercera final entre Pumas y América en sólo cinco años. El equipo de Coapa había ganado 3-2 el primer capítulo y éste simplemente había que ganarlo… De aquel juego queda la agonía, el remate final de Naranjo que Jorge Campos detuvo en la línea de gol, segundos antes del silbatazo final; el suspenso llevado hasta el último segundo en la crónica de Raúl Orvañanos, Carlos Albert, Francisco Javier González, José Ramón Fernández, Toño Moreno y Alberto Fabris, el equipo de la entonces televisora del Estado, Imevisión.
Vi esa final en un viejo televisor Philco, blanco y negro, completamente solo en casa. Sufrí indeciblemente cada avance del América y cada oportunidad desperdiciada por los auriazules. La jugada que no llegó jamás en los años anteriores y que alguna vez imaginé, como niño, hacer ante un estadio a reventar, fue obra de mi admirado Tuca.
Luego de intentar una pared con Alberto García Aspe, Ferreti cayó derribado por Jesús Eduardo Córdova, casi en el vértice izquierdo del área grande. Entre los reclamos de los amarillos, el árbitro Eduardo Brizio los hizo echarse para atrás, mientras el portero Adrián Chávez pedía cinco hombres en la barrera. Cerca del balón, cuatro hombres de Pumas, pero sòlo dos de ellos tomaron impulso. Quien golpeó fue el primero, el número 7, Ricardo Ferreti, quien puso su disparo en el ángulo opuesto. Seis minutos con treinta y siete segundos en el reloj, Pumas sería campeón y el Tuca huiría con el silbatazo final a los vestidores para encerrarse y llorar —paradójicamente— la victoria.
El futbol y sus sueños tienen extraños escenarios: las baldosas de mármol de una embajada, el patio de una vecindad, los lodazales de las colonias populares y, a veces, los estadios en los que se juegan las ligas profesionales. El gol de aquella tarde hizo inmensamente feliz la última etapa de mi niñez, de la misma manera en que el batazo de Gibson marcó a decenas de miles en el Dodger Stadium, o de la misma forma en que una pelota de trapo puede adquirió una importancia vital en el cautiverio de cuatro meses que sostuvieron los muchachos del Tupac Amaru.
La gente suele preguntarse si mientras duerme sus sueños se proyectan en color o en blanco y negro. El sueño que se hizo realidad con aquel gol, y que celebré brincando por la cocina de la casa, fue en blanco y negro. No tengo duda.
Éste es el gol: http://www.youtube.com/watch?v=TGUTMxCpQb8
Capítulo I. Las primeras líneas

Porque visto de cerca, nadie es normal
Las primeras líneas que escribí sobre Isabel fueron publicadas ya hace un tiempo en la desaparecida revista Arcana, un par de años antes de que las deudas obligaran a cerrarla y de que su director Alberto Begné pensara en probar suerte en la política partidista como presidente del partido Alternativa.
En esos días acababa de pasar por una cirugía espantosa y sufrida que me sacó de la vida durante semanas en las que no podía estar de pie en lo absoluto. Me sentaba frente al ordenador y tecleaba cuanto podía en sesiones de diez o quince minutos; aquello me resultaba más útil y sencillo que escribir sobre la libreta en la que no podía regresar sobre mis palabras y en la que finalmente quedaban seis o siete variantes de la misma idea sin que pudiera concentrarme en otra cosa que corregir esa simple línea.
Elena, que acababa de dejar su trabajo como reportera en Associated Press, pasó a a casa una noche para preguntarme cómo iba la herida, para saludar a mi madre —quien pese al divorcio la seguía adorando— y pedirle su autorización para llevarme a su departamento, prometiendo hacerse cargo de la curación matutina.
Después de cepillarse los dientes y salir del baño en pijama y en una camiseta de resaque, fue al clóset para sacar una pequeña colchoneta y un par de sábanas, que acomodó a un lado para cederme la cama.
De la última repisa del librero, sacó una libreta de tapas duras, cosida con hilo; de esos raros cuadernos que dejaron de hacerse hace mucho. Luego de pasar algunas hojas con el dedo, se subió a la cama, me empujó hacia un lado y se sentó a mi lado. Me pasó un vaso con agua, se aseguró de que me tomará la pastilla y me tocó la frente para ver si no había fiebre. Ahí comenzó a explicarme todo, deteniéndose de cuando en cuando a mirarme medio perdido en la historia.
—Es un diario —me dijo al final, sabiendo que eso me ayudaría a entender todo lo demás—. Quiero que lo leas, que me digas qué piensas.
Esa misma noche, entre preguntas y pequeños pedazos de conversación sobre nuestra vida, leí las primeras páginas, me familiaricé con ella, con Isabel. Me hallé con decenas de hojas largamente elaboradas, escritas en una manuscrita firme de principio a fin, que aprendió en aquel colegio de monjas donde, según Elena, ella misma estudió.
En las solapas de aquella libreta aún seguían guardados diez, quizás doce post-its escritos, con ideas casi tomadas al vuelo, repentinas supongo, con una cantidad absurad de tintas y bolígrafos distintos. Ahí seguían sus recortes, párrafos enteros literalmente arrancados de aquí y de allá, de diarios y revistas, quizás un par de páginas completas, estratégicamente cortadas de algún libro. Justo en medio, en una página fechada en octubre, una fotografía en blanco y negro de Isabel desnuda, su cabello largo, sus ojos vivos y transparentes, sentada en el piso de su habitación, abrazada a sus piernas.
Me llevó tiempo leerlo todo, mirarlo con cuidado y llegar a las páginas que Elena me dijo que la habían sacudido.
De todo cuanto vivió y hay ahí, de todo cuanto ella decidió escribir y yo alcanzo a ver, me aventuro a pensar que ella lo vio como algo esencialmente hermoso y feliz.
Después de todos estos años, con todo tan cambiado, temo que Isabel se haya convertido en una figura vaga en la que otros ya no puedan encontrar lo mismo que yo al leerla por primera vez y escribir aquel texto para Arcana. Ella era simplemento todo lo que yo no soy; poseía una facilidad impresionante para desolemnizar una vida que yo me he empeñado tanto en enfrentar desde los territorios de la desdicha y la conmiseración. En esa cualidad de obstinarse en su propio descrédito a pesar de saberse bonita y brillante, uno logra encontrar una ternura tan absolutamente fascinante que podía hacerla parecer desprovista de toda intención de provocar o de oponerse a forma alguna.
No estoy seguro de que reconociera en algún momento algo que medianamente la hiciera dudar sobre sus decisiones; simplemente ella no encontraba faltas en los actos de la [su] vida, porque todo para ella era un acto de amor. Antes de comenzar cada día, solía colocar palabras que la definieran frente a lo que narraba. Solía quitarle valor a las cosas que parecían difíciles de decir, porque al desubicar su importancia se daba permiso de perderles respeto.
Sé que para muchos la mitad de lo que he escrito e intentado explicar hasta este punto no tiene sentido, como un mal telegrama que deja palabras en el aire. En el fondo, para entender un poco a esta mujer, hay que ir a su encuentro y conocerla en sus propias palabras. Todo lo dejó en estas páginas. Quizá su último acto de amor para alguien. No lo sé.
Isabel, el sábado por la mañana
Nada malo podría ocurrir bajo un cielo como el de hoy y esta luna como un pan hecho de luz. No sé dónde lo leí, pero es enteramente cierto. Hoy, viajando en un taxi, vi por la ventanilla la luna más grande de mis años. Era quizás tres veces más grande que aquella luna grande, llena, que conozco desde siempre. Nada malo podría ocurrir, de veras, bajo un cielo como el de hoy.
Son días de descanso; hoy vimos a papá, pero todavía no me acostumbro a esta media orfandad semanal. Mucho tiempo, pensar que mi papá muriera, me causaba ansiedad; era como pensar en que todo sobre lo que te sostenías se caía antes de que estuvieras preparada para nada en la vida. Ahora es como si esa situación se cumpliera a plazos.
Nos vemos cada sábado. Lo esperamos en el estacionamiento de un Sanborns en San Pedro de los Pinos, siempre a las ocho y media. Luis sigue extrañándolo mucho. A mí sigue saludándome, abrazándome con cierta pena; pensará que soy la mujer y la que irremediablemente más sufre.
Ha bajado de peso, pero dentro de todo eso yo lo miro más sereno; me han llamado la atención unos tenis viejitos que usa y que no ha cambiado en mucho tiempo. Acostumbramos a ir a desayunar, platicamos mucho; sabe todo de nosotros o al menos intenta estar al día. Si yo tengo ganas, vamos al cine; si no, vamos a caminar al centro, a mirar escaparates o a mirar los discos del Tower records, rentamos una película o jugamos a las cartas.
Regresamos cuando comienza a anochecer. Esperamos el autobús, casi siempre vacío porque mientras otros van nosotros regresamos. En el camino, me pierdo mirando por la ventana. Al dar la vuelta en Alcanfores, le tomo la mano a Luis. Me dan ganas de llorar.
Principio de incertidumbre
A estas alturas yo aún sigo preguntándome por qué siempre me faltó ese coraje para mirar a los ojos a las chicas de las que me enamoré en estos años y decirles simplemente eso, que estaba hecho un lío con ellas. Rara vez cerré los ojos, me lancé al vacío y me aventuré por temor al fracaso. A veces simplemente quisiera volver un poco, intentarlo, pero no lo puedo evitar; sigo siendo el mismo, sigo mirando desde la ventana del octavo piso, pensando que alguna tarde bajaré a carrera hasta la calle, que el mundo se detendrá un momento y yo podré decirle todo eso que pensé decir alguna vez. Es posible que no pase nada, pero nada está escrito, quién sabe, tal vez….
Comentarios recientes